El lado correcto de la Historia

Resulta sorprendente, aunque no tanto, escuchar a la diputada Karol Cariola decir “nosotros estamos del lado correcto de la historia”. Así, tal cual, la legisladora comunista repite una frase que a leguas puede traer a la mente los horrores del totalitarismo del siglo XX. Porque la frase conlleva una perversidad más propia de espíritus inquisidores que de espíritus democráticos. ¿Quién podría estar en contra de los designios de la historia? Bueno ¿Quién podría estar contra los designios de la fe?

La declaración abiertamente historicista de la diputada comunista, que varios líderes políticos han utilizado sin considerar sus profundas connotaciones, no puede ser vista como algo trivial. La perspectiva que la frasecita conlleva lo que durante el siglo XX llevó a la inhumanidad de los sistemas totalitarios, incluido el comunismo. Ese historicismo fue el que en parte llevó a Hermann Hesse, en una carta escrita en febrero de 1950, a decir que “el intento comunista, empero, es un ensayo que la Humanidad debía llevar a cabo y que pese a su triste aferramiento a lo inhumano, habrá de ser realizado una y otra vez”. Hesse creía que, ingenuamente o quizás como un feligrés, esos intentos a los que nos impulsaba el viejo topo del que hablaba Marx, en algún momento, darían paso a la justicia y la fraternidad entre burguesía y proletariado. Es decir, creía que nos llevaría al fin de la lucha de clases y no a lo que, en sus palabras, era la necia dictadura del proletariado. Lo cierto es que esos intentos costaron varios millones de muertos en los países donde los verdugos se presumían del lado correcto de la historia, creyendo que ésta los absolvería aunque actuaran como psicópatas.

Al igual que Hesse, la diputada Cariola parece creer en una historia ya prefijada a la que los seres humanos solo deben someterse como borregos. Y obvio, ella sería parte de los pastores con derecho a guiar al rebaño porque están del lado correcto de la Historia. Y bueno, la crónica del comunismo ha sido la muestra clara de esa pretensión, de moldear a la gran masa humana en función de los supuestos designios de una historia que, los comunistas, presumen revelada a sus conciencias —cual adivinos— respecto del devenir histórico de la humanidad. En esa noción mítica y moralizante, que sin embargo se la presume científica, yace la excusa para aferrarse a lo inhumano en el intento por alcanzar la fraternidad universal definitiva. Cueste lo que cueste, para estar en el lado correcto de la historia. Bajo esa convicción, todas las atrocidades cometidas serían solo una falla de puntería, una desviación. Peor aún, las personas solo seríamos un elemento accesorio en comparación con el designio histórico ya trazado. Frente a estas nociones deterministas, la noción de dignidad humana (basada primariamente en la autonomía personal) pierde sentido pues solo seríamos simples accidentes en medio del transcurso histórico inevitable. Seríamos simples piezas de un juego de ajedrez que solo algunos iluminados comprenden.

Lo que la diputada comunista hace al decir que está del lado correcto de la Historia, es simplemente transparentar su perspectiva ideológica más esencial. La desnuda en toda su magnitud totalitaria. Lo paradójico es que lo hace para hacer alarde de un supuesto compromiso democrático de su partido. También lo hace para establecer una distinción moral, políticamente peligrosa, entre buenos y malos. Porque no hay nada más contrario a la democracia que presumir que se posee una verdad revelada y que por ello se está en el lado de los buenos, porque se está del lado correcto de la historia. Bajo esa presunción arrogante, la concepción de la democracia pierde sentido totalmente, porque los adversarios, quienes discrepan, se convierten no solo en herejes, sino también en enemigos radicales de una nueva deidad, la Historia. Bajo esa nueva fe, nada es posible transar con los disidentes. Detrás de aquello, que es una especie de opio como el que alimentaba a la Inquisición, también está el germen de la deshumanización que alimentó las atrocidades totalitarias del comunismo y el nazismo, cuyo fin era acabar a los disidentes que se oponían a los designios históricos, ya sean materialistas como los que profesaban los marxistas, o raciales como los que profesaban los nazis.

Si hay algo de lo que la democracia necesita, sobre todo en estos tiempos, es prescindir del historicismo que profesa la diputada Cariola. Porque la democracia, contrario a las concepciones historicistas descritas antes, es un espacio inconquistable e indefinido que solo es posible cuando se sostiene la deliberación abierta respecto a los asuntos. Y para existir deliberación abierta se deben permitir las disidencias, las discrepancias y se debe permitir el uso público de la razón, es decir, se debe permitir el libre ejercicio de la autonomía personal, la libertad de conciencia. Eso exige humildad pero también el reconocer las propias limitaciones y evitar los alardes de hechicero.

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