El triángulo de hierro

En su libro “La tiranía del status quo”, Milton y Rose Friedman hablaron de un “triángulo de hierro” formado por políticos, burócratas y grupos de interés que hacen casi imposible el cambio por encontrarse en una posición que les permite controlar el poder del Estado para beneficiarse a expensas del resto. En Chile, el triángulo de hierro ha quedado cada vez en mayor evidencia con los escándalos de corrupción que involucran a nuestros políticos y burócratas los que, como en todos lados y muy lejos de lo que la ficción democrática asume, no representan los intereses del público sino los de ellos mismos y de los grupos de presión a los que sirven.
 
Veamos algunos casos. Los estudiantes universitarios forman parte del triángulo de hierro y del estatus quo al haber logrado que todos nosotros le financiemos a una buena parte de ellos un bien de inversión sin que den nada a cambio y sabiendo que se trata de una política regresiva e injusta, pues esos dineros deberían, según todos los estudios serios, invertirse en educación temprana si se quiere hacer una diferencia real en movilidad social y desigualdad de ingresos. Sin embargo el gobierno y los políticos, que alegan representar los intereses de “el pueblo” no tuvieron asco alguno en privar de recursos a los niños de Chile para entregarlos a un grupo de presión movilizado, organizado y con derecho a voto. Otro ejemplo de cómo opera el estatus quo son los taxistas. El gobierno, enfrentado a la revolución tecnológica de Uber, que mejora la calidad de vida de todos los que usan transporte público, prefirió alinearse con otro grupo de interés organizado que busca cerrar la competencia para beneficiarse a expensas de todos nosotros. Con ello, el gobierno, en lugar de buscar una salida constructiva como podría haber sido recomprar las licencias y hacerlos competir, prefirió validar una colusión creada por el Estado hace décadas en perjuicio de los ciudadanos.
 
Otro caso grotesco es la reforma laboral diseñada para favorecer a los sindicatos en perjuicio de todos los demás trabajadores y consumidores del país, los que no solo perderán su libertad de asociación si el proyecto del gobierno se impone, sino que verán sus ingresos reducidos igual que el acceso a bienes y servicios por las innumerables huelgas que se organizarán.
 
Un caso más interesante en discusión es el de el acero chileno. Bajo el pretexto de que existe competencia desleal de China la industria de acero nacional ha salido a exigir al gobierno que les garantice un precio mínimo para seguir siendo competitivos. Como consecuencia, la industria que trabaja con productos relacionados ha dicho que debe también aplicarse a sus productos un precio mínimo pues si sube el acero en Chile no podrán competir con los productos elaborados importados directamente desde China.
 
Siempre que se hacen estas alegaciones, por supuesto, se hacen en nombre del “interés nacional” y no de los verdaderos beneficiados que son los dueños de esas empresas quienes por secretaría obtienen un beneficio a expensas de los consumidores. Si Milton Friedman estuviera hoy de visita en Chile, el país más próspero de la región gracias a las ideas que él contribuyo a popularizar y difundir, se demoraría cinco minutos en destruir estos argumentos proteccionistas. El mismo Friedman recordaba siempre que los intereses económicos suelen ser los principales enemigos del mercado por que no les conviene la competencia. En tiempos en que todo el modelo de mercado está en cuestión, estos esfuerzos por lograr privilegios del Estado son particularmente destructivos al dar mayor base al alegato según el cual los empresarios dependen del Estado para poder existir y que por tanto los impuestos deben ser altos, los mercados restringidos y las regulaciones estrictas. Es por supuesto legítimo hacer petición a la autoridad. Lo que no corresponde es que esta quiebre el principio central del estado de derecho según el cual las reglas del juego deben ser siempre imparciales y abstractas, es decir, no pueden privilegiar a nadie en especial.
Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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