El mayor riesgo para la democracia, es su banalización

Llevábamos un rato hablando sobre si Chile era o no un régimen realmente democrático. “Tengo una pregunta”, le dije, “¿qué es para ti la democracia?”. Se quedó en silencio unos segundos, y luego dijo: “es el gobierno del pueblo, y por eso en Chile no hay democracia; a Piñera lo eligieron con menos del 50% del padrón”.

Respiré profundo y luego respondí: “entonces para ti, la democracia es simplemente un sistema de votos, donde la manda la mayoría”. Él asintió y yo continué: “si en un plebiscito el 55% decide que puede legalmente matar el 45% de las personas de un país, entonces eso para ti es democracia”, afirmé, esperando su reacción. El chico se puso a la defensiva, “¡Agg! Supongo que sí… eso es democracia”, dijo cortante.

No fue la primera vez que preguntaba eso, ni la última en la que recibiré esa respuesta. Pero concebir la democracia únicamente como el gobierno de las mayorías, especialmente en el contexto de la crisis social que hay en Chile, es una simplificación peligrosa, que no solo revela una preocupante cultura democrática, sino que tiene consecuencias prácticas. ¿Cómo es un mundo donde la única herramienta de la democracia es únicamente, el poder de las mayorías?

En primer lugar, en un mundo donde la democracia es solo la voluntad de la mayoría, quien está en el poder puede hacer lo que quiera. ¿La razón? La mayoría siempre tiene la razón, por lo que su representante es un perfecto gobernante. Puede sonar familiar, pues es preocupante ver que en Chile, políticos oficialistas respaldan todas su decisiones solo en el resultado electoral, mientras la oposición acusa a la abstención para justificar su cuestionable actuar. No es que que los votos no signifiquen nada (entregan legitimidad de origen), pero limitar la democracia solo a eso, es banalizarla.

“Lo que diferencia a la democracia liberal de otros sistemas de gobierno, es su capacidad de limitar y dividir el poder para evitar los abusos sobre este.”

Lo que diferencia a la democracia liberal de otros sistemas de gobierno, es su capacidad de limitar y dividir el poder para evitar los abusos sobre este. Karl Popper planteaba en su “teoría del control y del equilibrio” que los ciudadanos no debemos preguntarnos tanto en “quién debe gobernar”, como en “¿de qué forma podemos organizar las instituciones políticas a fin de que los malos gobernantes no puedan ocasionar demasiado daño?”. Es decir, más que rezar para que nos toque un rey benevolente, el sistema político debe garantizar el poder limitado. No entender esto, ha movido históricamente a las democracias hacia el autoritarismo, que se hace paso al poder por votos.

Luego, las mayorías pueden pasar a llevar los marcos institucionales cuando no cumplen con sus demandas. Es por eso que, como diría Svolik o Diamond, cuando no hay cultura democrática rápidamente puede confundirse con sus deformaciones autoritarias. Ya se ha hecho costumbre que sistemas de representación pierdan sus bases institucionales por la frustración y la polarización. La población ha dado continuamente más poder a sus líderes, que se dedican a desmantelar los países a su gusto. Esto se vio tanto en la llegada de Hitler al poder por la vía democrática, como hoy en Filipinas, en algunos países de Europa, en Venezuela (como caso extremo) y quizá en el futuro, en Chile.

Finalmente, en el mundo de la mayoría, el diálogo es innecesario. Si la mayoría tiene la razón, ¿qué incentivo tiene un gobierno elegido por la mayoría, para escuchar, dialogar o encontrar acuerdos?, ¿Para qué existe entonces el Congreso?

Una democracia requiere de acuerdos. La intolerancia política que se ha visto en Chile en las últimas semanas: los ataques personales, los representantes cerrados diálogo, los cabildos donde alcaldes han censurado, etc… no puede estar más alejado de una cultura política real. Si la democracia no permite el diálogo y, en cambio, da espacio para vulnerar las instituciones y a los individuos, entonces se deforma, se corrompe y entra en estado de descomposición.

Y ahí es importante detenerse, pues es crucial entender que la democracia no es un sistema perfecto e incluso puede causar desesperanza. Cuando Francis Fukuyama visitó Chile hace unos meses, dedicó varios minutos a señalar cuáles eran esos problemas de la democracia, pues aquella limitación de los poderes y búsqueda de acuerdos, por un proceso burocrático que asegura un estándar de acción, hacen muy lentos los cambios, especialmente para las generaciones acostumbradas a la inmediatez. Esto, en sistemas más personalistas y autoritarios solo dependen de la voz de un líder que resuelva los problemas, pero que también tome acciones contra sus enemigos políticos.

Más allá del debate conceptual, la democracia no debe ser aquella en que el 55% tenga el derecho de matar al 45%. Es un sistema de control del poder, que invita al diálogo y no a la violencia. Es el sistema que nos permite resolver nuestros problemas sin matarnos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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