El crucero del amor

Conversando con un amigo mío, ex comandante del portaaviones USS Midway, me contaba que más difícil que mantener la disciplina en el portaaviones en situación de combate, era controlar el desembarco de 5.000 marinos de entre 18 y 30 años en cualquier puerto del Mediterráneo después que llevan 60 días embarcados y aislados en situación de estréss. Cómo evitar que desmantelaran una ciudad, acosaran todo lo que se moviera y se tomaran hasta el pulso no era tarea sencilla. El descanso del guerrero no es un mito. Efectivamente un soldado después de un tiempo de aislamiento con la tensión de combate incluida llegaba a puerto con ganas de agradecer por estar vivo y desquitarse del tiempo perdido. Famosa es la historia del príncipe Andrés de Inglaterra, que después de pelear en las Malvinas se fue a encerrar en una isla con la actriz Koo Stark, que supo sacar pecho por una Inglaterra agradecida y prodigar de cariño al guerrero victorioso.

Mantener la disciplina sexual entre soldados nunca ha sido fácil. A los ejércitos en la Antigüedad los acompañaban una legión de mujeres que a prudente distancia seguían a los hombres de armas. En nuestra Guerra del Pacífico famosas son las “cantineras” que compartían algo más que el peligro con los soldados de línea. Mario Vargas Llosa nos entretuvo a todos en su novela “Pantaleón y las visitadoras”, donde Pantaleón es asignado a organizar un servicio de prestaciones amatorias para las guarniciones aisladas del Perú, evitando que los soldados se dedicaran a asaltar a la población que se suponía debían proteger.

La Marina británica tenía también problemas con el sexo. Famosa es la frase de Churchill, a la sazón Primer Lord del Almirantazgo, cuando decide cambiar el carbón por petróleo y le representan que eso era contrario a las tradiciones de la Marina inglesa, a lo que contestó “¡qué tradiciones!, ron, sodomía y latigazos”.

Hoy la fragata “Lynch” hace noticia porque marinos embarcados confundieron un barco de guerra con el Crucero del Amor y decidieron filmar a sus compañeras. Incorrecto, por supuesto, contrario a la disciplina naval sin duda, ¿pero previsible?, lamentablemente sí. A un almirante casi lo linchan por advertir los riesgos de embarcar juntos hombres y mujeres en un barco. El primer día no pasa nada, pero al día 30… basta ver un reality televisivo. Hoy fue una cámara, pero mañana puede ser algo peor. Soldados jóvenes, entrenados para matar o morir, en la plenitud de su condición física, encerrados en un buque por temporadas largas, corren un riesgo que es humano y no tiene mucho que ver con discriminación sexual, sino que con la dimensión animal e irracional del ser humano.

Por eso, escandalizarse y ningunear a los que advierten de los riesgos de convivencia que se genera en un barco de guerra es un error de gente que desconoce las particularidades de la vida militar y pretende desentenderse de la naturaleza humana.

Los barcos de guerra no son cruceros de paseo. No hay muchos baños, los lugares son estrechos e incómodos. Dudo que barcos antiguos tengan dormitorios y baños separados para mujeres, de manera que a lo más se ha logrado improvisar separaciones. Que en ese contexto se produzcan eventos desafortunados es lamentable y debe ser sancionado, pero no agrandemos el tema presentándolo como símbolo de la discriminación en la sociedad chilena.

Lo grave del tema tiene que ver con la seguridad. En un buque de guerra o en cualquier instalación militar, no se puede filmar impunemente. Lo demás es un incidente lamentable, propio de adolescentes voyeristas, que confunden un cuartel con un cuarteo, pero que no debe ser sacado de proporciones dándole una connotación sociológica que no tiene.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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