El liberalismo contra el cambio climático

A nivel mundial, todo indica que estamos en un momento de crisis ambiental, así lo afirma el último informe de IPCC. En Chile, por ejemplo, este año fue anunciado como el más seco de su historia. Avanzamos por un camino que si se mantiene, lamentablemente, nos llevará hacia nuestro fin -algo similar a lo que advirtió Garret Hardin con su “La Tragedia de los comunes” (1968)-. Y no es menor, nuestras aguas subterráneas se secan, los bosques se queman durante los veranos, el PH de las aguas oceánicas aumenta cada vez más, nuestras especies nativas se extinguen y se reemplazan por foráneas, nuestros suelos se degradan, las toneladas de basura se acumulan y el desierto avanza.

Este problema si bien se debe a causas naturales, también tiene un fuerte componente antropogénico, por lo que bajo las actuales circunstancias el principio de causalidad aplica de forma muy sensible. En consecuencia, la intervención del hombre tendrá efectos positivos, o bien negativos, según la acción empleada. Es por esto que las siguientes preguntas y respuestas insertas en esta columna parecen ser bastante pertinentes.

Comencemos: ¿El liberalismo tiene algo que decir respecto a la crisis ambiental? Absolutamente sí. ¿Por qué? Porque posee herramientas para contrarrestar los efectos del problema tal vez más importante y más complejo de la historia del hombre. Así lo demuestra la evidencia internacional. Los informes elaborados por IQAir constatan que las ciudades menos contaminadas del mundo se encuentran en los países con mayor libertad económica, según el índice de Libertad Económica (2020) de Heritage Foundation.

 ¿El liberalismo tiene algo que decir respecto a la crisis ambiental? Absolutamente sí. ¿Por qué? Porque posee herramientas para contrarrestar los efectos del problema tal vez más importante y más complejo de la historia del hombre.

¿Es culpa del liberalismo el deterioro de la naturaleza? No en su totalidad. El principio fundamental del liberalismo ha sido buscar la mayor realización de la persona en todos los ámbitos de su vida, y para esto, es indispensable el cumplimiento del Estado de Derecho, dentro del cual, todos los ciudadanos somos iguales y ninguno está por sobre otro. Esto implica de antemano proteger el medio en que el individuo se desenvuelve -y desenvolverá-. En ese sentido, en Chile los distintos abusos de las empresas con respecto a la naturaleza, no son culpa del liberalismo en sí, sino de una clase política y empresarial que se ha oligarquizado y coludido. Pese a que se ha avanzado bastante en regulación ambiental, no se ha puesto el énfasis necesario para mejorar el marco regulatorio, y en efecto: hay muchos intereses que se verían afectados.

Con relación a lo anterior, Jeffrey Sachs -un economista socialdemócrata- explica en su último libro, “Las edades de la globalización” (2021), que de los resultados del estudio de la Edad Paleolítica se refuta aquella tesis de que fue el capitalismo moderno el generador de las crisis ambientales. Además, Sachs agrega que “incluso los cazadores-recolectores podían causar grandes trastornos medioambientales, lo que después les provocaría un gran sufrimiento”. Es decir, pareciera que el deterioro de naturaleza tiene que ver más con la existencia del hombre en sí que con el liberalismo en particular.

Pese a todo, debe decirse que Chile mantiene una legislación ambiental bastante decente, y es posible avanzar aún más. Sin embargo, para esto es necesario no caer en los falsos dilemas que se plantean en el debate público. Un ejemplo de esto es la dicotomía entre empresas privadas y públicas. ¿Puede existir gente tan inocente -más allá de los dogmáticos- que piense que porque las empresas pasen a ser estatales dejarán de contaminar? ¿Codelco y ENAP no dañan los ecosistemas? Al menos la empresa privada responderá con su propio patrimonio ¿La empresa del Estado, en cambio, qué pierde?

Con todo, el dinero que se utilizará para indemnizar a las personas que hayan sido afectadas y, para intentar reparar el daño ambiental causado por empresas del Estado, se obtendrá por medio de la redistribución de impuestos desde una localidad hacia otra. Es decir, del dinero de unos ciudadanos que libres de culpa tendrán que pagar por la negligencia o dolo de empleados estatales.

Existen varias cosas que podemos ir aplicando al corto plazo con el objetivo de solucionar la crisis ambiental, entre ellas rebajar la ingesta excesiva de carne y reemplazarla por proteínas vegetales; avanzar en la agricultura de precisión, es decir, aquella que hace un uso más preciso del agua y de los fertilizantes -por ejemplo, riego por goteo y fertirriego-; avanzar en reforestación nativa; y, por último, poco a poco ir limpiando nuestra matriz productiva del uso de combustibles fósiles.

Depende en primer lugar de nosotros avanzar hacia un verdadero cuidado del medio ambiente y, en segundo lugar, de presionar por fortalecer nuestra institucionalidad en su conjunto para que los abusos sean considerados intolerables y sancionados. Para esto es necesaria la tan ansiada reforma al Estado, ya que este hoy está capturado y asfixiado por grupos de interés que dificultarán todo avance hacia un régimen más competitivo, tecnológico y por sobre todo sustentable.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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