Publicado el 30.12.2014

El futuro de la educación: ¿Eyzaguirre vs. Jobs?

Mientras el Ministro Eyzaguirre y los parlamentarios juegan a ser protagonistas de la serie House of Cards, proponiendo proyectos de ley para sumar apoyo y aprobar con rapidez la fatal reforma educacional, nuestro país sigue siendo incapaz de abordar con seriedad el profundo cambio que se requiere implementar.

El verdadero problema de la educación y de la reforma actual va más allá del lucro y el copago, incluso va más allá del asunto de la calidad como la entendemos hoy. El delito es que funciona como una fábrica que toma como materia prima a los niños, manufacturando mentes estandarizadas, incapaces de razonar y pensar en forma crítica. Esta lógica, proviene de un supuesto que se asumió para masificar la instrucción en el siglo XIX: que todos estamos cortados por el mismo patrón.

Antiguamente, la enseñanza se hacía de manera personalizada, a través de tutores e institutrices, donde el maestro se adecuaba al ritmo de su alumno; se privilegiaba la interacción y el aprendizaje experimental; y se enfatizaba en las materias en las que el aprendiz demostrara más interés. Sin embargo, eran muy pocos los que podían pagarla y por lo tanto se reducía a un privilegio de ricos. Entonces, se decidió acertadamente institucionalizarla, permitiendo que un profesor sirviera a muchos alumnos en lugar de a uno solo. Pero con ese importante adelanto se tuvo que dejar de lado la personalización, que permitía no solo avanzar más rápido o más lento según las capacidades del alumno, sino también identificar los talentos y desarrollar habilidades que permitieran al joven desplegar todo su potencial.

En ese entonces, fue necesario sacrificar calidad para lograr masificación. Pero hoy, es posible conseguir ambas, y entregar a cada niño o a cada joven la educación que antes podía recibir solamente un rico. Desde el año 2012, un boom de plataformas de educación virtual conocidas como MOOCs (Massive Open Online Course) han surgido de la mano de algunas de las mejores universidades del mundo. En febrero de ese año, nació Udacity, y en abril Coursera, ambas de la mano de profesores de la prestigiosa Standford. “Más tarde”, en mayo, Harvard y MIT lanzaron en conjunto edX. Hoy, existen muchas más.

En este sentido, si pudiéramos soñar de manera libre con un mejor futuro para nuestra educación, la receta tendría como ingredientes esenciales, un mix entre profesores de primer nivel (que sí los tenemos) y cursos a la medida de las capacidades e intereses de los alumnos. Entonces, ¿por qué no sinceramos de una buena vez el debate, y dejamos de pensar en el futuro mirando hacia el pasado?

La verdadera revolución comienza cuando desde cualquier rincón del planeta, jóvenes ávidos de conocimiento pueden aprender de justicia con el mítico profesor de derecho de Harvard Michael Sandel (www.justiceharvard.org). O cuando una pequeña de solo 11 años nacida en Pakistán, Khadijah Niazi, es capaz de completar el curso “Physics 100” de Udacity, descubriendo su talento oculto.

Pero estos cursos son más que clases grabadas disponibles en internet. La verdadera innovación está en que integran las charlas de académicos con trabajos interactivos, tests automatizados, cuestionarios, foros de debate e incluso juegos. Las clases reales no tienen pausa, ni pueden retrocederse o adelantarse; pero las clases virtuales si, y permiten al alumno aprender de manera interactiva, a su propio ritmo y de los tópicos que más interés le generen, a la vez que interactúa con otros estudiantes y recibe un aprendizaje significativo.

Esta es la verdadera revolución de la educación, la que según Clayton Christensen, autor de “The Innovative University”, llevará a la quiebra a más de la mitad de las universidades de Estados Unidos en los próximos 15 años, en especial a aquellas más ineficientes o de peor calidad. Esto es precisamente lo que extrañamos en el debate nacional: que la preocupación no esté en la ideología de algunos, sino en dar acceso a la mejor educación posible a todos; en integrar a nuestros profesores a este proceso revolucionario; en cambiar el paradigma y enseñar a las nuevas generaciones a explotar sus talentos, generando un florecimiento masivo. Pero parafraseando a Einstein, no podemos esperar resultados distintos si hacemos siempre lo mismo. Cambiemos el debate.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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