Falsa condena de la violencia

Entre todos los tragicómicos shows de este estallido social —como el «buenista profesional» que lloraba y pedía perdón en televisión por ser un privilegiado; James Hamilton hablando de economía y formando partidos políticos de santos celestiales, o un Presidente de la República hablando de guerra sin enemigos—, hay uno que no deja de repetirse. Reaparece, eso sí, en la cara de diferentes personajes, por lo general de derecha, exigiendo la ‘condena a la violencia, venga de donde venga’, claramente en alusión a los de la izquierda. Yo no sé qué esperan. El problema para ellos es que los izquierdistas, en teoría, no condenarían la violencia. Y así, semana tras semana, después de algún chispazo encendido por encapuchados, barristas, hipsters o perros vagos, alguno de la izquierda es interpelado directamente y dice lo obvio: que sí condena la violencia. ¡Oh, condena! ¿Alguien cree que algún político, o líder, diría lo contrario? Hay algunos erráticos, y otros que se han confundido algo con ‘pseudofilosofías de moda’, como decía Jorge Millas, pero, la verdad, nadie la ha defendido (el diputado comunista Hugo Gutiérrez no vale para este o cualquier otro análisis republicano-democrático, o no debería valer).

“Los políticos y líderes han dado, siguen dando y no dejarán de dar apoyo implícito a la violencia”.

Ahora, creo que en esto hay una trampa. Dado que para la opinión pública condenar la violencia es lo democrático y civilizado, y los parlamentarios en teoría lo son, es bastante obvio que hay que rechazarla. Creerse un demócrata ejemplar por eso es lo mismo que pretenderse un héroe civilizatorio por estar en contra de matar niños. La real y valorable manera de condenar la violencia, entonces, no es hacerlo explícitamente, sino que no apoyarla implícitamente. Y ese es el apoyo que todos los políticos y líderes han dado, siguen dando y no dejarán de dar.

Ejemplar de este apoyo fue el comunicado que publicó Revolución Democrática después de los violentos ataques contra los jóvenes que daban la PSU. Para cualquier demócrata no había otra opción que condenar el hecho, sin matices. Que la PSU tuviese problemas era para otra discusión —real, importantísima y urgente—.Sin embargo, el pusilánime comunicado solo hablaba de los problemas que tenía la PSU como prueba. Ni una sola palabra en contra de la violencia ejercida y planificada contra miles de jóvenes en un día importante para sus vidas. Fue un delirio total. Sería lo mismo que unos diputados, después de un atentado contra un político, salgan a comunicar ‘sus profundas diferencias ideológicas’ en vez de condenar el atentado violento contra la víctima. Y ahora empezó, ante unos confusos argumentos y poca sobriedad de una jueza, otro show: una tropa de santones pseudosofisticados refiriéndose a unas medidas cautelares para mostrar cuán bondadosos son, en vez de condenar a la tropa de ciclistas poseros y tan preocupados por la justicia y el urbanismo que andan destruyendo nuestra convivencia.

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