Entrevista a Axel Kaiser: “No hay diferencia entre robar a tu vecino a punta de pistola y que el Estado redistribuya el dinero”

Dice Axel Kaiser que el liberalismo tiene una “desventaja narrativa” frente al socialismo porque “los liberales no vendemos un sueño, sino que intentamos pactar con la realidad”. Aunque no parece que él sufra muchas ‘desventajas narrativas’: arrea que da gusto en las redes sociales, en cualquier palestra pública y en sus exitosos libros. El que publica esta semana, ‘El economista callejero’ (Deusto), es un batido fresquito, y como siempre provocador, de su visión a veces un tanto extremada, de cómo debe ser el mundo de las relaciones económicas políticas. Con ustedes, uno de los pensadores jóvenes latinoamericanos con mayor predicamento.

“No hay diferencia entre robar a tu vecino a punta de pistola y que el Estado redistribuya el dinero”

Axel Kaiser BarentsVon Hohenhagen (Santiago de Chile, 1981) es, además de abogado, politólogo, profesor universitario y presidente del think tank Fundación para el Progreso, uno de los mayores activistas latinoamericanos del liberalismo clásico en este tiempo de agitación desenfrenada y loca en las redes sociales, ese Lejano Oeste travestido de Matrix. Cada uno de sus libros ha sido un cóctel molotov al corazón de la llamada conversación global, siempre contra el intervencionismo económico y desde perspectivas liberales, para algunos integristas mucho más allá del prefijo -neo. El economista callejero (Deusto), su nueva criatura, pretende, desde nociones económicas básicas, extirpar «las patologías políticas e ideológicas que destruyen nuestras sociedades arruinando nuestra libertad». Nada menos.


P. «Apologista de la desigualdad», dicen que es usted. Suena feo, ¿no?
R. Eso es una acusación desde posiciones de izquierda, porque sostengo que lo que importa es la igualdad ante la ley y no la igualdad a través de la ley.
También sostengo que si aplicamos las mismas normas a todos puede emerger desigualdad, y que esa desigualdad es perfectamente justa, y no es razón para que el Estado intervenga igualando a todos. Y he dicho muchas veces también que prefiero una sociedad en que todos sean desiguales pero tengan suficiente, o sean ricos, a una sociedad donde todos sean iguales y pobres. Pero estos argumentos en socialistas no tienen resonancia, lógicamente.

P. ¿Podría decirme algo bueno del igualitarismo?
R. Le veo algo bueno al igualitarismo moral, a que todos los humanos tenemos la misma dignidad y se nos deben aplicar las mismas leyes. A eso, sí. Pero no veo nada positivo en que por la fuerza tengamos que igualar a unos que viven mejor que otros, si esa desigualdad es producto de acciones libres de personas que, encima, están creando valor para otros. Dicho de otro modo, no tengo problema en que Lionel Messi sea rico, ni Amancio Ortega, por ejemplo.

P. Ha dicho que el socialismo es un «sueño social». ¿No es también de alguna manera un sueño la concepción del mercado del liberalismo?
R. El concepto de sueño social surge en la literatura sobre utopías, el socialismo surge así. Marx, de hecho, se rebela contra ese socialismo utópico y dice que el suyo es científico, aunque sabemos que también tiene una esencia utópica. La diferencia con el liberalismo, como explica Jean-François Revel, es que los liberales sacamos lecciones de la realidad y decidimos qué es y qué no es posible hacer. Por eso nuestro discurso es menos atractivo: porque no ofrecemos un discurso en que se resuelvan todos los problemas. No ofrecemos utopías. Tenemos límites. El socialismo compara la realidad con un sueño. Los liberales tenemos ahí una desventaja narrativa.

P. A la contra: ¿qué ha podido aportar Marx a su pensamiento?
R. Desde lo teórico, nada. Desde lo sociológico tampoco, porque está desanclado de su teoría económica. No creo que el mundo se hubiera perdido mucho si Marx no hubiera escrito nada: de hecho, habría sido bastante mejor. Pero ojo, dentro de sectores socialdemócratas que Marx despreciaba sí ha habido una sensibilidad que hay que tomar en cuenta,
sobre los procesos de industrialización y cambio, y sobre las dislocaciones
que genera. Hay liberales que incorporaron esa sensibilidad.


P. ¿Por qué está este tiempo tan absolutamente ideologizado?
R. Las redes sociales han jugado un rol muy relevante en eso. Facebook, Instagram, hoy pasan a ser la esfera pública y muchos estudios dicen que sólo confirman nuestros sesgos. Está muy descrito, y cómo ese efecto está contribuyendo a las crisis de las democracias. También que las universidades y los medios de prensa se han corrido a posiciones de izquierda radical e identitaria. El New York Times, por ejemplo, que es muy representativo. Y esto combinado con las universidades, y en especial con las facultades de Humanidades, que han sido tomadas por activistas de la ideología identitaria, ha contribuido a la polarización y ha generado reacciones en la derecha que tampoco apruebo.


