El fin del ciclo cosista

La idea de que la política es el simple campo de la administración de las cosas –similar a la saint-simoniana, que luego Engels replica al plantear la eventual extinción del Estado– caló hondo en diversos espacios de la sociedad chilena en los inicios de la transición democrática. La necesidad del consenso dio paso al llamadocosismo, que fue la cúspide donde la política fue reducida a una función específica: resolver los problemas reales de la gente.

La política cada vez más despolitizada, se expresó de manera explícita a través de calles atiborradas de propagandaphotoshopeada, desprovista de toda alusión a alguna posición ideológica o partidaria, más cercana a la promoción de un dentífrico que de un determinado ethos político.

Así, bajo la noción de que la política es la mera administración o satisfacción de necesidades del público, lo político, entendido como el espacio de deliberación constante, pero también de antagonismos y fundamento esencial de un sistema democrático, fue anulado. Las ideas fueron consideradas prescindibles y las ideologías algo peligroso, obviándose que son la base misma de la normatividad política. La pretensión de evitar la politización de la sociedad, terminó por acabar con la necesaria politicidad de la política.

Así, convertida la política en simple oferta y cumplimiento de deseos de potenciales votantes, mediante eslóganes ingeniosos y la promesa de mayor eficiencia, se produjo la reducción de la democracia y lo político a lo estrictamente electoral. Con ello también se produjo el vaciamiento de los partidos de su contenido ideológico.

Abandonada la reflexión ética que la deliberación política exige, se fueron abriendo las puertas de par en par a los denominados hombres de acción, primero encarnados en tecnócratas reacios a discusiones de principios, que luego fueron dando paso, a medida que las contiendas políticas tenían cada vez más bajo costo (pues ya nadie arriesgaba el pellejo), a los simples buscadores de poder por el poder: los operadores políticos.

Los escándalos de corrupción, falta de probidad en el financiamiento y sobre todo de decencia que afectan de manera transversal a los distintos partidos políticos, son un reflejo sintomático de dicho vacío y la instauración de una simple ética de resultados en el quehacer político. También lo son, sin duda, los síntomas populistas del gobierno y el voluntarismo frente a las reformas, tanto a favor como en contra. Con ello, la política chilena ha tocado fondo en cuanto a su banalización.

Pero como todo ciclo, la era del cosismo ha entrado en sus últimos estertores. Aunque algunos parecen no darse cuenta aún, pues creen que todo trata de encontrar nuevos eslóganes, es decir, de reacomodar la demagogia. Pero lo cierto es que lo que se discute no es si se inyecta más o menos plata en una reforma como creen algunos. En Chile se ha abierto una disputa hegemónica donde lo que está en juego es lo político en sí y sus contenidos éticos fundantes. Lo que define el entre nosotros.

Todo ello marca una clara tensión discursiva en el escenario político chileno. En ese contexto, el liberalismo tiene una oportunidad de llenar ese vacío discursivo, recuperando su sentido político esencial como una doctrina –una ideología, digámoslo claramente– de los comunes frente al poder y el privilegio, que reivindica la libertad individual en todo ámbito, no solo económico sino también moral. Eso exige asumir nuestro ideal liberal, parafraseando a Hayek, adhiriendo a los principios, luchando por su plena realización, por remota que sea. Pero eso requiere coraje y convicción, no simple oportunismo.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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