El fetiche democrático

Friedrich von Hayek, el pensador liberal austríaco, en 1933 advirtió sobre los riesgos que podría conllevar el auge del colectivismo nazi. Posteriormente, en 1944, ratificó sus conclusiones advirtiendo que “cuando llegue a ser dominada por un credo colectivista, la democracia se destruirá a sí misma inevitablemente”. La advertencia no solo se fundaba en su experiencia frente al auge del totalitarismo nazi, fascista y comunista, sino en su profunda comprensión de los valores que conforman la democracia liberal.

Un estudio hecho en 2016 sobre Educación Cívica y Formación Ciudadana (ICCS), por la Asociación Internacional para la Evaluación del Logro Educativo (IEA), afirmó que en Chile 57% de los estudiantes de 8º básico era favorable a un régimen dictatorial si es que ello conlleva orden y seguridad. El 52% aprobó la medida si es que eso implica beneficios económicos. Si bien la cifra es menor a lo medido en 2009, donde 65% se mostraba favorable, lleva a una serie de interrogantes, sobre todo considerando que el último Latinobarómetro arrojó que, por quinto año consecutivo, el apoyo a la democracia en Latinoamérica no mejora, y solo 53% de la muestra concuerda con que “es preferible a cualquier otra forma de gobierno”.

“en nuestro país han ido permeando los criterios colectivistas que terminan por derrumbar los cimientos que sustentan a la democracia que tanto costó recuperar.”

A la democracia se le exige más de lo que puede efectivamente aportar, porque se le presume como un orden económico o social cuando en realidad no lo es. Así, bajo la idea de que es una panacea para resolver todos los asuntos sociales, se esperan resultados que en realidad nunca llegarán. Se le exige más radicalidad, a tal punto que se le pone al filo de la simple tiranía de las muchedumbres y la turba irracional. En este cúmulo hacia la frustración muchas veces contribuye la propia clase política con su actuar a ratos poco probo o descaradamente corrupto. Entonces el sistema democrático se ve interpelado por aquellos que, frustrados en sus afanes o decepcionados por sus faltas, presumen que todo sería más expedito y mejor bajo el mando de uno o varios líderes. Así, el tufillo dictatorial se comienza a asomar como si nada, bajo el reclamo de más democracia. Ahí están las turbas universitarias que, en nombre de la democracia y la tolerancia, están dispuestas al linchamiento.

El desdén hacia la democracia se explica por la confusión respecto de sus propósitos en cuanto régimen político, pero además se entiende por la creciente tergiversación sobre los valores que la sustentan. En Chile ha permeado la idea de que la democracia es expresión de lo colectivo, de las mayorías sin contrapeso, obviando que la democracia tiene un fundamento esencialmente individualista que además busca resguardar a las minorías. Sin ese fundamento y alterada bajo criterios colectivistas, que presumen que las mayorías nunca pueden llegar a ser injustas, la democracia puede terminar convertida en un régimen degenerado que subyugue brutalmente las libertades personales de los ciudadanos, tal como ocurre hoy en Venezuela.

En Chile, la democracia está siendo amenazada porque están siendo amenazadas, discursiva y permanentemente, las libertades individuales bajo creciente discursos colectivistas que consideran que la libertad individual es un problema. En el fondo, en nuestro país han ido permeando los criterios colectivistas que terminan por derrumbar los cimientos que sustentan a la democracia que tanto costó recuperar. Y es que en Chile, tal como decía Hayek, “nuestra generación habla y piensa demasiado de democracia y demasiado poco de los valores a los que esta sirve”.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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