Farándula y sus responsables

Harto se habla sobre la aparición de faranduleros en política. Noam Titelman de RD, por ejemplo, acaba de llamar la atención —en Ciper— sobre lo grave y peligroso del fenómeno. Sin contrapesos, dijo, esto será un verdadero peligro para nuestra sociedad. Parece que no lo han escuchado mucho entre sus amigos políticos, porque luego de fracasar con Bea Sánchez ⸻un rostro antes que una política⸻, le propusieron ser candidato presidencial al “abogado de matinal” Daniel Stigno, el epítome de la farándula vacía intelectual y políticamente. No aceptaron, pero sí van a ir a la constituyente. Y ahí están, apoyándolos. Divertido, después de andar instalando deconstrucciones, teorías lingüísticas y críticas al “amor romántico” como “los” temas país. Qué decir sobre su apoyo a la emperatriz de la farándula, Adriana Barrientos. Y ahora, además, Stigno anda enredado por temas laborales con sus empleados. Y el perla se paseaba por matinales como el mayor inquisidor laboral de Chile. Cura Gatica impudoroso. 

Así como la televisión y Hollywood levantaron a Reagan, la Cicciolina y Trump, hoy las redes sociales han hecho crecer exponencialmente el fenómeno farandulero. Los partidos políticos —el esperado contrapeso— no asumen su responsabilidad, y los siguen abrazando. Los medios, sin plata, renunciaron a la calidad y explotan dramas y polémicas sensacionalistas para atraer público: en esta pandemia persiguen a los expertos catastrofistas, que tienen todo claro a pesar de no saber nada de mitocondrias, parásitos y menos de epidemiología. Fernando Paulsen trata a los amigos de JAK como miembros de una secta. Y este aporta al caos diciendo que quiere derribar el muro donde suicidó un presidente electo democráticamente en La Moneda. Un espiral difícil de frenar. A falta de ideas, se exacerban las formas. 

Mucho bullying le han hecho a Fukuyama, pero en algo tenía razón: no hay mejor proyecto político que la democracia liberal. Esa calma y ultraconfianza noventera hizo que muchos se aprovecharan, es verdad, pero así como nadie quiere las injusticias que se han descubierto, la democracia liberal tampoco. Nadie quiere a las iglesias inmiscuidas, y la democracia liberal lo evita. Pocos quieren planificaciones centrales y la democracia liberal tampoco. Y así. También nos permite proteger cerros, humedales y ordenar ciudades. El problema es que las diferencias son matices. Por lo tanto, fomes. De ahí la farándula o las épicas impostadas contra culpables imaginarios. Atraen votos. Nadie es responsable de nada y se buscan complots por todos lados. Hace unos cien años, un viejo sabio decía que la «responsabilidad era una carga desprendible, fácil de poner en los hombros de Dios, el destino, la suerte o el vecino, y en los días de la astrología era común pasárselo a las estrellas». Serán caóticas las discusiones constitucionales.

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