El Capitolio, allá y acá

El Parlamento inglés es muy único en el sentido de que no fue construido con forma de hemiciclo, sino que las bancadas se enfrentan y están separadas por la distancia de 2 brazos estirados con las espadas extendidas (para que los contendientes no llegaran a tocarse ni con la punta de estas). En la 2a Guerra Mundial este fue bombardeado. Y cuenta la leyenda que, cuando le preguntaron a Churchill si lo reconstruían como hemiciclo o mantenían su forma original, él ordenó que se mantuviera tal cual señalando que en ese país o se es de gobierno o se es de oposición. La arquitectura importa por las razones que sintetizó el mismo sir Winston en su frase: ‘We shape our buildings and the buildings shape ourselves’ (‘moldeamos nuestros edificios y, a su vez, ellos nos moldean a nosotros’).

Los edificios son símbolos del gobierno. Las democracias modernas encuentran sus raíces en Grecia y Roma: el Partenón nos evoca la cultura democrática ateniense, y el Capitolio simboliza la república romana. Por eso no es casual que los arquitectos diseñen edificios públicos pensando en el ágora griega para dialogar, en el senado romano para deliberar y en las columnas (que en su concepción original compartían las proporciones con la figura humana y así eran testigos y vigilantes de lo que ocurría en esos recintos) para anclar la democracia a una tradición occidental que la inventó, promovió y practicó.

En EE.UU. un grupo de facinerosos, azuzados por un mal perdedor, no encontró nada mejor que atacar el Capitolio. Nuestra primera reacción es de incredulidad para después indignarnos. ‘Si le pasa a EE.UU., ¿qué queda para nosotros?’.

Los comunistas chilenos -que todos los viernes atacan la Moneda y que ya amenazaron a la Convención- han encontrado una nueva fuente de inspiración.

Por eso no es trivial lo que pasó. A los que nos gusta la historia, se nos aparecieron los fantasmas: Hitler incendiando el Reichstag; los comunistas asaltando el Palacio de Invierno o Tejero tomándose las Cortes para destruir la naciente democracia española. Los edificios simbolizan los buenos y también los malos gobiernos. Los franceses todavía celebran la toma de la Bastilla; en Cuba el Capitolio -que es algo más grande que el de EE.UU.- está cercado por un muro provisorio que dice ‘en remodelación’. Una vez les pregunté a unos transeúntes que cuándo iban a terminar con los arreglos y uno me contestó con una sonrisa: ‘Cuando se necesite de nuevo’. Claro -pensé yo- de qué le sirve a una dictadura comunista un lugar de deliberación democrática.

Lo curioso es que aquí, los mismos que se muestran indignados con los partidarios de Trump atacando el Capitolio, quieren indultar a los que atacaron La Moneda, además de aliviar los riesgos legales de los que viernes a viernes -en lo que parece un macabro ritual antidemocrático- intentan atacar la casa de gobierno de un Presidente elegido democráticamente por una inmensa mayoría y que está en la mitad de su mandato.

Lo tranquilizador es que esta vez vimos a una blonda periodista de un medio local indignada con los manifestantes. En esta ocasión ella, que habitualmente y con total compostura -mientras las imágenes de fondo muestran una batalla campal en que encapuchados atacan con molotovs y adoquines a los carabineros- califica cada marcha ‘como una protesta pacífica de jóvenes idealistas cuya paz y tranquilidad fue alterada por la violencia de los carabineros’, se mostró descompuesta con lo que una turba enardecida le hacía a una democracia que todos admiramos.

Por eso resulta tragicómico el doble estándar del progresismo local. Para ellos, acá los policías que protegen edificios públicos son violadores de derechos humanos; allá, servidores públicos ejemplares. Acá, las protestas son pacíficas; allá, violentas. Acá, los que queman y saquean son jóvenes llenos de sueños; allá, fachos pobres. La verdad es que el espectáculo ha sido bochornoso acá y allá.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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