Holocausto zombie

Hace tiempo que las películas de los años ochenta acerca de holocaustos nucleares a manos de superpotencias, fueron reemplazadas por holocaustos zombies provocados por corporaciones irresponsables. Así, el miedo colectivo a un apocalipsis atómico fue reemplazado por el miedo colectivo a una hecatombe de carácter biológico. Las nuevas generaciones temen más a morir por una pandemia de Ébola, que a ser desintegrados por una bomba H, mil veces más destructiva que las que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki. Los millennials, esa generación mimada y en exceso aséptica, temen más sufrir mutaciones por alimentos transgénicos que por la radiación de una lluvia nuclear.

“el afán de poder de los gobernantes, conlleva la acromegalia de los estados y su monopolio de la fuerza.”

En julio de 1955, el filósofo y matemático Bertrand Russell junto a Albert Einstein y otros científicos e intelectuales, firmaban una declaración donde alertaban acerca de los peligros de las armas nucleares y que «ni el público ni los gobiernos del mundo son suficientemente conscientes del peligro». Lo mismo parece ocurrir actualmente frente al auge de la amenaza atómica desde Corea del Norte y Estados Unidos. Días atrás, el físico Valerio Rossi Albertini, experto del Centro Nacional de Investigaciones (CNR) de Italia, advertía que lo iniciado por el dictador comunista Kim Jong-un, no era sólo propaganda. Tampoco parecer serlo la verborrea de Donald Trump, quien días atrás también manifestó su disposición a recurrir a la capacidad nuclear de Estados Unidos, si así fuera necesario. El mundo está literalmente ante unos monos con navaja.

El problema es que las personas de ese mundo, incluso usted lector, olvidan que alguien deja esas cuchillas a disposición de los simios que eventualmente llegan al poder. Bertrand Russell, en su manifiesto decía que: «la cuestión que nos debemos formular es: ¿qué medidas deben adoptarse para evitar una contienda militar cuyo resultado será desastroso para todas las partes?». Ilusamente, el británico pensaba que la respuesta era anteponer la paz como criterio de acción entre los líderes y gobernantes. Pero en ello olvidaba lo que mueve a líderes y gobernantes: la búsqueda y mantención del poder, a como dé lugar, tal como Maquiavelo entendió que actuaban los príncipes del Renacimiento. Y por eso también olvido que el afán de poder de los gobernantes, conlleva la acromegalia de los estados y su monopolio de la fuerza.

Entonces entramos en el dilema de cómo evitar que los gobernantes, sobre todo los desquiciados, accedan a la capacidad destructiva sin límites que los aparatos estatales dejan a su disposición. La respuesta no es, como habitualmente se presume, esperar a que lleguen al poder ángeles pacifistas o sujetos libres de la hybris del poder, sino que es lisa y llanamente promover la disminución de la capacidad destructiva que los propios estados generan con el beneplácito de los ciudadanos. El dilema sin resolver es quiénes comenzarán por hacerlo. De seguro los gobiernos no lo harán. Entonces, nos enfrentamos a que, tal como prevenía Einstein, los monos con navaja utilizando la alta tecnología, podrían terminar por llevarnos a todos, como especie, a la edad de piedra. Y es que el poder está lleno de paradojas siempre.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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