El primero de la familia

Hace unas semanas se estrenó la película chilena “El primero de la familia”, ópera prima del director Carlos Leiva que relata un típico conflicto familiar: las expectativas “poco sanas”, o presión, que recaen sobre un hermano. Un conflicto que implica tanto “sobreatención” para uno como olvido para los otros —hermanos mayores o menores—. La película se concentra en una familia sumida en la pobreza y el hacinamiento, lo que exacerba el problema y lo entremezcla con otros.
 
El protagonista es el primero de la familia y también el primero del barrio, lo que une el argumento de toda la película en torno a un hecho puntual: la fiesta de despedida que la familia le dará al hijo mayor que se va a Europa a estudiar; el primero que volará en avión y quien les hará conocer el aeropuerto. Es un fin de semana, y la fiesta se acerca, pero el padre, sumido en la pobreza, no tiene ahorros para arreglar la inundación que aflora en el patio. Hace lo imposible por arreglarla. Es un padre que se la ha jugado por sus hijos, trabajando incansablemente; prefiere seguir machucándose antes que rebelarse contra las malas condiciones de su trabajo y el atraso del pago de los sueldos.
 
La película —el director ganó el premio mayor en el Sanfic— muestra sutilmente los conflictos de una familia de clase media-baja: el hacinamiento, el incesto y la precariedad material y emocional. Los dos hermanos duermen en la misma pieza junto con su abuela. La madre es una “víctima” del sistema de salud público y la hija, olvidada, busca un amor afuera para salir de su casa y buscar atención. Sólo realidades angustiantes, pero realidades al fin. El mismo director señaló que quería hacer una crítica a parte del discurso triunfalista que señala que gracias al sistema económico-social se ha forjado en Chile “una nueva y primera generación que está yendo a la universidad”; una que antes no iba ni tenía la más remota posibilidad. Un fenómeno que el mismo director vivió personalmente: fue el primero de su familia en estudiar y volar al extranjero. Así, ser el primero de la familia —revolucionar a su familia por estudiar, ser el primero en viajar— no había sido algo agradable. La fiesta de celebración era además el reflejo de “una brutal desigualdad, de cómo hay niños que tienen cinco años y han ido a Disney”, mientras otros nunca lo conocerán.
 
Se podría argumentar que ir a Disney está más cerca de un castigo que de una bendición, especialmente si se le compara con un paseo por la Carretera Austral. Pero sería prudente una mayor interrogante: ¿Es mejor acaso que no exista, ni haya existido, el primero de la familia? Pareciera que era mejor cuando había una gran mortalidad infantil, en Chile se hacía una película por década y sólo unos pocos iban a la universidad mientras los padres de éstos, como miembros de una buena fronda, pasaban en el Club de la Unión dedicados a tomar, jugar y gobernar.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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