Imaginemos

“De la economía se vuelve, de las muertes no” dijo el Presidente trasandino Alberto Fernández días atrás. Suena lógico, razonable y humano. Pero el diablo está en los detalles, y esto solo indica una cosa: salvar el hoy hipotecando el mañana.

Que se viene una recesión no es secreto, y la responsabilidad en esta crisis es uno de los mayores retos de los gobiernos. Es fácil responder con frases hechas, pero si no actuamos con mesura para apaciguar el dolor del futuro, puede que este sea incluso peor que el de ahora. El cómo puedan recibir la crisis dos generaciones, tan cercanas pero distintas, es una buena forma de advertirlo. Imaginemos algunos escenarios:

Si hace meses pensábamos que con una elección nos jugábamos el Chile de los próximos 30 años, el actuar de hoy puede implicar salvar o adeudar el de los próximos 50.

Tenemos a los protagonistas de la crisis de octubre del pasado año, es decir, los nacidos en los años noventa. Ellos, los herederos del mayor progreso de la historia, acostumbrados al desarrollo y a la expansión del consumo, tanto así que lo creen algo garantizado, solo esperan, estresados y achacados, poder salir de sus casas y seguir aprovechando los efectos de la modernización capitalista, aunque vociferen odiarlos. Decirles que deben abrocharse el cinturón porque el futuro fue adeudado para pasar el ahora suena simple, pero con ellos, nada es tan sencillo. Cabe recordar que, como bien evidencio Carlos Peña en su libro “Pensar el malestar”, nos encontramos con jóvenes que sufren de una anomia, lo que no es otra cosa que una ausencia de orientación normativa de la conducta. Por ello, se entregan a su propia subjetividad como pauta. ¿Qué asegura que aquellos que no siguieron regla alguna durante meses no quieran volver a la revuelta debido a que encuentran injusto el nuevo mañana?

También tenemos a la generación que más representa el estatus de clase media, la nacida entre los años setenta y ochenta. La que, a diferencia de los primeros, no ven el progreso como algo seguro. Veedores y participes de primera mano de cómo la prosperidad se expandió en Chile, sienten aquello como una conquista, por lo que tienden a entender mejor lo que está en juego. Por lo mismo, su miedo es más agudo. Francis Fukuyama en su libro “Identidad”, comenta como las clases medias pueden ser el grupo político más desestabilizador y, vale decir, más fácil de movilizar, si sienten que están perdiendo su estatus. Si debido a la imprudencia fiscal el porvenir se vuelve un escenario dantesco ¿Qué asegura que no quieran tomarse las calles para reclamar por lo que perdieron? ¿Estamos preparados para otro intento revolucionario?

Estos son tan solo dos ejemplos. Imagínese usted cuantos más pueden nacer si simplemente tapamos el sol con un dedo. Si hace meses pensábamos que con una elección nos jugábamos el Chile de los próximos 30 años, el actuar de hoy puede implicar salvar o adeudar el de los próximos 50. Antes de aplaudir frases bonitas o medidas populares, pensemos en el futuro de tantas familias que no merecen esto. Estemos a la altura.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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