Grandes mentiras y la prensa libre

Las democracias tampoco se libran de los mentirosos. La gracia, sin embargo, es que en ellas existe prensa libre que investiga, indaga y revela.


Como “la gran mentira” se le denominó al proyecto de propaganda nazi para desprestigiar a los judíos y culparlos de todos los males de Alemania. Cuando la propaganda había hecho su trabajo y los había vilipendiado y deshumanizado, sería más fácil implementar la solución final.

Los totalitarismos son expertos en mentir. Stalin ocultó la hambruna creada por su colectivización (supresión del emprendimiento y propiedad privada agrícola) de la tierra en Ucrania (Homolodor), que mató de hambre a más de 3 millones de personas. Lo mismo con la matanza de todo el ejército polaco en Katyn que no solo la ocultó, sino que además, cuando se descubrió, se la endilgó a los alemanes. Cuenta la historia que cuando el gobierno polaco en el exilio le pregunta a Stalin por todos los prisioneros polacos (22 mil) que su ejército había capturado en el ataque conjunto con los nazis a Polonia, Stalin les dijo que no sabía nada de ellos y que probablemente se habían escapado. Hoy se sabe que los asesinaron a todos por órdenes de él con un tiro en la nuca. Muchos en Occidente fueron cómplices de esas mentiras como Sartre, Duranty (periodista mentiroso del New York Times que negó la hambruna soviética… y hasta recibió el Pulitzer), y qué decir del Partido Comunista chileno; si Neruda hasta le escribió un poema a Stalin, denominándolo “Ángel del Comité Central”.

Pero las mentiras de los líderes comunistas no terminaron con Stalin. Ahí está Kruschev mintiendo sobre los misiles en Cuba hasta que los aviones espías americanos lo desenmascararon. Gorbachov se demoró 18 días de ocultamiento y mentiras para reconocer el accidente de Chernobyl, que liberó 400 veces más radiación que la bomba de Hiroshima. La mejor fue la del líder de Alemania comunista, Walter Ulbricht, negando que su gobierno tuviera la intención de construir un muro para impedir que sus ciudadanos se fugaran del comunismo.

Las democracias tampoco se libran de los mentirosos. Ahí está Bill Clinton negando haber tenido relaciones con Mónica Lewinsky, o George Bush Jr., hablando de las armas de destrucción masiva en Irak que nunca aparecieron. La gracia en democracia sin embargo es que existe prensa libre que investiga, indaga y revela. Si no es por periodistas como Woodward o Bernstein, jamás habríamos conocido de Watergate y si no hubiera sido por el New York Times y los Pentagon Papers, no se hubiera conocido la realidad del involucramiento político y militar de USA en Vietnam.

Por eso que a los comunistas y fascistas les molesta tanto la prensa libre. No existe en Cuba ni en Venezuela y en Nicaragua está cada vez más amenazada. En Cuba hasta censuran internet. En Chile nuestra izquierda cavernaria trata de imponer verdades oficiales, acusa de negacionismo a los que no opinamos como ella, trata de reescribir la historia y tergiversar la realidad.

En Chile, lamentablemente, no nos salvamos de los grandes mentirosos. Garay, Jadue, Chang, el Cóndor Rojas y ahora Rojas Vade. Todos reyes de la simulación; del timo; de la mentira. Garay y Rojas Vade inventando enfermedades, el Cóndor simulando una herida para ocultar un corte auto inflingido, Chang inventando amistades con Richard Branson, y Jadue, jurando por sus hijos que nunca había recibido una coima.

Lo peor es que la gente les cree. Es así como las grandes mentiras tienen postrado al país y dividido, peleándonos con que si somos el país más desigual del mundo, o el único país donde hay derechos de agua privados, o insultando nuestro sistema de pensiones con el slogan “No + AFP”. Todo ello honra los principio de la propaganda nazi: “una mentira dicha suficientemente fuerte y por muchas personas termina por ser creída”. Por eso esta columna quiere celebrar a La Tercera que hizo su pega y descubrió la gran mentira del constituyente Rojas Vade -un mentiroso de la peor calaña y que a nadie le importaría salvo porque va a redactar la Constitución Política- y criticar a esa otra prensa que le dio tribuna a Garay, que le creyó al Cóndor y que sigue ayudando a Mesina y su adláteres que destruirán nuestras pensiones, nuestro mercado de capitales y nos dejarán sin créditos hipotecarios, con inflación y sin infraestructura; esa prensa que cohonesta la violencia y condena a los que tratan de poner orden, que inventa violaciones a los DDHH donde hay delitos comunes y que prefiere el rating fácil a la verdad difícil.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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