El poder y los abusos

Días atrás, Michelle Bachelet visitó Cuba y se reunió con Raúl Castro en la Plaza de la Revolución donde, como una paradoja, se rindió homenaje al poeta José Martí. Muchos, en Chile, consideraron que la visita oficial de la mandataria ameritaba alguna señal, una mención al menos, con respecto la disidencia al régimen comunista y gerontocrático. Sin embargo, Bachelet no se dio ni por aludida con respecto al tema. De su boca no brotó ni una palabra cuestionando la falta de libertad civil, política y de expresión que impera en la isla, y menos aún realizó alguna condena a la violación sistemática de los derechos humanos por parte del estado cubano.

Frente a la visita a Chile de la máxima autoridad del estado Vaticano, el Papa Francisco, algunas organizaciones han planteado la necesidad de que el pontífice se refiera a los abusos sexuales por parte de miembros del clero en diversos países. Se critica la falta de condena de parte de la máxima autoridad de la curia romana, su condescendencia pasiva frente a hechos graves de abusos cometidos por sacerdotes que han significado la vulneración de los derechos humanos de diversas personas, sobre todo niños. Quienes esperan un pronunciamiento de su parte frente a estos hechos, consideran que no ha cumplido su promesa de tolerancia cero frente a los casos de abuso.

¿Qué hay en común entre la situación cubana y la situación de feligreses católicos violentados?

En ambos casos hay un claro abuso de poder amparado en el silencio. Lo que vemos es un silencio cómplice frente a la prepotencia del poder. Peor aún, vemos la condescendencia de parte de otros, sutil o explicita, frente al despotismo. Así, ante las denuncias, algunos niegan la existencia de los atropellos señalados. Las víctimas entonces son convertidas en victimarios, mientras que el poder y quienes lo ejercen se disfrazan, cual reyes desnudos, de los más altos valores éticos y humanistas. Eso es lo que ocurre frente a la situación en Cuba y frente a la situación en la Iglesia. Bajo la apelación a la justicia o la santidad se ampara la podredumbre que el ejercicio indebido y vicioso del poder genera sobre la dignidad de seres de carne y hueso.

 

“el abuso de poder se alimenta de la mentira de quienes ejercen el poder y de quienes avalan sus arbitrariedades.”

 

En nuestros tiempos se ha olvidado la tensión entre el poder y el mal, no como antagonismo ni contraposición sino como peligrosa simbiosis frente a los seres humanos. Porque el poder no solo corrompe, como advertía Lord Acton, sino que muchas veces alberga al mal y lo justifica amparado en el fanatismo ideológico o religioso de sus adeptos. Las personas veneran el poder sin importarles el mal que este pudiera generar a otros e incluso a ellos mismos. Así, el abuso de poder se alimenta de la mentira de quienes ejercen el poder y de quienes avalan sus arbitrariedades. Ahí está el silencio de Bachelet y Francisco, dos representantes de estados, y la negación de la feligresía comunista y católica frente al abuso de poder. En ese sentido, la dignidad humana y los derechos humanos que se derivan de ella son, tristemente, una especie de dardo que se usa a conveniencia, de forma deshonesta. Lo que se exige a unos se les perdona a otros. Entonces hay una doble moral frente al poder.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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