El futuro del trabajo en la era de la información

Hace unos meses Sebastián Edwards hizo la siguiente predicción: ‘En los próximos 84 meses la mitad de los chilenos perderá su empleo y serán reemplazados por máquinas. Ese es el desafío que nadie quiere enfrentar’. La afirmación de Edwards estaba respaldada por una serie de obras recientes de gran impacto, como ‘Rise of the robots‘, de Martin Ford, y ‘The future of the professions‘, de Richard y Daniel Susskind, y su conclusión era la siguiente: ‘En los próximos años aquellas personas que cumplen labores rutinarias, mecánicas y repetitivas enfrentan una gran probabilidad de perder su empleo y ser reemplazadas por máquinas. Esto no significa que estas personas van a quedar permanentemente desempleadas.
 
Desde luego que no. Lo que significa es que tendrán que reinventarse’. Esto apunta a un fenómeno de amplias consecuencias sociales y políticas. En sociedades más avanzadas, como Estados Unidos, el impacto conjunto de la globalización y la revolución de la información se está sintiendo con mucha fuerza en la clase obrera tradicional y también en una parte significativa de los profesionales ‘de cuello y corbata’.
 
Hace poco, Harold James resumió está problemática y sus consecuencias políticas en un ensayo publicado en The American Interest bajo el título ‘Déclassé: nothing new under the sun‘ (‘Desclasados: nada nuevo bajo el sol’). Los ‘desclasados’ de hoy, aquellos que ven amenazadas o pierden sus fuentes de sustento y posición social debido a las rápidas transformaciones del capitalismo contemporáneo, no son un fenómeno nuevo, sino todo lo contrario. A su juicio, esa es la fuente de fenómenos políticos muy diversos, desde el movimiento ludita en Inglaterra a comienzos del siglo XIX hasta la reciente irrupción de Donald Trump.
 
En este contexto, James desarrolla otro tema de gran relevancia: el surgimiento de lo que, de manera despectiva, se ha llamado ‘precariado’ como hecho diferencial del capitalismo posindustrial. Las revoluciones tecnológicas anteriores creaban inestabilidad para algunos, pero estabilidad para muchos. Esto fue especialmente cierto bajo la era industrial madura, donde grandes organizaciones jerárquicas acogían una fuerza de trabajo con empleos fijos que ofrecían una carrera laboral estable de por vida.
 
Se trata de la época del ‘organization man’, para usar el título del bestseller de William White publicado en 1956, es decir, un individuo cuya vida estaba moldeada por la organización a la que pertenecía y con la que su estabilidad e identidad estaban profundamente asociadas. Este ideal, tan preponderante en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, formó no sólo el arquetipo en que se basaron los grandes consensos de la posguerra, sino también el horizonte de expectativas de una vida exitosa. Ahora bien, este es el epicentro de la revolución organizacional propia de la era de la información en que vivimos.
 
El fenómeno, con sus pros y contras, ha sido reiteradamente analizado desde hace ya varias décadas. La obra de Robert Reich ‘The work of nations‘ (1991) resume bien el nuevo paradigma organizativo de los países avanzados: ‘La empresa moderna de fines del siglo XX tiene sólo una similitud aparente con su equivalente de mediados de siglo (…) Pero detrás de la fachada todo es distinto. Las grandes empresas ya no producen grandes volúmenes de mercancías ni servicios.
 
No son propietarias ni invierten en fábricas, máquinas, laboratorios, depósitos ni otros bienes físicos. No dan trabajo a ejércitos de trabajadores ni capataces (…) Son cada vez más una fachada tras la cual florece una multitud de grupos y subgrupos descentralizados que se alían permanentemente con otros grupos similarmente descentralizados en todo el mundo (…) Más que a una pirámide, la empresa productora de alto valor agregado asemeja una tela de araña’. Este paso de lo que Reich llama ‘jerarquías de alto volumen’ a ‘redes de alto valor’ conduce a un tipo de relación laboral caracterizada por la flexibilidad y a un tipo de trabajador predispuesto y preparado para el cambio y la adaptación constantes.
 
En la era de la información no es una jerarquía determinada (empresa o ente público) la que puede brindar una verdadera seguridad laboral, sino el mismo trabajador, con sus capacidades en constante desarrollo y sus redes de contacto con colegas y potenciales colaboradores.
 
El individuo se convierte así en el centro de gravitación de su vida laboral y teje aquella red de la cual dependen su sustento, seguridad y progreso.
 
Es en esto donde la legislación y las políticas públicas deberían poner el foco de atención, pero no para detener estas transformaciones sino para facilitarlas, permitiendo que los trabajadores readecúen sus aptitudes laborales bajo las mejores condiciones posibles. Uno de los ejemplos más conocidos en este sentido es la flexiseguridad danesa, hoy considerada como modelo de reforma laboral por la Unión Europea.
 
En todo esto Chile está muy retrasado. Su realidad económica, legislativa y sindical es propia de una época ya preterida en sociedades más avanzadas y por ello tendemos a creer que se trata de ciencia ficción o algo peor.
 
Esto es lo que le pasó a Sebastián Edwards. Cuando hizo su predicción alguien se preguntó: ‘¿Qué estará fumando Sebastián Edwards en California?’, tratando de explicarse así una ocurrencia tan descabellada como la de nuestro economista. Lamentablemente, lo único descabellado es creer que el futuro nunca llegará a nuestro rincón del mundo y no prepararse para ello. 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: