Fidel, la biología y la calle

¿Debo alegrarme por la muerte del dictador al cual admiré en la adolescencia y con el cual rompí en términos ideológicos, con 23 años de edad, después de conocer en profundidad el régimen económico y político que impuso a los alegres y sensuales habitantes de la mayor de las Antillas? En verdad, es contrario a la visión liberal y humanista que tengo de la vida alegrarme por la muerte de una persona. Da lo mismo si ha sido dictador. No me alegré con la muerte del general Augusto Pinochet y tampoco me alegro por la muerte del comandante Fidel Castro. No, ni la muerte de dictadores me alegra. Es más, tanto rechazo me causaron quienes se burlaron del cadáver del militar chileno como quienes se burlan hoy del cadáver del cubano. La vida y los sueños de justicia, libertad y de un país mejor y una América Latina mejor no pasan por el odio ni el resentimiento. Ni el odio ni el resentimiento lavan las heridas.

Con la desaparición física de Fidel Castro, fundador de la dictadura personal más prolongada del mundo, no desaparece la dictadura burocrático-militar cubana. Su hermano la continúa. Pero sí emergió ahora, como un sable de buen acero, y eso me alegra, un rayo de esperanza para los cubanos de la isla y del exilio. Fidel ya no será un freno para las supuestas aspiraciones reformistas de Raúl ni tampoco podrá otorgarle el peso de su autoridad moral comunista para fortalecerlo ante los demás generales que conforman la élite económica, política y militar de Cuba.

Tampoco estará ya Fidel para sugerirle cómo negociar con Estados Unidos, con un Estados Unidos que ahora encabeza Donald Trump, quien tiene mucho que agradecer al exilio cubano por su triunfo sobre Hillary Clinton en Florida, y será más exigente que Barack Obama ante La Habana. Y tampoco estará ya Fidel para asesorar al hermano respecto del trato que ha de brindar al pueblo cubano, un pueblo libre hoy del principal símbolo que le infundía terror, extenuado tras décadas de penurias económicas y aventuras militares, pueblo al cual se le acaba ya la paciencia. Para cualquier pueblo, 57 años de dictadura totalitaria es un exceso. A los 85 años, y por primera vez en su vida, Raúl no será un segundón, sino el mayor de la familia, y el que deberá adoptar las decisiones de envergadura para el destino de Cuba y de la clase dominante comunista, y de él mismo y de sus familiares.

La noticia de la muerte de Fidel Castro me sorprendió en Chile, en medio del sueño. Un llamado de Estados Unidos me alertó. Yo acababa de regresar de Miami, donde hubiese querido estar para reflexionar con los exiliados sobre la desaparición del máximo símbolo del comunismo y la represión en la isla, y averiguar qué viene ahora.

En mi reciente novela “Sonada del Olvido”, Fidel Castro y Augusto Pinochet comparten habitación en los dominios de Mefistófeles, ubicados bajo el Congreso Nacional. Cuando el protagonista los descubre en ese ámbito, le reclama a Mefistófeles: Fidel no puede habitar aquí, pues aún está vivo. El diablo le responde que Fidel murió hace mucho y que en verdad hay un doble arriba que lo sustituye. Aunque huela a ficción, muchos cubanos creen que un doble suplantaba a Fidel para que Raúl pudiera gobernar. Muchos creían que Fidel tenía un pacto con el diablo para vivir eternamente. ¿Santería, realismo mágico? Ni tanto: Cuba tuvo un dictador que hizo anunciar su supuesta muerte y dio la orden de disparar sobre quienes salieron a celebrarla. Aquel relato circulaba en la Cuba de los setenta y nunca dejó de circular, y por eso no me extraña que aún nadie se atreva en la isla a salir a expresar su alegría por la muerte del comandante en jefe. Y, algo a no descuidar, Fidel muere “casualmente” el 25 de noviembre, justo 60 años después de zarpar en el yate “Granma” hacia Cuba a iniciar la revolución. Sin embargo, a alguien se le escapó un detalle: Fidel murió el mismo día en que Pinochet nació. Pese a su modernización, América Latina sigue estando en el reino del realismo mágico.

La gran pregunta es, ¿cómo se libra una nación de la influencia de un dictador totalitario que le impuso durante 57 años su voluntad personal? Cuba obtuvo su independencia el 20 de mayo de 1902, es decir, hace más de 114 años. Si Castro fue su “máximo líder” durante 57 años, eso implica que la mitad de su historia como país independiente la isla ha estado sometida al yugo de un hombre, que diseñó a su medida un Estado-partido, la economía, la política y la cultura, las Fuerzas Armadas y de seguridad, la educación y la “justicia”, las relaciones exteriores y la vida cotidiana, y la (escasa) alimentación de los cubanos. ¿Cómo se reduce esa gigantesca influencia basada en discursos maratónicos, la intolerancia, el marxismo-leninismo, el rechazo al diálogo cívico y la falta de respeto a los derechos humanos, una influencia que reprimió cualquier asomo de partido opositor y que jamás convocó a elecciones libres? ¿Y cómo se libera un país de esa nociva influencia cuando el hermano, aún en el poder, convoca a los cubanos no solo a homenajear a Fidel, sino también a firmar al mismo tiempo un juramento de lealtad hacia el concepto de revolución definido por el comandante en jefe? Raúl enterrará al hermano y desenterrará un plebiscito para demostrar a los demás generales que el pueblo lo apoya.

Nosotros vivimos 17 años de dictadura, una que terminó porque el dictador consultó al pueblo y obedeció su exigencia de ceder el poder. Fidel jamás creyó en transición política alguna, porque consideró siempre que el poder le pertenecía y que la democracia liberal es un accidente que le ocurre al déspota débil. Raúl debería imitar a Augusto, consultar a los cubanos, permitir elecciones y tolerar que la sociedad civil busque una salida a la crisis profunda en que se halla la isla. Ni China, ni Rusia, ni el turismo lo salvarán, y ya tiene demasiados años para esperar los resultados de un modelo vietnamita. Así les ahorrará nuevas cuotas de sacrificio, dolor, represión y muerte a los cubanos.

No hay duda: Fidel dejó sumergido en el fango a su país, a su hermano y a sus familias. Dejó fortunas a los más cercanos, pero en una situación inmanejable sin la autoridad que exhibía, la unidad que lograba y el miedo que infundía el comandante en jefe. La muerte biológica de Fidel es la muerte del Raúl actual. Fidel jamás pensó en la transición, sino en su sucesión. Raúl tendrá que mostrar una transición, porque la situación económica, social y política de la isla no da para más; Venezuela ya no la puede sostener, y Donald Trump exigirá algo a cambio por las concesiones hechas por Estados Unidos. Esas concesiones pueden significar importantes espacios de acción para los opositores en la isla y la comunidad del exilio.

No hay motivo para celebrar la muerte del dictador. Como muchos dictadores, Fidel no enfrentó nunca tribunal alguno por sus decenios de gobierno unipersonal. Además, Cuba enfrenta a partir de ahora una etapa de mayor incertidumbre. Es triste: fue la biología, no la calle quien lo derrotó.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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