En contra de la legitimidad

Nos hemos visto enfrentados a innumerables expresiones acerca de la legitimidad de las cosas. Este término, sin embargo, sufre coloquialmente de tres diferentes tratos o acepciones. Es tal su moda que es común ver diferenciada su conjugación en función de lo que se quiere decir. El primer trato que se le da es el que se refiere a la legitimidad como legalidad. La típica frase dice: “eso es ilegítimo”. Es decir, ilegal y, por lo tanto, un delito o algo por el estilo. La segunda acepción es la que analiza ciertas cuestiones en función de su origen: “Eso tiene un problema de legitimidad, fue impuesto por un dictador que no le preguntó a nadie”. Bajo esta premisa de ilegitimidad de origen se han destruido símbolos como estatuas o edificios —de las culturas conquistadoras, por ejemplo— y se han reformado instituciones. El tercer y último trato es el que tiene que ver con la hoy también famosa “ciudadanía” y se suele usar así: “eso no está legitimado frente a la ciudadanía”. 

Estas dos últimas acepciones son interesantes, porque al día de hoy se utilizan como razón suficiente para justificar diferentes reformas o ideas bondadosas a pesar de estar en desacuerdo con ellas. Así, líderes hipnotizados, o ingenuos, abogan por cambiar instituciones a pesar de creerlas correctas: “funciona bien, pero necesitamos cambiarla (por algo peor, o quizás peor) debido a que ‘no tiene legitimidad de origen’ o ‘no está legitimado frente a la ciudadanía'”. Esto, creo, trae dos grandes problemas a veces ignorados: el primero afecta al primero de estos tratos, ya que actuar en nombre de una ilegitimidad de origen implicaría reformas y acciones interminables.

Al respecto, y a propósito del imperialismo británico en la India, un escritor se pregunta si bajo esta premisa algún indio estaría a favor de eliminar “la democracia, el [idioma] inglés, la red de ferrocarriles, el sistema legal, el críquet y el té”. Al fin y al cabo, son todas instituciones ilegítimas y herencias culturales occidentales de un imperio nada de bondadoso con ellos. Es más, y mirando hacia atrás, quien quiera eliminar todo eso se enfrentará a otro problema: las conquistas, leyes e influencias anteriores, es decir, de “los legados del Imperio gupta, el Imperio kushán y el Imperio mauria”. El segundo problema se relaciona con la otra acepción: ¿qué le importa a un líder que algo esté o no “legitimado frente a la ciudadanía”? ¿Acaso tan sabia es la opinión pública? Trump fue electo mediante las instituciones existentes y, obviamente, “estaba legitimado frente a la ciudadanía”. ¿No había que criticarlo entonces a él ni a sus demenciales ideas, porque efectivamente estaba “legitimado frente a los ciudadanos”?

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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