El reguero de pólvora

El fenómeno del predominio de mentiras en las redes sociales es mundial. Mucho se habla de la era de la posverdad y de la vulgarización de las opiniones, producto de la irrupción cada vez más publicitada de todo tipo de impresiones a través de diversas redes sociales. La gente pareciera mentir sin saberlo, por simple ignorancia, sin mala intención. Sin embargo, en el fondo lo hace porque, tal como describía Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas, actualmente creen tener derecho a no tener razón. O peor aún, creen tener razón sin tener la certeza de aquello. Es decir, la gente no siente ninguna responsabilidad sobre sus propias opiniones.

“la gente no siente ninguna responsabilidad sobre sus propias opiniones.”

Así, las redes sociales se han convertido en el espacio ideal para el intrigante, el mentiroso y el mal intencionado. El cahuín es la norma diaria. Ni pensar en presunciones de inocencia, ni en verificar fuentes. Por eso, las teorías conspirativas más descabelladas tienen asidero como si fueran la verdad más fehaciente. En el caso de Chile y lo que a todas luces es una tragedia, que aún no sabemos si es accidental o criminalmente provocada, las redes sociales han sido el acelerante perfecto para que mentiras, prejuicios, acusaciones al voleo y todo tipo de cizañas, se hayan extendido tan rápido como el fuego lo hacía a nivel nacional.

Pero hay algo más preocupante. Detrás de las sandeces expresadas en videos, fotos y memes, se esconde el deseo oculto de aquellos que en el fondo, parecieran soñar con ver el mundo arder, cual Guasón de Batman. Que imaginan que efectivamente en todo esto hay una conspiración criminal.

En el fondo, a algunos les encantaría que los causantes del desastre fueran las forestales, a otros los mapuches o incluso uno que otro colombiano. Esto no es sospecha sino deseo de ver la bajeza humana, su propia bajeza incluida, claramente expresada a través del dolor ajeno. Los excita la destrucción. Así, las redes sociales se vuelven una tribuna abierta para psicópatas y sádicos, que por simple cobardía solo se limitan a ser promotores fanáticos de diversas conspiraciones, que en el fondo anhelan ver realizadas. Lo peor es que ese ardor no se apaga tan fácil.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

 

 

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