El espejo retrovisor como futuro

El mar de fondo del Chile actual lo brinda un gobierno inspirado en un programa que incluyó a sectores heterogéneos y hasta antagónicos para recuperar el poder político en 2014, desmontar “el modelo” y construir uno que hasta la fecha nadie define en términos prácticos. Esta vaguedad se debe a que el Chile del programa de la Nueva Mayoría no es uno que esta haya avizorado, sino el que emerja tras el desmontaje del “neoliberalismo”.

Pero si algo caracteriza a ese mar de fondo son sus efectos: desaceleración del crecimiento, reformas de impacto cuestionable, pérdida de la confianza en el futuro, emponzoñamiento de la amistad cívica, falta de liderazgo y una autoridad que, ensordecida por su música bailable, no escucha ni la alta reprobación ciudadana.

Sospecho que la impresión, compartida por muchos y reflejada en las encuestas, de ¿cómo es posible que la autoridad no cambie el rumbo si todos sentimos que vamos mal?, obedece en parte a la pérdida de referencias y a una crisis de identidad de la izquierda jacobina, inspiradora del Gobierno.

Digno de aplauso cómo esa izquierda intenta mostrarse hoy segura de sí misma y victoriosa en la batalla de las ideas frente a una oposición aún sin gran relato. Pero lo cierto es que la izquierda no tiene motivos para pavonearse. Simula mucho mejor que la derecha, el centro, la DC o los liberales cuando “el surazo” le sopla en contra, pero su procesión va por dentro.

Veamos: en términos históricos, la izquierda chilena sufrió una trágica derrota militar en 1973, y otra antes, con la debacle económica y la polarización política desatadas bajo Salvador Allende. Quince años más tarde recibió otro golpe, este ya de nivel planetario: se desplomó su modelo histórico, la Europa comunista. Y 25 años más tarde recibe otro duro embate: sucumbe quien la nutrió de nuevas ideas, recursos y mística: el chavismo bolivariano.

Sin embargo, no acaba ahí la seguidilla de fracasos: Cuba y Vietnam, sus dos máximos íconos sobrevivientes, han terminado “traicionando” la pureza revolucionaria como “renegados”. Hoy se acercan esperanzados a Estados Unidos, atraen a sus turistas e inversiones, liberalizan gradualmente sus economías estatistas, permiten la aparición de emprendedores y tratan de aprovechar la globalización, convencidos (a regañadientes) de que no es el Estado sino la iniciativa privada la que crea riqueza y prosperidad.

Pero aquí no terminan las malas nuevas para la izquierda criolla: el Estado social benefactor europeo, visto por los renovados como inspirador, admite que ya no puede sostenerse ni en la Europa más rica. Y como si todo esto no bastara: tras dos años del primer gobierno de izquierda a secas desde el retorno a la democracia, flota sobre La Moneda la inquietante sombra de una economía en aprietos y de la división entre los chilenos.

No debe sorprender, por lo tanto, la carencia de una propuesta sólida y unitaria para Chile de parte de la Nueva Mayoría. Sus ideas sucumbieron y siguen descalabrándose. Por ello se aferra al rechazo de lo existente, a conceptos y pretextos, pero es incapaz de proponer un modelo viable y un referente inspirador.

Lo preocupante en este contexto son dos cosas: Por un lado, la tozudez con que sobreviven aquí dogmas arrojados por la borda hasta por los nietos de Ho Chi Minh. Por el otro, que admiradores de la extinta RDA, Corea del Norte, el castrismo y el chavismo gocen de tanta influencia en la conducción de Chile porque su miopía los ata al pasado impidiéndoles ver las oportunidades que brinda un mundo abierto, sin dogmas ni fronteras, vertiginoso, competitivo, que premia el emprendimiento, la innovación y el conocimiento, y presupone la libertad.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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