Herederos culposos I

Lejos de lo que pudiera pensarse, la moda igualitarista es transversal tanto en sectores políticos como clases sociales. Los hijos de padres exitosos en el Chile actual suelen ser la mejor prueba de lo anterior. El clima de opinión se ha cargado tanto hacia el estatismo que estos simplemente sienten culpa por haber tenido padres que pudieron darles mejores oportunidades que las que tuvieron otros. Es injusto, sienten, que ellos hayan tenido ventajas que otros no, porque no las tuvieron por sus méritos.

¿Está bien ese pensamiento? Veamos. Los igualitaristas nos dicen que solo tenemos un legítimo derecho de propiedad sobre lo que hemos ganado si lo hemos conseguido compitiendo en igualdad de condiciones. El típico ejemplo que utilizan es el de una carrera en la que todos deben partir del mismo punto para que sea justa. En otras palabras, si luego de la carrera alguien se hace rico, el igualitarista lo acepta porque se ganó esa riqueza gracias a sus “méritos” y no por alguna ventaja “injusta”, como podría haber sido el ir a un mejor colegio que otro.

Ahora bien, como el mismo igualitarista reconoce, al cabo de la carrera unos tendrán más o mucho más que otros porque fueron más esforzados, disciplinados, ingeniosos, etc. Al final de la carrera habrá entonces desigualdad de resultados que el igualitarista meritocrático acepta.

El problema es que quien obtuvo riqueza en esa carrera va a decidir disponer de ella probablemente para mejorar lo más posible la vida y proyecciones de sus hijos. Como consecuencia, la desigualdad de resultados de la primera generación se transformará en desigualdad de oportunidades en la segunda generación. Esto pone al igualitarista que cree en el mérito en el evidente e insalvable problema de que si quiere volver a igualar oportunidades deberá redistribuir la totalidad del ingreso obtenido por la primera generación, violando así el compromiso de respetar el derecho de disponer de la propiedad que esa primera generación obtuvo compitiendo bajo igualdad de oportunidades. Tendrá, por lo tanto, que prohibir que esos padres que partieron en igualdad con otros llegando más lejos beneficien a sus hijos con colegios particulares, salud privada, clases de idioma, acceso a cultura, etc., pues todo eso “desnivela la cancha”.

Y esa prohibición, como hemos dicho, es inmoral porque viola el acuerdo original del igualitarista que consiste en respetar la libertad de disponer de la propiedad de aquellos que la obtuvieron compitiendo en igualdad de condiciones. Pero, además, este igualitarismo meritocrático es inmoral porque prohíbe a un padre y a una madre que han logrado superar la pobreza hacer lo posible porque sus hijos tengan las mejores proyecciones.

La pregunta cae de cajón: ¿es inmoral hacer todo lo que esté a nuestro honesto alcance por dejar lo mejor parados que podamos a nuestros hijos? Cualquier persona sensata concordará en que ningún padre debería avergonzarse por el sacrifico que hace para ofrecer el mejor futuro que pueda a sus hijos, y ningún hijo con un mínimo de criterio moral y respeto hacia sus padres debería sentir culpa o vergüenza por lo que estos han hecho para darles un buen pasar.

Esta norma básica no cambia por el hecho de que haya otros menos aventajados. Al revés, se confirma. Pues la gran falacia detrás del pensamiento igualitario es la de pensar que la vida y el mercado son juegos de suma cero donde uno ganó lo que el otro perdió, como ocurre en la falsa metáfora de la carrera. Es al revés. Una persona exitosa y honesta que se enriquece no solo saca adelante a su familia, sino a muchos otros que, gracias a ella, encuentran empleo, ingresos y la dignidad de poder sostenerse a sí mismos y a sus familias.

Por eso es tan ridícula la actitud del heredero culposo que aboga por más redistribución estatal -sin renunciar a su comodidad por supuesto-, pues con ello solo contribuye a destruir las bases de la fórmula que le permitió a él estar donde está, socavando las oportunidades de surgir de otros menos aventajados que él. Y ese daño no se arregla, como parecen creer, con filantropía.

Para terminar digamos una última palabra sobre la tesis del “no estás ahí por tus méritos”. ¿Quién mide el mérito y cómo sabemos cuándo hay más o menos? ¿Tiene más mérito una persona sana de bajos recursos que salió adelante o una persona de altos ingresos que sufre de una enfermedad limitante desde niño y logró sobreponerse? ¿Una persona muy inteligente y antipática o de inteligencia media y simpática? ¿Una mujer atractiva u otra inteligente? Lo cierto es que nadie conoce una fórmula para identificar el mérito de cada uno en cada etapa de la vida y, por tanto, ninguna regla de aplicación general puede derivarse de ese concepto.

Si hay alguien que crea tener la capacidad superhumana de determinar qué se “merece”cada uno de nosotros en cada instante de nuestras vidas, que dé un paso al frente.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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