¿Estamos seguros de nosotros mismos y de nuestros tiempos?

Desde el año 1945, con el término de la Segunda Guerra Mundial, nos hemos preguntado qué llevó al hombre a cometer semejantes brutalidades. Las primeras respuestas van en la línea de una devaluación de esos “otros”, dando explicaciones como “estaban locos”, “eran personas amorales”, “ignorantes” y que eran una “sociedad cerrada”. Sin embargo, estas características no corresponden con la realidad. Muchas de las sociedades donde la trilogía totalitaria- nazismo, fascismo y comunismo-  tuvieron éxito, fueron una de las sociedades más cultas, educadas y cosmopolitas de la historia, basta ver el caso de Alemania o Austria. Además, muchos de estos líderes llegaron al poder (y se asentaron en él) con ayuda de las mayorías, eso permitirá descartar la hipótesis del colectivismo como una conducta patológica. De esta manera, es probable que los adeptos de los partidos totalitarios no se distingan tanto de nosotros mismos.

Pareciera que ninguna sociedad esta eximida de semejante pecado. Recientemente, Loreto Cox publicó una columna en El Mercurio llamada “Ideología o afectos”. En ella explicaba la creciente polarización política y afectiva de nuestras sociedades. Efectivamente, existen estudios que demuestran la agudización de la polarización ideológica en sociedades como la estadounidense (Iyengar & Krupenkin, 2018).

Hemos llegado al nivel donde la identidad partidaria excede los prejuicios comparables a la raza, religión y otras relaciones distintivas. Esto significa que existe una mayor idealización del grupo perteneciente y también una mayor devaluación hacia la corporación contraria. Así, no es solo un distanciamiento excesivo de ideologías, sino un aumento de la hostilidad y de emociones negativas hacia las coaliciones opuestas. Ahora bien, esta idealización no necesariamente deba darse frente a la homogeneidad grupal, también se puede vincularse a una emoción compartida frente a una realidad externa (Iyengar & Krupenkin, 2018).

Para entender lo anterior, quizás sea útil adentrarnos en algunos aspectos teóricos de la psicología social política. La Teoría de la Identidad Social, trabajada por Henry Tajfel en los años 50, permite comprender, que independiente de la riqueza y complejidad de la autoimagen de los individuos, esta siempre se verá completada por la pertenencia a ciertos grupos o categorías sociales (Scandroglio et al, 2008). Si bien, lo anterior es necesario para el desarrollo identitario, a veces, puede llevar a excesos a la hora de interpretar el mundo social. Esto se debe, en parte, porque la consecución de la autoestima positiva requiere de la maximización de las diferencias entre el endogrupo y el exogrupo; para así, reflejar la positividad del endogrupo. Como es lógico, la acentuación de estas diferencias grupales, en desmedro del exogrupo, producen un sentimiento de superioridad, llevando al individuo a alcanzar una identidad grupal más cohesionada (Scandroglio et al, 2008). Todos recordamos la importancia que ciertas agrupaciones tuvieron en nuestro desarrollo. Sin embargo, cuando la despersonalización en pos del colectivo es tal, puede llevar a un pensamiento escindido de la realidad(Hart, 1991).

            Ahora bien, en Chile cada vez se percibe menos homogeneidad intra partidaria, puesto que los miembros de las coaliciones no han logrado la unidad, sin embargo, la animosidad al grupo contrario es aun mayor. La creciente polarización, no se está dando en base a una mayor coherencia partidaria, puesto que ya no es exclusivamente ideológica, sino afectiva. Esta se ha complejizado y no se comprende por el mero favoritismo partisano, sino por el creciente rechazo al partido opositor. De esta manera, las alianzas partidarias ya no se dan por adherencia valórica o ideológica, sino que por animadversión hacia un grupo enemigo. De esta forma, pareciera que el elemento vinculante ya no son los ideales u objetivos comunes, sino la similitud en el rechazo hacia el grupo contrario (Iyengar & Krupenkin, 2018).

Pareciera que el problema no está, tanto así, en aspectos circunstanciales de una época, como serían las redes sociales o el malestar general. Más bien, es posible que el problema sea inherente a la realidad humana, la que nos lleva a cometer los mismos errores, una y otra vez. Como escribió el gran historiador judío, Marc Bloch, en un campo de concentración “Para separar en el conglomerado de nuestros padres, a los justos de los condenados, ¿estamos tan seguros de nosotros mismos y de nuestro tiempo?”.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
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