Inmigrantes, chunchos y caciques

Hace unos meses fui al Estadio Monumental a un recital. Ahí, una amiga, que volvía a Chile luego de varios años en Estados Unidos, quedó en shock cuando notó que el símbolo de Colo Colo era un indígena, que lucía gigante por todos los lugares del estadio. “Allá eso estaría prohibido”, me dijo. El shock se traspasó entonces a mí. “¿Cómo tanto?” — le dije. Desgraciadamente, no era una mera especulación. Los Pieles Rojas de Washington fueron demandados por usar el nombre de una tribu nativa de ese país, ya que podía denigrarlos. Esto se inició en 1992 y no pasó a mayores. Sin embargo, en 2014, cuando la corrección política ya arrasaba Occidente, se interpuso una demanda que tomó otras proporciones y llevó el caso a la Corte Suprema.

“Censurar la discusión mediante insultos es una táctica evasiva de la conocida “bondad explícita”, por estos días, tan de capa caída.”

Por suerte hace unos meses, y en defensa de la libertad de expresión, la Corte sentenció un caso similar en favor de un grupo de rock que quería seguir usando el nombre “The Slant” —algo así como “chinos”—, allanando el camino judicial para los Pieles Rojas. Es de esperar que acá no cause problemas el día que un periodista escriba: “Los Chunchos llevaron a la picota al Cacique”. Podrían ser acusados, por los próceres nacionales del buenismo y corrección política, de personificar a nuestros pájaros nativos y de utilizar prácticas ancestrales de nuestra cultura como instrumentos de burla y, peor aún si es con la figura de un líder de uno de nuestros pueblos originarios.

La corrección política está llegando a niveles desconcertantes y llevando a censuras ridículas, por ejemplo, en la literatura; a coartar la libertad de expresión en las universidades; y a evadir conflictos reales que luego terminan por explotar de mala forma. Un ejemplo de esto último en Chile: basta con que alguien levante la voz respecto a la inmigración y lo califique como un problema, para que inmediatamente un ejército de gente bondadosa y visionaria lo acuse de xenófobo. Es decir, plantear un problema que, por esta misma corrección política, fue obviado durante años en Europa —donde era mucho más problemático, por el choque de culturas del que acá no somos testigos—, implica ser xenófobo o cualquier otro descalificativo, alejando el debate de los argumentos racionales y necesarios. Pareciera ser que estos ejércitos bondadosos quieren y necesitan que esas personas sean xenófobas antes que escuchar sus planteamientos.

El inglés Roger Scruton, reclamando contra estas censuras, escribía que “cualquiera que haya estudiado el destino de los imperios (…) sabe que la tarea [de unificar jurisdiccionalmente diferentes culturas] es básicamente imposible y que supone un riesgo constante de fragmentación, tribalismo o guerra civil”. Nuestro problema es mucho menor, pero censurar la discusión mediante insultos es una táctica evasiva de la conocida “bondad explícita”, por estos días, tan de capa caída.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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