P. Ese análisis quizás valga en EEUU, pero en España es dudoso que haya una polarización en los medios hacia la izquierda, y tampoco parece que las facultades de Humanidades estén tomadas por el identitarismo. Y, sin embargo, vivimos en una polarización seria…
R. Visito mucho España y puede que sea como usted dice, pero lo anglosajón es la fuerza más influyente en Occidente y cuando Harvard, Princeton, Yale y el New York Times se inclinan, todo Occidente se inclina. Y, bueno, la opinión pública española está completamente infectada de identitarismo, de agenda transgénero, del discurso autoflagelante por las colonias… Todo esto es igual que lo que ves en EEUU. Yo tengo datos en mi libro La neoinquisición sobre la configuración ideológica de periodistas en España, y no es al nivel de EEUU, pero la mayoría se identifica como de izquierda o centro izquierda. Europa en general también se mueve en esas coordenadas, me sorprendería que España fuera una excepción. Y en las facultades de Humanidades hay una agenda hegemónica progresista, eso no es discutible…


P. Los debates sí es cierto que están tomados por el identitarismo, pero que los profesores de Humanidades son mayoritariamente progresistas no parece nuevo…
R. Pero antes era más equilibrado. Mire Estados Unidos, donde el partido demócrata se ha instalado en esos debates identitarios y ha abandonado incluso a su audiencia histórica, la clase obrera, para atender a las minorías. Ahí tenemos por ejemplo a Mark Lilla [profesor de Historia de las Ideas en la Universidad de Columbia en Nueva York], uno de los pensadores
demócratas más importantes, que explica a Trump a partir de ahí: dice que si abandonas la vocación de mayoría te abandonan tus votantes, y el progresismo ha abandonado a la clase obrera. Es una realidad.


P. Sobre la denominada cultura de la cancelación, provocando un poco: ¿y si hubiera algo de justicia en que la ejerzan quienes históricamente nunca tuvieron esa posibilidad?
R. Pues depende del principio en que uno crea. Si crees en la libertad de expresión, y en confrontar posiciones sin cancelar a otros, tolerando lo que igual no nos gusta pero aceptando que exista quien lo propone, la idea de que porque en el pasado hubo cancelación ahora tiene que haberla de nuevo es negar la democracia liberal. Estaríamos retrocediendo al oscurantismo. Sería como decir: como la Iglesia católica tuvo Inquisición, que ahora la tengan sus adversarios. Tolerar lo diverso es abrir paso al progreso, como decía John Stuart Mill.

P. «La educación no es un derecho», ha dicho usted.
R. Sí, lo he dicho y en El economista callejero lo reitero. Vamos a ver, esta es una posición económica, no moral. Para que haya educación tienen que producirse bienes y servicios: hay que tener cosas que cuestan dinero, y eso implica recursos. Alguien tiene que producir esas cosas, no se crean por arte de magia. Esta cuestión nos lleva a otra: si tenemos nosotros derechos sobre esfuerzos productivos de terceros. Como liberal, pienso que no, que no podemos usar a otro como instrumento para satisfacer fines propios. Los frutos del trabajo son y deben ser de quien los produce. Requisarlos por la fuerza no es justo. Cuando decimos que debe haber educación gratis, decimos que el Estado debe quitarles recursos a unos, incluso a algunos que jamás van a ir a la universidad, para financiar que sí vayan otros. Se redistribuye forzadamente. Desde esta perspectiva, no hay diferencia entre ir a la casa del vecino a arrebatarle su dinero con una pistola, y que redistribuya el Estado. Tal vez es más civilizado que lo haga el Estado, de acuerdo, pero no estoy con la retórica de los derechos. Esto no quiere decir que no pueda haber subsidios y becas para alumnos talentosos y que se esfuercen lo suficiente, pero no como un derecho, sino como un beneficio. Al talento y el esfuerzo deben darles acceso y financiación las políticas públicas, pero hay incluso estudios que dicen que la retórica del derecho acaba beneficiando a las clases medias altas, y que es regresiva. No, la educación no debe ser un derecho.

ESTADO DEL BIENESTAR. “LA EDUCACIÓN NO DEBE SER UN DERECHO, NO PODEMOS INSTRUMENTALIZAR EL TRABAJO DE OTRO PARA FINES PROPIOS, DEBE HABER SUBSIDIOS A ALUMNOS TALENTOSOS, PERO COMO BENEFICIO, NO COMO DERECHO

P. Suena un poco duro. Incluso socialmente: vivimos todos aquí. Que todos tengamos educación, como poco, siempre hará más fácil la convivencia, ¿no?
R. Nueva Zelanda, Inglaterra y EEUU no tienen educación universitaria gratuita y no por ello la convivencia es peor. Mire Argentina: se despilfarran recursos, la gente entra y sale [de la universidad] cuando quiere, es tan ineficiente que ni siquiera favorece a los más pobres. Pero yo sí soy favorable a una educación escolar gratuita y subvencionada, donde los padres puedan elegir, que se financie públicamente, que se pueda despedir a los profesores, y que se pague con dinero de los contribuyentes. Es decir: con criterios de mercado. En preescolar es donde más puedes cambiar el destino de los niños, donde se conforma lo neurológico. Suecia por ejemplo tiene este tipo de financiación, Chile también. Creo que en Madrid también lo hay.

