Publicado el 06.03.2015

El Mesías

Estaba conversando con un conductor de radiotaxi sobre los escándalos políticos de los últimos meses en Chile, cuando de pronto dice: Yo espero un mesías, con uniforme o sin uniforme. Mi discrepancia fue inmediata, pues creo que eso conlleva el riesgo inminente de la opresión. El poder no puede estar concentrado. Nunca.

Es claro, sin embargo, que la ciudadanía se torna cada vez más decepcionada ante casos como Penta, SQM, Caval o Cascadas. La confianza con respecto a quienes dicen representarlos se debilita. Pero también, y esto es lo más preocupante, se apaga la fe en las instituciones democráticas más básicas (representación, separación de poderes, tribunales independientes, elecciones competitivas, pluralismo político) que siempre son perfectibles. Porque la democracia sigue siendo el menos malo de los sistemas políticos.

Sin embargo, parece primar una idea maximalista de la democracia donde se presume que en ella no debería existir ninguna clase de corrupción. Si eso ocurre, se cree que la democracia no existe. Es decir, se deduce (erróneamente) que las malas prácticas o la falta de ética de algunos actores políticos denotan que la democracia de partidos es un sistema fallido o corrupto en todo sentido. De ahí surge la idea, que además parece ser preocupantemente transversal, de que es necesario una especie de salvador o mesías, que ponga el orden haciendo todo de nuevo, instaurando o restituyendo: la soberanía popular, la verdadera democracia participativa o la virtud republicana o patriótica.

Pero esa presunción es errada. Un líder que concentra el poder prometiendo restituírselo al pueblo, no se lo devuelve a la ciudadanía sino que lo concentra para sí y sus caprichos personales o megalómanos, convirtiéndola de paso en un rebaño de ovejas.

Ninguna democracia sobrevive cuando la sociedad civil se convierte en una masa atomizada frente al poder de los gobernantes. El surgimiento de un caudillo –con discurso anti político, anti partidos, o anti privados- implica la supresión de la política democrática en todo sentido. Incluso rechazar la democracia representativa en nombre de la participación ciudadanía mediada por el poder concentrado de un líder, conlleva el riesgo de convertir la democracia en una ficción brutalmente represiva como ocurre en Venezuela.

Como dice Fernando Mires: La democracia participativa no ha sido así más que un simulacro de participación organizada por un poder ejecutivo que monopoliza para sí las decisiones legislativas, las judiciales, las culturales y las militares. O dicho de este modo: la llamada democracia participativa representa la supresión de “lo político” en nombre de “lo social”. La democracia participativa, en fin, no es más que una metáfora utilizada por las dictaduras para llevar a cabo la expropiación política del pueblo por el Estado.

Deberíamos sospechar de todo aquel que prometa restituir o instaurar la verdadera democracia al modo de un mesías o salvador. Es probable que sea un demagogo más ansioso de concentrar poder que de atomizarlo. Lamentablemente en Chile, gentes de derechas e izquierdas, al plantear la necesidad de un mesías, parecen dar prioridad a sus particulares y subjetivas nociones de orden, antes que a la libertad. Parecen no notar que la madre del orden es la libertad. Que sin libertad, no hay orden sino miedo.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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