El sagrado derecho a cambiar de opinión

Se puede cambiar de opinión, no de pasión.

Louis Pasteur dijo que un poco de ciencia nos aleja de Dios, pero mucha ciencia nos acerca. He sido un evolucionista desde que leí a Darwin y sigo creyendo que su teoría es la mejor idea jamás pensada. Pero, al igual que él, admito que su teoría no da respuestas a todas las interrogantes de la vida. Él anticipó su duda y hoy sigue sin explicación la denominada “explosión cambriana”, que es la súbita aparición de miles de especies sin antecesores conocidos.

El período cambriano no es suficientemente largo para que los miles de millones de combinaciones aleatorias de aminoácidos y proteínas necesarias para la vida sean capaces de generar una especie en toda su complejidad biológica. Alguien decía que la probabilidad es la misma que 100 chimpancés digitando aleatoriamente ante una máquina de escribir produzcan las obras completas de Shakespeare.

Lo que la ciencia sabe hoy del ADN (calificado por Bill Gates como un software complejísimo) nos ha acercado a la idea de un diseño inteligente. Por eso, aunque usted no sea religioso, jamás debiera ser antirreligioso porque la explicación del origen de la vida que da la religión puede ser tan plausible como las teorías que avanza la ciencia.

Hay que ser optimista frente al progreso y los descubrimientos, pero también escéptico frente a la idea de que estos son definitivos, y también tolerante frente a los que desafían el conocimiento establecido y nos hacen cambiar de opinión.

La democracia permite que las personas cambien de opinión; sea por experiencia, aprendizaje o convicción. En esto los demócratas seguimos a Victor Hugo, que decía que se puede cambiar de opinión sin cambiar de principios, como los árboles que mudan las hojas y no las raíces. La democracia permite la alternancia en el poder porque reconoce que la gente cambia de idea.

A los liberales eso nos parece bien. A los comunistas no. Y por eso nunca someten sus regímenes a elecciones. Para el comunismo hay una verdad, un partido y un camino para lograrla. Por eso los que cambian de opinión son traidores. Ahí están genios literarios como George Orwell, John dos Passos o Mario Vargas Llosa, todos comunistas conversos y que fueron denostados por sus excamaradas cuando vieron la luz.

Los chilenos votaron por hacer una nueva Constitución. Lo hicieron confiados en que con ello se recuperaría la paz social y que habría una Convención, donde personas dialogantes y patriotas trabajarían en la redacción de una Constitución para una nueva generación. Pero no es eso lo que estamos viendo. Nos enfrentamos a un conjunto variopinto de diletantes que la lideran y que no representan a Chile: no respetan su país, su bandera, su historia ni las reglas que les fijamos. Han caído en los mismos vicios de mentira, codicia y prepotencia que denunciaron y niegan libertades básicas como la de los padres de educar a sus hijos o de expresar opiniones. La verdad es que la disposición a un trabajo serio, profesional y desprejuiciado —como el que demanda una nueva Constitución— está ausente del escenario.

La Convención, liderada por la extrema izquierda (que si no tiene 2/3 para aprobar todo, tiene 1/3 para vetar todo) y aderezada con animes japoneses y enfermos chantas, pareciera interesarse solo en ganar plata, comer bien, practicar un doble estándar vergonzoso (como Loncon y Linconao despotricando contra Carabineros mientras en privado exigen escolta policial); desprestigiar la ciencia, el derecho y la economía y vengarse de los que no piensan como ellos.

La escena más famosa de esa película inolvidable “El secreto de sus ojos” es aquella en que Sandoval le dice: “¿Te das cuenta, Benjamín?”. El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar Benjamín: no puede cambiar de pasión. Así las cosas, a menos que usted sea un apasionado de la Convención, lo mejor es que empiece a cambiar de opinión.

Todo indica que la probabilidad de que la Convención produzca un documento jurídico que siente las bases para un país mejor es la misma que la de escribir las obras de Shakespeare. Es responsabilidad de la sociedad civil contribuir a que la Convención tenga éxito. Pero si escribe un Frankenstein, es también su obligación rechazarla y desde ya trabajar en una alternativa.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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