En Cuba también paga Moya

Barack Obama pronunció en La Habana un discurso notable sobre libertad y democracia, pero lo hizo ante una dirigencia castrista que hoy es un león viejo, sin colmillos ni garras, al menos frente al imperio. Fue un viaje histórico para él, el dictador cubano y las relaciones bilaterales, pero solo será histórico para los isleños, que viven desde 1959 bajo los Castro, si ahora la vida empieza a cambiar, llegan la libertad económica y política, la prosperidad, la justicia y el esclarecimiento de las violaciones de derechos humanos.
 
Por lo pronto, el general Castro se embolsicó al mediático Obama, quien concibe su visita como inicio de un largo proceso de transición. Es un proceso incierto y vago, que deja tranquilos a los hermanos: hay tiempo para privatizar empresas a su antojo, blanquear fortunas, borrar su huella guerrillera en el mundo y agenciar carta blanca para que ellos y sus descendientes puedan disfrutar tranquilos sus jubilaciones y recursos financieros tras un experimento de ya pronto seis décadas.
 
Suele decirse que Estados Unidos no tiene aliados, sino solo intereses, y muchos cubanos de la disidencia y el exilio deben sentirlo hoy así. Obama rompió con el pasado, una tradición y un compromiso. A él le interesa que el desguace del socialismo se realice en orden y sin migraciones masivas (como lo planteé hace años en “Halcones de la noche”), que sus inversionistas, empresarios y turistas regresen a Cuba a competir con la influencia canadiense, europea y china, y que la isla vuelva a su esfera económica y cultural, aunque esta última ha sido históricamente una interacción de ida y vuelta, de modo que es imposible entender a EE.UU. sin lo cubano.
 
Así como Erich Honecker prefería dialogar con Bonn antes que con su pueblo, los Castro prefieren estrecharle la mano a Obama antes que a los cubanos. Los dictadores conviven mejor con otros países que con sus ciudadanos, porque el diálogo con estos implica reconocerlos, pérdida de poder y negociar sobre el futuro, en especial, sobre elecciones y justicia.
 
Si en Chile persiste la demanda por justicia durante los 17 años de dictadura militar, uno puede imaginar cuánta demanda habrá en Cuba tras casi 60 años de totalitarismo. ¿Quién asumirá la responsabilidad de los cubanos ejecutados, torturados, exiliados, desaparecidos o muertos en las guerras de los Castro? ¿Quién será responsable por la decisión de expropiar todas las empresas de EE.UU. y cerrar así el acceso a un mercado ubicado a 90 millas de Cuba, y cometer la locura de aliarse con la URSS, en el otro extremo del globo? ¿Quién dará la cara por los millones de cubanos obligados a estudiar ruso -no inglés ni chino- porque Fidel creyó que era el idioma del futuro? ¿Quién asumirá responsabilidad por los homosexuales encerrados en los campos UMAP? ¿Quién indemnizará a los cubanos por los decenios de escasez y la obligación de construir túneles y ejercitarse para una invasión que al final fue de cruceros turísticos? ¿Quién será responsable, en suma, por regresar, tras 57 años de comunismo y “antiimperialismo”, a los políticos, la banca, la industria, el empresariado y el turista de EE.UU.? Cuba prueba que el socialismo es la vía más larga para llegar al capitalismo.
 
Lo que ocurre en Cuba no es ajeno para los chilenos, porque el castrismo fue y es un modelo inspirador para partidos criollos; Castro contribuyó a desestabilizar a Allende con grupos guevaristas y financió a quienes intentaron asesinar a Pinochet. Durante la Unidad Popular el fracaso económico de Chile fue tan extremo que Cuba nos tuvo que donar azúcar. Si entonces ambos países tenían un nivel semejante en desarrollo, hoy las diferencias en prosperidad y libertad son apabullantes.
 
Si la izquierda chilena perdió su superioridad moral frente a la derecha por justificar a regímenes dictatoriales, esto puede agravarse: probablemente en los próximos años veremos a esa izquierda que, con razón, exige esclarecer la violación a derechos humanos bajo Pinochet justificar aquellas que descubra la Cuba democrática. Para entones, tal vez los Castro estén muertos, sus fortunas blanqueadas y entre sus admiradores sus delitos disfrutarán ya de perdón y olvido.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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