Insultos bárbaros y coprolalia política

Parece que después de la elección de Trump se ha puesto de moda el insulto y la vulgaridad. Ha dejado de ser políticamente correcto hacer uso adecuado del lenguaje. En lo que nos evoca los peores períodos de nuestra convivencia democrática, como fue el 70-73, el respeto y buenas maneras parecen haberse perdido.
 
Una cosa es la salida de micrófono del vicepresidente de Codelco, cuando nos iluminó con su famosa frase “no hay un p… peso” -que fue muy aclaratoria para todos los chilenos sobre el destino de una empresa que, siguiendo los vientos gobernantes, ha renunciado al fin de lucro-, y otra cosa la sarta de garabatos que se mandó la cada vez menos flamante presidenta de la CUT. Ella, que ha denostado el lucro a diestra y siniestra, pierde toda compostura por un 0,8% de reajuste. Se le olvidó que ella defendió la reforma tributaria que subió a perpetuidad en un 30% los impuestos a las empresas, porque había que hacer un esfuerzo por el país. Sin embargo, cuando a los empleados públicos se les pide un esfuerzo de 0,8% por un año, ella despliega una codicia impúdica y un lenguaje que sonrojaría a la “Garra Blanca”.
 
Olvidándose del fair play que enseña que la madre es sagrada, trató al ministro de Hacienda de “hijo de p…”. Su desprecio por la profesión más antigua del mundo no deriva, sin embargo, de un reproche moral (que no sería progre), sino económico. Esas profesionales no se sindicalizan; sus precios los fija el mercado; sus remuneraciones se asocian a su productividad y como empresarias, procuran extraer completo el excedente del consumidor.
 
Pero eso no es todo. Ella, además, mostró sus verdaderos sentimientos hacia la comunidad gay tratando al ministro de “mar…ón de m…”, olvidándose que hemos aprendido que la homosexualidad es una orientación sexual y no una debilidad de carácter. Sin embargo, echa por tierra años de educación y asimila esa condición a la de tacaño, miserable y traicionero.
“En lo que nos evoca los peores períodos de nuestra convivencia democrática, como fue el 70-73, el respeto y buenas maneras parecen haberse perdido.”
 
La historia destaca a grandes políticos que dominaron el arte de insultar con ingenio y elegancia. Sir Winston Churchill describía a su archirrival socialista Clement Attlee como “un hombre modesto con buenas razones para serlo”. Y con respecto a Sir Stafford Cripps, dijo: “Tiene todas las virtudes que desprecio y ninguno de los vicios que admiro”. Golda Meir, por su parte, bajaba a tierra al héroe Moshe Dayan con un certero: “No seas tan modesto, si no eres tan fantástico”.
 
La verdad sea dicha, al ministro Valdés le faltó oficio para defenderse de las invectivas de la sindicalista. En la historia de los insultos políticos hay muchos fajadores que salían contraatacando frente a un improperio de mal gusto. Don José Victorino Lastarria, cuando un rival le imputa ser hijo bastardo, contestó: “Soy hijo del amor y no del deber como su señoría”. Al León de Tarapacá le cuelgan que frente al grito desaforado de una dama diciendo: “¡Abajo Alessandri!”, él la habría mirado con detención y le habría respondido: “Con usted arriba o abajo me da igual”. El mismo sir Winston, un maestro del contragolpe, frente al insulto de Lady Astor, de que si fuera su esposa le serviría té envenenado, él le contesto: “Y si yo fuera su marido me lo tomaría”. En nuestro Chile querido, un ministro apremiado majaderamente en el Congreso por la senadora María de la Cruz para que respondiera sobre un tema, le disparó: “No tengo por costumbre contestar a tontas y a locas”.
 
Pero ahora que se inicia la campaña, y con ello la temporada de insultos, un nuevo integrante se ha sumado a esta galería. Está por verse si él honrará la tosca y vulgar coprolalia de la sindicalista o el sutil ingenio de Sir Winston. El senador Guillier debutó mofándose del ex Presidente Lagos, tratándolo con ironía de Bernardo O’Higgins. Acto seguido insultó al ministro del Interior preguntándole si tenía alzhéimer, ofendiendo a miles de personas que padecen esa enfermedad. Hasta el momento, el senador está al debe en ingenio, ironía y sutileza. Le tengo fe, sin embargo, porque, la verdad sea dicha, sería el primer radical sin ingenio.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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