Publicado el 09.04.2015

¿Es usted corrupto?

Ramiro Mendoza, en su última cuenta pública dijo: “No podemos cerrar los ojos, la corrupción ha llegado“. Pareciera que se tratara del anuncio del arribo de un virus mortal, que ningún protocolo sanitario pudo frenar. La infección llegó a nuestro país. Pero lo cierto es que contrario a lo que pretenden algunos maximalistas y voluntaristas, la corrupción es un fenómeno frecuente en la historia de la humanidad. No hay sociedad ni menos aún “modelo” que no haya presentado ciertos niveles o tipos de corrupción en diversos niveles y ámbitos.

Lo realmente importante frente al fenómeno de la corrupción tiene relación con cuán naturalizadas e internalizadas se tornan ciertas prácticas corruptas en la sociedad misma, y si éstas terminan afectando el buen desempeño de las instituciones políticas, judiciales, económicas y sociales de una sociedad.

La corrupción es esencialmente un fenómeno de percepciones mutuas que se puede desarrollar de manera peligrosa en una sociedad, cuando las personas concluyen que si todos son corruptos y actúan de dicha manera, ellos también deberían hacerlo. Es decir, cuando lo razonable sería aprovechar los incentivos aun infringiendo normas morales, sociales y legales. La del pillo.

Así, la corrupción se fortalece cuando la mayoría de los ciudadanos se vuelven y se perciben como posibles corruptos o corruptibles. Mientras más personas adquieran esa percepción de lo corruptible, más institucionalizada se hace la corrupción en una sociedad dada. Por esto, en ciertos países es más fácil y frecuente infringir leyes de tránsito, porque es menos costoso sobornar al policía, el cual se sabe y percibe sobornable, y sabe que hay otros que están dispuestos a sobornarlo a cambio de algo.

Entonces ¿Es Chile un país totalmente corrupto como algunos pretenden? Algunos dirán sí. ¿O sólo estamos ante un gran caso de corrupción que involucra a muchos en las élites y círculos de poder? Qué pasaría si preguntamos en la calle: ¿Es usted corrupto? ¿Se considera corrupto? ¿Cree que puede sobornar a un carabinero en la calle para evitar una infracción?

Probablemente la mayoría de las respuestas sean negativas. Los chilenos somos honrados. Eso no quiere decir que todos lo sean –sin importar si son ricos o pobres- pero la gran mayoría somos gente honesta que vive honradamente. La corrupción existe sin duda, pero no está en todos lados como algunos pretenden, para luego proponer su voluntarismo elitista.

La sociedad civil vigilante, es desde un punto de vista cultural y liberal, un elemento esencial para inhibir la extensión de prácticas corruptas, sobre todo cuando éstas surgen en el seno del poder político o entre las élites. Porque nadie nos garantiza que los gobernantes y políticos no sean corruptos o que los partidos caigan en la ley de hierro de las oligarquías. De ahí que Karl Popper dijera que lo importante no es quién gobierna sino qué instituciones –formales e informales- nos protegen de malos gobernantes.

En ese sentido, la batalla contra la corrupción es tarea esencial de la sociedad civil. El flagelo no se derrota con un Estado sobredimensionado ni omnipotente, tampoco con políticos con más poder y discrecionalidad, ni con burócratas operando como una especie de panóptico moral o una especie de policía del pensamiento sobre los ciudadanos.

La batalla contra la corrupción depende exclusivamente de la sociedad civil, de los ciudadanos, de las personas comunes y corrientes. Es ahí, en ese espacio, donde cada uno de nosotros acepta o rechaza prácticas corruptas a nivel micro, en nuestras interacciones diarias con los otros. Porque la corrupción es una forma de despotismo blando, que donde prolifera la apatía de la sociedad civil, se extiende silenciosa y sin aspavientos, acribillando de manera sutil los fundamentos éticos de una sociedad libre, aislando a cada persona e imponiendo en cambio la arbitrariedad, la violencia y el dominio de los más fuertes, criminales e inescrupulosos.

Son las personas, asociadas en múltiples espacios; vigilantes de los asuntos públicos; celosos de su libertad y responsables en su actuar privado y público, el mejor antídoto contra la corrupción. La sociedad civil es el último bastión contra la putrefacción de una sociedad. No son las masas ansiosas de patíbulo y linchamiento colectivo –que son otra forma de corrupción- sino los ciudadanos responsables, que entre otras cosas entienden que la independencia del poder judicial es esencial para sancionar correctamente mediante el debido proceso, a quienes incurren en actos corruptos.

Somos cada uno de nosotros los que debemos dar las alertas y promover prácticas éticas en todos los ámbitos de la vida social, sin depender de lo que permite o prohíbe la ley contingente. Porque como decía Henry Thoreau: “Lo deseable no es cultivar el respeto a la ley, sino a la justicia”.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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