Fantasmas del pasado: pésimos consejeros

El ala más radical de la Nueva Mayoría nutre su Weltanschauung de una interpretación maniquea de la Unidad Popular y, por ello, reacciona hoy de forma visceral y con pánico frente a los transportistas.

¿Cabe imaginar un peor autogol que el que se marcó este jueves el Gobierno al prohibir el paso de 13 camiones frente a La Moneda? ¿Cómo entender que políticos experimentados conviertan una manifestación de víctimas del terrorismo en un reality que tuvo al país en vilo por 24 horas? ¿Cómo justificar que en el día más decisivo de la administración brillara por su ausencia la Presidenta? Y todo era al parecer manejable: autorizar la caravana, escoltarla con Carabineros, recibir a la misiva en Palacio, ofrecer un tecito, y por la noche mostrar en los noticiarios a un gobierno que sabe escuchar a todos.

Que tenemos un liderazgo errático lo ratificó la prohibición/autorización a los camiones, que de no haber sido levantada pudo acarrear consecuencias desastrosas. Pero la causa del yerro no radica solo en la impericia gubernamental sino también en otra cosa: Los fantasmas del pasado. El ala más radical de la Nueva Mayoría nutre su Weltanschauung de una interpretación maniquea de la Unidad Popular y, por ello, reacciona hoy de forma visceral y con pánico frente a los transportistas, que en 1973 jugaron un rol crucial en el fin de Salvador Allende. Más que a 13 camiones cargando carcasas de vehículos incendiados, Palacio vio venir a miles de camiones encabezados por León Vilarín, los que con su paro nacional indefinido sellaron la suerte de la UP. Así cuesta adoptar medidas sensatas.

Con los camioneros, a la Nueva Mayoría le ocurrió lo que a Bachelet con el Estado de Excepción tras el terremoto del 2010. Pese al vandalismo, le costó decretar el Estado de Excepción para restablecer el orden, porque implicaba sacar a los militares a la calle (que fueron recibidos con vítores por la población). ¿La razón? Los fantasmas del pasado. Estos le impedían entender que sus fuerzas armadas habían cambiado. Tanto frente a los militares el año 2010 como frente a los camioneros esta semana, sospecho que a Bachelet la traicionó su, a ratos, anacrónica visión de mundo, que incide desde luego en su visión de la UP, las fuerzas armadas, los camioneros, el país y las vías para transformarlo.

Más que por ideologías, el estadista debe orientarse por las realidades. La ideologización de la Nueva Mayoría está no obstante a la vista: en su reciente viaje al extranjero, Bachelet celebró a Allende y destacó aspectos de la extinta RDA. Recordemos que el Partido Comunista chileno felicitó al dictador norcoreano Kim Il Jong al ser entronizado, tal como lo fueron su padre y su abuelo; no olvidemos que el MAS y la IC respaldan al régimen de Maduro, y que diputados del sector ven en Fidel Castro un “faro y guía” latinoamericano. No digo con esto que la Nueva Mayoría planea construir una Corea del Norte, pero sí que resulta inquietante que modelos de dudoso carácter democrático inspiren a tanta gente que ejerce influencia gravitante en el gobierno. Más que ideologismo, en el gobierno se precisa pragmatismo, como el de Jorge Burgos, que reconoce errores, los rectifica y estima que negociar y llegar a acuerdos en democracia no humilla a nadie.

Las decisiones de este jueves no solo volvieron a mostrar el zigzagueo de La Moneda sino que contribuyeron también a convertir a los camioneros -y a través de ellos a todas las víctimas de la delincuencia y el terrorismo- en el gran juez de la gestión oficialista en este ámbito. El gremio advirtió que puede volver a Santiago si los problemas no son resueltos. Y el panorama pinta mal. Este jueves, el gobierno no logró garantizar ni ante La Moneda la seguridad de las personas. Jorge Luchsinger, hijo del matrimonio quemado vivo en su casa de La Araucanía, y sus acompañantes fueron impunemente agredidos por turbas con banderas de izquierda, que también apedrearon a los camiones. La escena mostró la creciente polarización de Chile y nos recordó a países donde el oficialismo, bajo la consigna “no dejar que la reacción salga a la calle”, ataca a opositores en cuanto estos salen a manifestar. Tomás Borge hablaba de “mis turbas divinas”, Fidel Castro de “reacción espontánea”, y Hugo Chávez de “ira popular”.

En medio de este panorama desolador, parece particularmente inapropiado que ciertos políticos se proclamen ya candidatos presidenciales para el 2017. Más que soñar con entrar a La Moneda el 2018, hoy los líderes deben ocuparse de cómo aportan para que el país llegue a esa fecha sin más sobresaltos. Para eso deben ocuparse, primero, del agobiante ahora y de promover el reencuentro nacional y acuerdos políticos que devuelvan a Chile a la convivencia cívica, la senda del crecimiento, la seguridad y el liderazgo efectivo. Hay que mirar hacia adelante unidos. El gran enemigo de este esfuerzo son los fantasmas del pasado.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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