Esa cosa llamada poder

Detrás de todos los escándalos respecto del financiamiento político está el poder en su noción más pura y básica, como algo indescriptible, extraño, seductor, vicioso y sobre todo adictivo. Algunos creen que sus convicciones, su supuesta estatura moral o los altos fines que dicen promover, los hacen inquebrantables frente a los influjos que conlleva el ejercicio del poder político.

Pero lo ocurrido con el senador socialista Fulvio Rossi desmiente aquello. Nadie es infalible al poder, aunque pertenezca a un partido que proclame la igualdad para todos. Lo preocupante y paradojal es que frente a casos donde claramente está el poder presente, se obvie abordarlo aun cuando es el problema central en cualquier sociedad.

Parece que hemos vuelto a la ingenuidad que presumía que los gobernantes eran seres inmaculados y bondadosos, libres de los vicios y bajezas humanas. Se nos olvida que el afán de más poder y la necesidad de mantenerlo -sobre todo el de carácter político- es una constante humana, frente a la cual muchos están dispuestos a todo, incluso a corromperse.

Este es un problema que no se resuelve simplemente reemplazando cargos, sino que restringiendo el ejercicio del poder. Sin embargo, de manera extraña, frente a los escándalos que aquejan a líderes políticos hemos olvidado que el poder que ejercen debe ser acotado y no abultado.

Es tal el nivel de confusión que muchos proclaman, como solución a la corrupción, agrandar la burocracia estatal de manera elefantiásica. No ven que eso acrecienta las clientelas partidarias y la capacidad de ofrecer favores o privilegios -a empresarios inescrupulosos por ejemplo- de las cuales se alimentan los caudillos políticos.

Por eso, las reprobaciones hacia Rossi por parte de miembros del PS no dejan de ser meras quejas hipócritas con pretensión moral -como el enjuague bucal con la probidad y la transparencia de Bachelet frente a la Comisión Engel-, porque son ellos mismos los que proclaman la ampliación del poder estatal y sus influjos corruptores.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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