El Papa con el César

La visita de Jorge Bergoglio a Cuba plantea una paradoja no menor para los creyentes católicos: el Papa se reunió con el César y no con los cristianos.

Hace rato que en Cuba se vive un proceso cada vez más explícito de transición política. Meses atrás ya se respiraba en el ambiente de la capital cubana un cierto aire de apertura ¿Hacia dónde? Es difícil dilucidarlo. Sin embargo, el proceso de cambios en la isla parece ser indefectible y se hizo más patente a partir del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre La Habana y Washington.

Por eso, la visita del Papa Francisco a Cuba tenía un cariz muy distinto al de las visitas de sus predecesores como Juan Pablo II o Benedicto XVI: Era menos costoso reunirse con la disidencia cubana. Sin embargo, el Papa se reunió con las élites gobernantes asentadas hace más de 50 años y no con los disidentes católicos cubanos.

Tomando en cuenta que el Papa Francisco es el mismo que ha criticado lo que llama “la dictadura del dinero” y “el colonialismo ideológico”, resulta extraña su condescendencia con el poder político dictatorial de un régimen que por años consideró como delito el trabajo por cuenta propia e impidió la libertad de culto y de expresión a los cubanos. Su visita de casi 40 minutos a Fidel Castro contrasta con la nula alusión a la disidencia al régimen y denota que el Papa prefiere estar con el poder que con los postergados. Parece que en el caso cubano, no cree tanto en eso que dijo en Santa Cruz de Bolivia tiempo atrás: “Que el clamor de los excluidos se escuche en América latina y en todo el mundo”.

Más de alguno dirá que su actitud es una cuestión de diplomacia, de protocolos, de no alterar el proceso de reconciliación interna o el de acercamiento entre Estados Unidos y Cuba. Si realmente hubiera querido establecer un ambiente de fraternidad en Cuba, podría haber propiciado el reconocimiento de la disidencia como un actor legítimo en ese proceso por parte del régimen cubano. Pero los hizo invisibles.

En ese sentido, parece que el Papa Francisco sufre la misma miopía de los poderosos, que él ve en ojos ajenos. Por eso no vio a los disidentes, que a pesar de las trabas que aún impone el régimen comunista, han entendido que la base de un proceso de cambios pacífico en Cuba consiste en primer lugar en recuperar el fundamento más básico de la libertad humana: el poder ejercer su discernimiento ético. Poder disentir con el gobierno es parte de ese ejercicio. Pero para el Papa parece no ser tan importante. Son los cubanos y no el Papa los que están sirviendo a personas y no a ideas.

En ese sentido, la visita del Papa Francisco a Cuba será recordada como una anécdota en medio de un proceso profundo de cambios en la sociedad cubana. Es decir, como la visita de un poder incapaz de intervenir cuando era urgente y necesario, tal como el que critica el Papa en su Encíclica Laudato SI.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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