El socialismo y las reformas

Es imposible hacer sentido del debate actual sin entender en qué consiste la esencia de la ideología que inspira a quienes promueven transformar profundamente el sistema social de mercado que ha prevalecido por décadas en nuestro país. Esto es importante porque las ideologías, como dijo Douglass North, son materias de fe, no de razón, y, por tanto, quienes están dispuestos a llevarlas a cabo no se dejan persuadir por la evidencia.

El socialismo, la fe que, con pocas excepciones, mueve a este gobierno desde la Presidenta para abajo, es ante todo una doctrina sobre la explotación. Su postulado central es que existen explotadores y oprimidos que se encuentran en irremediable conflicto. El socialista cree tener el deber de redimir a los explotados de la opresión de que son víctimas, poniendo fin o disminuyendo considerablemente la posición de poder del supuesto explotador. En última instancia, el socialismo aspira a un objetivo aparentemente noble que es la libertad “real” de los oprimidos y la construcción de un orden de mayor paz y armonía.

Si bien, en abstracto, el objetivo declarado puede ser loable, el espíritu que anima todo proyecto genuinamente socialista necesariamente debe ser el odio. Esta es una consecuencia casi inevitable de la visión de la sociedad como un conflicto entre clases enemigas donde una abusa sistemáticamente de la otra. Pues evidentemente si se cree que una clase es moralmente miserable y abusadora, no se puede tener más que rabia en su contra.

Las clases adineradas o burguesas son, en esta cosmovisión, obviamente las explotadoras y, por tanto, el objeto del odio del socialista. Este está además convencido de que ellas, en buena medida si no totalmente, deben su riqueza al abuso que ejercen. Aquí el argumento es esencialmente económico y supone que el sistema de libre mercado es uno de dominación parecido a un juego de suma cero donde uno gana lo que otro pierde.

Marx lo veía así. Según él, el capitalismo permitía que una clase se enriqueciera a expensas de la otra extrayendo un plusvalor, es decir, un excedente de valor generado por trabajo que no le era recompensado al proletario. En otras palabras, el trabajador era una especie de esclavo del capitalista. Como consecuencia, el incentivo del empresario era, según Marx, empeorar la situación del proletario para sacar un mayor plusvalor y enriquecerse aun más. Al final, profetizó el filósofo alemán, esto llevaría a que el capitalismo colapsara bajo la revolución proletaria.

Si bien la profecía de Marx se demostró equivocada completamente, su visión del mercado como esquema de dominación y conflicto de clases permeó a sectores relevantes de la clase política e intelectual hasta nuestros días. Como dijimos al principio, aplicada al mercado competitivo, se trata de una visión puramente ideológica o religiosa, es decir, sin sustento en la realidad. Por supuesto, nada de ello significa que no existan abusos, sino solo que la tesis según la cual irremediablemente el beneficio de una clase es el perjuicio de otra y por tanto la sociedad de mercado se divide en abusadores y abusados, es falsa.

Una sociedad de mercado está lejos de ser perfecta, pero al final es la que permite los mayores niveles de progreso general precisamente porque los intereses de empresarios y trabajadores no son contrapuestos. Además, todo el tiempo empresarios quiebran convirtiéndose en trabajadores asalariados y trabajadores asalariados emprenden convirtiéndose en empresarios. No hay algo así como una estructura de clases estática de oprimidos y opresores.

Pero tal vez lo más perverso del socialismo, como notó Nietzsche, es su insana ambición de poder. Dado que su objetivo es redimir a los oprimidos, el redentor socialista debe necesariamente reclamar tanto o más poder que el que pretende eliminar, convirtiéndose así en la quintaesencia del abusador que denunció. Vivirá con los mayores lujos existentes y aplastará a cualquiera que ose desafiarlo justificándose en su rol mesiánico.

Aunque lo anterior se verifica más bien en regímenes totalitarios -Cuba, Venezuela y Corea del Norte-, también en las versiones más moderadas de socialismo se ven las desviaciones de líderes que hablan de la igualdad y la redención de los pobres mientras ellos y sus familias se enriquecen obscenamente a expensas del resto. De Rousseff hasta Kirchner, pasando por Morales y la familia de la Presidenta Bachelet, se observa esta corrupción, que no es exclusiva de los socialistas desde luego, pero es en cierto sentido más grave moralmente dado lo que predican.

¿Y qué hay de los supuestos oprimidos? Pues al despreciar la realidad en nombre de la ideología y degenerar en una estratagema para asegurar el poder a unos pocos, el socialismo termina dejándolos mucho peor que antes.

La reforma laboral actualmente en discusión, cuya paternidad corresponde a un socialista de vieja escuela como Osvaldo Andrade, es un excelente ejemplo de ello. Es evidente que aumentar el costo de tener empleados hará caer el empleo y/o los salarios. Sostener lo contrario es una estupidez. Pero a los socialistas de la línea de Andrade esto no les importa porque saben que la reforma afecta gravemente la propiedad de los empresarios, a quienes ven como abusadores y, por tanto, desprecian.

Y eso ya es suficiente para justificar la medida. Adicionalmente, la reforma da un poder inmenso a los sindicatos, discriminando a los trabajadores que no se integren a ellos al dejarlos fuera de los beneficios negociados. Así, el argumento socialista de “ayudar a los trabajadores” se convierte en un mero pretexto para empoderar a pequeños grupos de interés sindicales que buscan beneficiarse -lucrar- a expensas de los demás trabajadores.

¿No se produce ahí acaso real explotación, especialmente si se considera que para afiliarse al sindicato hay que pagarles a sus líderes?

Por último, los promotores de la huelga a todo evento, que incluye, por lo visto, a la Corte Suprema, ni siquiera se formulan la pregunta sobre cómo afectará a los consumidores la paralización de actividades de diversas empresas. ¿Acaso no son también en su mayoría trabajadores de otras empresas esos consumidores que se verán perjudicados por no poder acceder a los bienes y servicios que requieren en el período de la huelga?, ¿a quién afectaría si el Metro de Santiago deja de funcionar semanas porque no se puede reemplazar en huelga?, ¿y las pymes que quebrarán por no poder sostenerse mucho tiempo sin operar; a quién dejarán en la calle?

Como se ve, el caso de la reforma laboral ilustra perfectamente el punto de que el socialismo, por caer en la falacia del inevitable antagonismo de clases, termina por destruir en la práctica el bien que dice querer proteger en la teoría, dando de paso a pequeños grupos de interés un poder de abuso superior al que originalmente denunció.

 

  ⋅
Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: