Ingleses o alemanes

Un pajarólogo británico, David Lindo, inició su obsesión pajarística cuando se dio cuenta de que los robins que se asomaban a su jardín —algo así como nuestros chincoles, por lo común— «no eran inmortales». El robin que se asomaba a su ventana no era uno, sino que miles de sucesiones de diferentes robins. Individuos. Una operación mental parecida a la que hacen los que tienen mascotas: humanizar al animal. Yo nunca he sabido explicar por qué miro pájaros, pero creo que es por algo inverso: mimetizarme con ellos, antes que humanizarlos.

Borges, peleando con críticos británicos, explica por qué estos se enredan interpretando el famoso poema de Keats, “Oda al Ruiseñor”. Porque son ingleses, dice. En ese poema, Keats habla de la eternidad del ruiseñor, de su canto, el mismo canto que habrían escuchado emperadores y labradores. Borges explica esta idea citando a un filósofo alemán: «Quien me oiga asegurar que ese gato que está jugando ahí es el mismo que brincaba y que traveseaba en ese lugar hace trescientos años pensará de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro». El idealismo alemán trazado desde Parménides. Borges no dice la idiotez de que los ingleses serían incapaces de entender esa idea. «No es por incapacidad especulativa», dice, sino simplemente por un «escrúpulo ético». La ausencia de ese escrúpulo ético es lo que a nosotros nos permite comer pejerreyes y a los madrileños exterminar a unos inmigrantes: las cotorras argentinas. Antes de la llegada del virus iban a iniciar su exterminio por amenazar el ecosistema —y las vidas de los peatones con sus nidos colgantes—. La pandemia allá las salvó y acá nos tiene escuchándolas incluso en la radio: madrugadores conductores hablan desde sus casas con la histeria de las cotorras como sonido de fondo.

“La ausencia de ese escrúpulo ético es lo que a nosotros nos permite comer pejerreyes y a los madrileños exterminar a las cotorras argentinas”

Todo inglés, dice Borges, «rechaza lo genérico porque siente que lo individual es irreductible, inasimilable e impar». Esos críticos que especulan sobre Keats, incluso a pesar de tener sendos tratados platónicos, evitarían ver ese ruiseñor platónico-alemán. Por eso es bueno observar la realidad humana como inglés y no como alemán. Más aun hoy en día, cuando está volviendo la moda animalizar todo y buscar responsabilidades en generalidades como “la sociedad”. ¿Destruimos entonces nuestra sociedad, como los madrileños las cotorras? Suena taquilla para algunos, o cuasi alemán. Ojalá no surjan triunfantes otros que hablan de “los inmigrantes”, “los ricos”, o “los pacos”, así en general. Borges rescata las «no escuchadas y proféticas advertencias» de quienes llevaron la contra a la escuela de Parménides y Platón, buscando eliminar esas peligrosas abstracciones generalizantes. Fija sus inicios en Heráclito. Este creía, además, en la herética idea del cambio. Y era contrario a Parménides, casi como Leucipo y Demócrito los herejes «descubridores» del átomo.

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