Grito y plata

Campañas políticas donde los candidatos figuran con delantales y estetoscopios son típicas en cada período electoral. La jactancia de eventuales títulos o carreras pareciera ser una garantía de profesionalismo que garantizaría el buen desempeño en un cargo de representación popular. Como olvidar aquel comentario: esto egrito y plata, que la propia ex presidenta Michelle Bachelet exclamó para aludir al efecto que tenía el uso del delantal, “de médico”, en las imágenes para campañas. Puro marketing.

Hágase la pregunta ¿cuántos candidatos, a diversos cargos de representación, prometen cosas que escapan a las facultades del cargo al que aspiran llegar? Probablemente muchos prometen trabajos, pavimentar calles, y un largo entre otras cosas. Esto que puede parecer sin importancia o como parte de las formas de hacer política, conlleva un importante elemento a la hora de hablar de probidad y transparencia, porque estamos hablando de la probidad previa que los aspirantes al poder deberían tener a la hora de aspirar al mismo.

“Porque aunque se dice que en pedir no hay engaño, en ofrecer cosas que no competen a un cargo sí que lo hay.”

 

En general, la probidad se asocia con transparentar el patrimonio y los conflictos de interés, pero poco se habla de esa probidad a nivel micro, que se pone a prueba a la hora de pedir el voto y prometer cosas a los electores. Porque aunque se dice que en pedir no hay engaño, en ofrecer cosas que no competen a un cargo sí que lo hay. Vender la pomada a los electores también es una falta de probidad, de transparencia y responsabilidad. Venderla mediante la jactancia de títulos o grados académicos que en realidad no se poseen parece ser una nueva arista de aquello. Porque estar en proceso de titularse no es igual a tener un título o grado, como varios parlamentarios han intentado dar a entender. Y es que hacer carrera política en la universidad, a punta de tomas y muñequeo, no es lo mismo que cursar una carrera profesional en la universidad.

Tiempo atrás estalló el escándalo de los copypaste, donde diputados y senadores pagaban cuantiosas sumas a asesores por informes plagiados, con los cuales ―oh sorpresa― preparaban sus proyectos de ley. Y la duda se torna válida e imperiosa, pues si hay falta de rigor a la hora de exhibir títulos profesionales para llegar a ser representante popular, por qué no la habría a la hora de presentar proyectos de ley una vez en el cargo. Esto abre otra arista poco abordada a la hora de hablar de probidad y transparencia, que tiene relación con el criterio con que nuestros parlamentarios contratan a sus asesores legislativos y la idoneidad profesional de estos últimos. ¿Qué pasa con los parlamentarios de Magallanes en ese caso?

Mucho se habla de cambiar las formas de hacer política, de renovarla, de hacerla más comprometida y sin embargo, a nivel subterráneo, se mantienen prácticas reñidas no solo con la probidad y transparencia sino también con la responsabilidad política en sus formas éticas. Ojo, no estamos hablando de exigir títulos profesionales para aspirar a cargos de representación sino algo más simple: ser coherente.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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