Publicado el 23.01.2020

Encuesta CEP: riesgo y momento populista

Podríamos decir que solo falta que aparezca un líder carismático, que prometa dar solución a todos los problemas y demandas de una vez, para que en Chile se instale definitivamente un ciclo populista. Así de lapidaria debería ser la conclusión al observar los resultados de la última encuesta CEP. Eso, aunque aún no surge un tribuno de la plebe que diga alzarse contra los malos en nombre de los buenos y, todavía, un 64% de los encuestados cree que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Si consideramos el estado de ánimo general marcado por la incertidumbre y el pesimismo respecto al futuro, la creciente debilidad de las instituciones en general que indica una profunda erosión del sistema político marcada por una notoria disconformidad de la ciudadanía y la encubierta necesidad de liderazgos que, a la vez, la sociedad parece clamar, el escenario actual es propicio para el desarrollo de una dinámica populista. Esto, sobre todo porque además parece existir cierto atisbo de lo que algunos estudiosos denominan como «demandas populistas».

En términos estrictos, podríamos decir que en Chile hay una fractura respecto a una variedad de vínculos, expresada en la caída estrepitosa, pero ciertamente sistemática, de la confianza en una variedad de instituciones y organizaciones. Hay lo que algunos estudiosos llaman una crisis de intermediación política. Tanto la figura presidencial como el Congreso, además de la oposición, los tribunales, Carabineros y las Fuerzas Armadas, son mal evaluados respecto a su desempeño durante la crisis iniciada en octubre. En este escenario, ciertamente complejo, el actual gobierno alcanza un 82% de desaprobación, lo que hace complicada no solo la gobernabilidad sino también el mantenimiento del orden dentro de la propia coalición oficialista.

A la desconfianza y disconformidad con las instituciones que, para ser honestos, venían incubándose desde mucho tiempo y estaban siendo advertidas en diversos estudios y encuestas, se suma una creciente y profunda desafección política que se traduce en una notoria distancia entre la perspectiva de los gobernantes y los gobernados. Así, un 72% no se identifica ni con la derecha, ni el centro ni la izquierda. Esto implica una creciente divergencia no solo con respecto a los partidos y sus liderazgos en cuanto a organizaciones, sino también con respecto a los valores que los distintos sectores representan. Esto incide en bajos niveles de legitimidad de las élites e instituciones en diversos sentidos y dimensiones. A la vez, y esto es lo clave respecto al eventual surgimiento de un escenario populista, un 49% considera que se necesita un líder fuerte con determinación. Es decir, lo que podríamos denominar un caudillo que se imponga.

“La creciente y generalizada sensación de incertidumbre, malestar y frustración contribuyen a generar un escenario que es muy propio del populismo: discursos redentores, moralistas y fuertemente emotivos, que prometen solucionar todo de una buena vez”.

La baja confianza en las instituciones se traduce también en que se pongan en cuestión las reglas institucionales en diversas dimensiones, impulsando acciones fuera de las mismas o haciendo atractivas propuestas más audaces o abiertamente irresponsables. Si nadie confía en las instituciones entonces nadie las respeta, diluyéndose así los nexos que trasciendan entre los ciudadanos y que regulan la relación entre los mismos. Esto no solo se aprecia en el ámbito político sino también legal. Ahí está lo que algunos analistas han llamado la brecha generacional respecto a los datos de la última encuesta CEP, visible, por ejemplo, respecto a las formas de acción política donde las generaciones más jóvenes se muestran más proclives a la violencia como modo de expresión. Es decir, estamos ante lo que algunos estudiosos consideran un elemento que propicia el populismo: un cambio en los valores de largo plazo. Porque esos jóvenes serán, en algún momento, los tomadores de decisión.

A lo anterior se suma una creciente y generalizada sensación de incertidumbre, malestar y frustración, por ejemplo, tanto en términos políticos como económicos. Así, por ejemplo, un 47% cree que nuestra democracia funciona mal y un 56% califica la situación económica presente como mala. Tampoco creen que esto mejore con el tiempo. No por nada, un 61% cree que Chile está estancado y un 32% que está en decadencia. Esto sin duda contribuye a generar un escenario no solo de descontento, sino de algo que ya se comienza a visualizar de forma incipiente y que es muy propio del populismo: discursos redentores, moralistas y fuertemente emotivos, que prometen solucionar todo de una buena vez. Los líderes de la ACES son un buen ejemplo de aquello. Hoy quizás son minoría, pero podrían ir creciendo sus bases de apoyo con el paso del tiempo.

A lo anterior se suma el hecho que un 38% cree que el tema detrás de las movilizaciones es la desigualdad de ingresos, seguida de las pensiones, el alto costo de la vida, la mala calidad de la salud y educación estatal. Todos elementos relacionados con expectativas de vida que probablemente se han visto mermadas producto de un estancamiento económico que se arrastra desde hace años por diversos motivos. Esto contribuye a la sensación de que ciertos grupos acaparan recursos materiales y simbólicos, traducidos en riqueza y privilegios respectivamente, en desmedro del resto de los ciudadanos, lo cual a la vez se traduce en una crítica creciente al establishment político y empresarial que puede convertirse en un aliciente para discursos populistas donde hay una élite culpable.

En general, la palabra populismo se comprende peyorativamente. Algunos autores creen que lo clave, para evitar una deriva populista, es leer bien lo que la ciudadanía reclama en un contexto previo. Es decir, comprender lo que está detrás del desencanto ciudadano y lo que aparentan ser demandas superficiales por más bonos o recursos. En otras palabras, consideran esencial comprender aquello que podría derivar en una demanda populista en ciernes, pues es ahí donde se define si una democracia se perfecciona manteniendo sus fundamentos más esenciales, como los derechos y libertades civiles, políticas y económicas, o termina convertida en una democracia sin derechos bajo un autoritarismo competitivo bajo el control de un caudillo, un partido o un movimiento. En Chile estamos en ese escenario. Si bien un 67% apoya una nueva constitución y un 56% cree que probablemente ayude a solucionar los problemas, también un 78% considera como esencial que los líderes políticos privilegien los acuerdos. La misma encuesta CEP refleja que la ciudadanía parece valorar un equilibrio entre el orden público, la seguridad y las libertades, tanto públicas como privadas. Por ahora, la mayoría de los ciudadanos reclaman ser más escuchados. Ya salimos de la pobreza y ahora debemos apuntar al desarrollo. La pregunta es cómo.

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