Errare humanum est

Siempre me identifiqué con esa frase de Quino que decía que si errar era humano, en humanidad no le ganaba nadie. En mi columna pasada hablé de nuestros aciertos generacionales, así que ahora me haré cargo de nuestros errores.

Nuestro primer y gran error fue quedarnos callados, dedicarnos a trabajar y dejarle la política a otros. El socialismo se había implementado en algo más de 70 países en distintos gustos y colores. Desde los más extremos, como la Rusia comunista, hasta lo más benignos, como la Inglaterra laborista o la Suecia socialdemócrata, todos tenían una cosa en común: fracasaron en economía y en el caso de los comunistas, mataron, exiliaron y encarcelaron a millones. Como el año 1989 cayó el Muro de Berlín, creímos que la democracia y el mercado habían triunfado para siempre. Si hasta Miterrand (comunista devenido socialista) declaró que Francia tendría todo el socialismo que su capitalismo fuera capaz de financiar.

Se nos olvidó que el socialismo nunca desaparecerá, porque apela a los más nobles sentimientos del ser humano, como la solidaridad, la empatía y la cooperación. El drama es que moviliza en función de los peores, como la codicia, la envidia y el resentimiento (como basar una campaña en torno al eslogan ‘No más abuso y no más desigualdad’).

Permitimos que se instalara un relato tan falso como inmoral; que no importa derrotar la pobreza si no logramos una igualdad nórdica; que a los buenos estudiantes hay que bajarlos de los patines para igualarlos con el resto; que es mejor el monopolio estatal ineficiente que la competencia privada eficaz, porque lucra, y que los países progresan distribuyendo la riqueza no creándola.

Dejamos crecer el poder del Estado y de la política sobre los ciudadanos. So pretexto de crecer con equidad, de mejorar salud y educación o de promover el desarrollo tecnológico (¿se acuerda que el royalty minero era para eso?) dejamos que los políticos nos subieran 20 veces los impuestos, multiplicando por 10 el tamaño del Estado sin jamás exigirles resultados. Paradojalmente, los políticos siguen culpando de nuestros problemas al sector privado y promueven absurdos como que Chile puede progresar sin crecer o mejorar las pensiones gastándose los ahorros (si los impuestos y las imposiciones fueran populares no serían obligatorios).

Aceptamos que se creara una casta política bien remunerada y que no comparten los riesgos del resto de los chilenos (¿hace cuánto que no escucha que se suprima un cargo público?). En vez de tener una cámara de los comunes donde legislen personas normales que trabajan y experimentan los efectos de sus leyes, permitimos que -su pretexto de la transparencia- los parlamentarios se encapsularan. Elegimos personajes que con suerte tenían 4º medio; permitimos que se reeligieran indefinidamente y que sus campañas las financiara el Estado. A los chilenos, cada florcita nos cuesta $22 millones mensuales.

Toleramos que el Estado maltratara a nuestros compatriotas más vulnerables. El resultado electoral de La Pintana es elocuente. Los chilenos que sufren el monopolio estatal de los servicios públicos están descontentos y por buenas razones. Reciben del Estado mala salud, mala educación y mala seguridad; y los políticos les dicen que la culpa la tienen las isapres, los ricos y el neoliberalismo. Debimos exigirles a los políticos que promovían el estatismo que pusieran a sus hijos en colegios públicos; se atendieran en los hospitales estatales, y vivieran en comunas vulnerables. Así hubieran exigido resultados a esa gestión estatal que tanto promueven y nunca padecen.

Un mal diagnóstico, una falsa narrativa y la mala política impidieron que Chile creciera los últimos 10 años, y mientras las remuneraciones se estancaban se acumulaba la inflación y la gente no progresaba; los únicos que prosperaban eran el Estado, los funcionarios y los políticos, pero le echaban la culpa al sector privado y a los contribuyentes. Esos errores se sintetizan en la frase de Sowell: ‘Demonizamos a los que producen, subsidiamos a los que no y canonizamos a los que reclaman’.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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