¿Ha fracasado Suecia?

Desde las primeras horas del covid-19, en que la mayoría de los gobiernos del mundo occidental aplicaron duras políticas de restricción de libertades y control de la población para combatir la pandemia, a Suecia se la criticó por su aproximación más liberal. A simple vista, y los titulares de prensa lo sugieren, los críticos tenían razón. Suecia no consiguió la inmunidad de rebaño a la que apostó para prevenir una segunda ola y a diciembre de 2020 tenía más muertos que los demás países escandinavos juntos. Así las cosas, parece no haber nada más que discutir: las cuarentenas eran el camino y los suecos fracasaron.

Un análisis más cuidadoso, sin embargo, permite arribar a conclusiones diferentes. En primer lugar, Suecia fue un caso de éxito indiscutible si se considera el hecho de que las libertades de sus ciudadanos fueron apenas afectas por el Estado durante la pandemia y ello sin que colapsara el sistema sanitario. Salvo que se crea que esto es totalmente irrelevante y que el Estado tiene el derecho y la obligación de encerrar a todas las personas indefinidamente cuando hay un riesgo para su salud, entonces se debe aceptar que el sacrifico de la libertad y todo lo que conlleva es un costo potencialmente inaceptable si el mal a evitar no es categóricamente superior al mal causado. En otras palabras, si la libertad y los derechos fundamentales tienen algún valor -¿o acaso es obvio que la salud pública es lo único que importa en el mundo?-, entonces no pueden estar ausentes como elementos a evaluar a la hora de decidir políticas sanitarias. Desde esta perspectiva integral, la única que puede ser tomada en serio, Suecia, hay que insistir, fue un caso indiscutido de éxito.

La pregunta correcta es cuál es el costo que pagó por respetar la libertad de sus ciudadanos y no si fue malo en sí mismo el hecho de que las haya respetado, a menos de que se crea que el ideal de la vida humana es la cuarentena y no la libertad. Ya mencionamos que los sistemas sanitarios suecos resistieron, por lo que no pagaron el costo en ese sentido. Si eso es así, en retrospectiva los suecos hicieron bien en no introducir cuarentenas, incluso desde el punto de vista de quienes abogaban por ellas. La idea era bajar el ritmo de contagio distribuyéndolo en el tiempo para, aplanando la curva, poder atender a los enfermos graves y no evitar los contagios, pues eso, nos decían, era imposible. Cierto, en Suecia hubo muertos que podrían haberse evitado y ese error ha sido reconocido. También aquí, sin embargo, hay que hacer un análisis cuidadoso. En total, hacia el 18 de diciembre de 2020, Suecia contabilizaba 7.893 muertos por covid, 7.119 de los cuales eran mayores de 70 años, es decir, un 90%. Entre ellos, 3.315 eran mayores de 80 y 90 años, lo que representa más de un 40% del total.

Todas estas pérdidas son trágicas, pero reflejan claramente que la pandemia no tuvo efecto significativo en la salud de la gran mayoría de la población sueca debido a que la peligrosidad del virus, como han señalado hasta el cansancio parte de los epidemiólogos más prestigiosos del mundo, no es igual para todos los grupos. Esa es la razón por la que Suecia, a pesar de todos los ataques, ha mantenido incluso ahora una aproximación más laxa que otros países frente a la pandemia.

Ahora bien, Suecia falló fuertemente en la protección de ancianos en hogares de cuidado. Los fallecidos en estos representaron un 70% de los muertos en la primera ola, pero no hay que olvidar que la expectativa de vida media de estos era de 5 a 9 meses al momento de contraer la enfermedad. Más aún, una revisión realizada en la región de Östergötland sobre muertes atribuidas al covid-19 en hogares de ancianos concluyó que en el 70% de los fallecidos -cuya edad media era de 88 años- el virus había sido uno de varios factores en causar la muerte y no la causa central. La misma revisión mostró que en el 15% de los casos la muerte era por una causa distinta al covid y que solo en un 15% esta había sido directamente provocada por el virus.

Es probable que cifras similares se observen en otras regiones cuando se estudien los decesos. Esto permitiría entender también el hecho de que cuando se mide el exceso de muertes por todas las causas en Suecia para 2020, este simplemente no existe. Dicho de otro modo, hasta mediados de diciembre de 2020 no habían muerto más personas en Suecia por cada 100 mil habitantes que en el mismo período en 2018, 2017, 2016, 2015, etcétera. Cuando se miden las muertes, incluyendo todas las causas en las semanas de invierno, Suecia muestra más muertos por semana en 1988-1989,1993-1994,1995-1996 y 1999-2000 que en las semanas críticas de 2020.

De otra parte, Alemania, un país considerado referente en su lucha contra el covid-19 que aplicó restricciones en la primera ola, endureciéndolas considerablemente en la segunda, llegó a registrar en diciembre más muertos por millón de habitantes que Suecia. Entre septiembre y diciembre, en la región de Berlín la ocupación de unidades intensivas por millón de habitantes superó consistentemente a Estocolmo, llegando a duplicarla a pesar de las restricciones impuestas en el Estado alemán. Entre octubre y mediados de diciembre del año pasado, en tanto, los muertos por millón a causa del covid-19 fueron también superiores en Suiza y Austria, sin mencionar países como Inglaterra, España, Bélgica, Francia e Italia, todos los cuales aplicaron cuarentenas durante 2020, superando a Suecia en muertos totales por millón de habitantes.

El análisis futuro deberá comparar igualmente la cantidad de otras enfermedades no diagnosticadas a tiempo, que llevarán a muertes que eran evitables, los niveles de depresión, suicidio, alcoholismo y otros efectos de las cuarentenas, que probablemente no se verán en Suecia de manera similar. Lo mismo habrá que hacer en el análisis económico, aunque un informe del FMI publicado en octubre del año pasado concluyó que Suecia había visto menos daños en el primer semestre de 2020 que otras economías, incluidas de países nórdicos, debido a su aproximación más liberal a la pandemia. En suma, en 2020 Suecia logró atravesar la pandemia sin aplastar las libertades, ni destruir la calidad de vida de sus habitantes y sin que colapsaran los sistemas sanitarios.

Los números muestran, además, que no hay un exceso de muertes respecto de años anteriores, que los muertos eran mayoritariamente personas al final de su ciclo vital y que su cantidad es menor que en diversos países que aplicaron cuarentenas. Adicionalmente, el daño a la economía sueca parece haber sido menor al de otras que aplicaron cuarentenas. Solo en un mundo dominado por el miedo, en el que ya no es posible el análisis cuidadoso y diferenciado de temas complejos, puede todo lo anterior ser descrito íntegramente como un ‘fracaso’.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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