P. ¿La sanidad tampoco es un derecho?
R. Pienso algo parecido, siempre desde la perspectiva económica. Tiene que haber los seguros privados que quieras, y hay que pensar en seguros financiados con recursos públicos, pero en lo pequeño debe haber copago, porque de lo que no vale nada la gente tiende a abusar. Y tiene que haber una estructura de costes y pérdida: no puede ser que hagan lo que hagan los médicos y los pacientes el Estado llegue luego y pague con dinero de los contribuyentes.

P. Es una enmienda total al Estado de Bienestar europeo…
R. Pero desde Europa también se han hecho cosas. Dinamarca o Suecia han introducido elementos de mercado en su Estado benefactor. De hecho, hace años The Economist dijo que si alguien quería ver el paraíso de [el economista liberal] Milton Friedman no tenía que ir a EEUU, sino a Dinamarca, por sus subsidios a la demanda y no a la oferta. El mundo ideal, a mi modo de ver, sería eliminar completa y totalmente el Estado benefactor, pero que se dé subsidios a la demanda y que la gente gaste esos subsidios en el colegio y el seguro de salud que quiera. Eso habría que equilibrarlo para no desincentivar el esfuerzo personal, pero siempre sería mejor que seguir abandonados a las burocracias y los intereses gremiales que se tragan los recursos. Imagínate todo el dinero que cuesta ese funcionariado: ¿por qué no le das ese dinero a la gente? El Estado al final es un monopolio.

COMPETITIVIDAD. “EN ESTADOS UNIDOS SE DICE QUE EUROPA ES UN MUSEO AL QUE VA A VER BELLEZA, PERO DONDE NO HAY ACTIVIDAD ECONÓMICA TRASCENDENTE. ¿DÓNDE ESTÁN LOS GOOGLE Y NETFLIX EUROPEOS? HAY QUE CREAR RIQUEZA

P. ¿Hay alguna posibilidad de salvar ese oasis europeo?
R. Lo veo complicado. Hay números malísimos de crecimiento. Gerhard Schröder hizo reformas y eliminó mucho del Estado benefactor y bajó impuestos. [Angela] Merkel heredó su trabajo, y Schröder llegó a perder el cargo por eso, pero hay escasos ejemplos en Europa recientemente.
En EEUU se dice que Europa es un museo, donde vas a ver belleza pero donde no hay actividad económica trascendente. No hay un Google, un Netflix, nada de criptos… Suiza es innovadora y Alemania también, pero no hay revoluciones económicas en Europa como en China y EEUU. Y lo que sí hay es mucha deuda. Y ahora que vienen las alzas de tipos de interés, ¿cómo se van a seguir financiando estos estados? Hay que crear más riqueza y abrir las economías, pero la política está tomada por los discursos emocionales…


P. …Y regresamos a la debilidad electoral del liberalismo.
R. Es que el liberalismo no plantea gran inspiración ni gran épica. Ejemplo, las pensiones en España: los liberales nunca van a ofrecer pensiones eternas y para todos sin sacrificios. Eso siempre va a ir peor en las urnas. Veámoslo de otro modo: para alguien socialista, los límites están impuestos por un sistema, el capitalista, y si cambias el sistema, cambias los límites. El liberalismo trabaja con la realidad y no con una realidad subyacente a ningún sistema. Con la que hay. Claro, esos discursos resultan más atractivos, sobre todo a los que tienen menos ingresos. Estos eslóganes emocionales y vacíos tienen mayor poder persuasivo que aplicar recetas que implican esfuerzo: jubilarte más tarde, ahorrar más… Es muy difícil competir con ese discurso utópico, que a veces viene incluso de la derecha. La épica liberal, al final, funciona cuando estás bajo un régimen tiránico del que quieres zafarte. Pero en una situación de bonanza… Von Hayek decía que la derrota liberal es por falta de épica, y no le faltaba razón.


P. ¿Cómo ve la decadencia de la opción política Ciudadanos?
R. Estuve en algunas reuniones con Albert Rivera, en Chile. Hoy los centros tienden a desaparecer. Ciudadanos era un partido liberal con un toque socialdemócrata, en realidad una cosa muy moderada. El clima no le favoreció, y pudo haber errores de conducción y liderazgo. Hoy tienes que tomar banderas de forma muy clara, y tanto Vox como Podemos lo han hecho. Se necesita un discurso más duro. Hoy, o tienes un discurso duro o casi no existes.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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