Impuesto mínimo global, una mala idea

En el contexto de la reforma tributaria impulsada por Joe Biden, su secretaria del tesoro, Janet Yellen, ha propuesto una tasa mínima mundial del 21% para el impuesto a las empresas. A juicio de Yellen, un impuesto mínimo global ayudaría a detener la tendencia a la baja que los impuestos corporativos han tenido en estas últimas décadas.

En efecto, en los últimos 40 años la tasa promedio mundial del impuesto a la empresa ha disminuido casi a la mitad. Si en 1980 este promedio estaba en el 40,11%, hoy esta tasa es del 23,85% (Asen, 2020). Este fenómeno es calificado por Yellen como una «competencia fiscal destructiva» que podría parecer una desgracia para los que todavía creen que la carga de los impuestos corporativos recae casi por completo en los dueños del capital, es decir, serían ellos los únicos afectados por estas medidas al recibir dividendos más pequeños.

Pero esta idea no tiene correspondencia con la realidad. Los trabajadores también pagan los impuestos corporativos a través de sueldos más bajos y la baja en la inversión se traduce en una baja de la productividad que implica, en el mediano y largo plazo, una baja en el crecimiento económico. Es una ilusión pensar que ciertas fortunas viven en una realidad paralela a la nuestra, pero lamentablemente lo seguimos pensando y continuaremos estrellándonos contra la realidad. ¿No aprendimos nada de la fracasada reforma tributaria de la presidenta Bachelet? La misma que recaudó la mitad de lo que prometió y tuvo efectos calamitosos en la economía de los chilenos. “Júzguenme por los resultados” dijo en su tiempo el ministro de Hacienda de Bachelet Alberto Arenas y los resultados no llegaron.

El multilateralismo fiscal está llamado a fracasar por la misma razón por la que el multilateralismo comercial es tan exitoso. Mientras que en un acuerdo comercial están todos los incentivos para unirse, con un impuesto global están todos los incentivos para quedarse fuera. A su vez, pensar que acordar una tasa común acabaría con la competencia entre los países es ignorar que existen exenciones; impuestos adicionales; presunción de renta; aranceles y tantos mecanismos donde se trasladaría la competitividad fiscal.

Un impuesto global de esta naturaleza —contrario a su espíritu inicial— estaría llamado a beneficiar a las potencias mundiales de las cuales escapan las inversiones y perjudicaría a los países emergentes que soberanamente quieran apostar por una economía más abierta y atractiva a los emprendedores. Hay una frase notable atribuida al humorista Will Rogers que dice: «La única diferencia entre la muerte y los impuestos es que la muerte no va a peor cada vez que se reúnen los políticos». No sé qué nos puede hacer creer que Joe Biden será capaz de revertir esta lamentable tendencia.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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