Dos ciudades, dos caras de la violencia

En los Estados Unidos, las manifestaciones por la muerte de Floyd fueron marcadas por incendios, saqueos y destrucción del espacio público. En Panguipulli, muchos, de forma inexplicable, se volcaron violentamente no sólo contra la policía, sino que contra los espacios de utilidad pública que usan todos.

Este mes de febrero en Chile ha ocurrido un hecho lamentable que nos hizo recordar lo ocurrido con George Floyd en Minneapolis, Estados Unidos: la muerte de un ciudadano a manos de la policía. Al enterarnos de la muerte del malabarista en Panguipulli, muchos en el país pensábamos que estábamos ante un caso criollo de lo ocurrido con George Floyd. Así las cosas, se creyó que de Minneapolis a Panguipulli había solo un pequeño paso y que ambos representaban la misma cara de la violencia. Ambas ciudades serian entonces hermanas de una tragedia, abatidas por las muertes lamentables de ciudadanos a manos de la policía. Pero esa semejanza respecto a la violencia policial es sólo aparente e incluso hasta engañosa y en realidad ambas ciudades representan distintas formas de esta, ya que tienen diferencias clave que las hacen disímiles entre sí. Veamos primero las similitudes:

Es correcto señalar que ambos casos son similares en dos aspectos: primero, en el sentido de que ambas muertes ocurrieron a manos de la policía de cada país. George Floyd murió ahogado por el brutal estrangulamiento policial, el joven malabarista Francisco Martínez, por su parte, murió por unos tiros de pistola de un carabinero. Segundo, ambos casos fueron similares en cuanto a la reacción de los jóvenes respecto a dichas muertes: la barbarie que se desató en ambas ciudades, donde imperó la violencia, el fuego y el descontrol.

“Si algo nos enseña nuestra historia es que jugar a la justificación de la violencia por conveniencia es juguetear con una caja de pandora que termina por devorarnos”

En los Estados Unidos, las manifestaciones por la muerte de Floyd fueron marcadas por incendios, saqueos y destrucción del espacio público. En Panguipulli, muchos, de forma inexplicable, se volcaron violentamente no sólo contra la policía, sino que contra los espacios de utilidad pública que usan todos. De esta manera, los manifestantes trataron de incendiar edificios de carácter público como la oficina de Correos, el Registro Civil y Chile Atiende, entre otros. Sin duda la muerte de ambos ciudadanos es lamentable, pero deberíamos preguntarnos dos cosas, primero, ¿qué tiene que ver quemar Correos de Chile con un problema de índole policial? Y segundo, ¿podemos justificar la quema de espacios públicos, que cumplen un rol de integración social vital en las comunidades, por el simple hecho de sentir rabia contra la injusticia policial?

De todas formas, ambos casos poseen similitudes trágicas, que podrían sugerir que son dos caras de la misma moneda de la violencia, pero en realidad ambos casos poseen dos diferencias claves que los hacen ser realmente dos formas totalmente distintas de violencia. A saber, una violencia peligrosa que es aquella instrumental y utilizada como elemento de beneficio o de provecho político a conveniencia (aquella ocurrida en Chile) y otra aquella que, al asomarse, se cortó de raíz y se erradicó del suelo fértil basado en la rabia y los sentimientos de injusticia (aquella ocurrida en los Estados Unidos). Veamos entonces con más detalle aquellas dos grandes diferencias entre Panguipulli y Minneapolis:

La primera diferencia hace relación con el actuar policial y cómo la policía ejerció el monopolio de la fuerza en ambos casos. Es evidente que en Estados Unidos existió un abuso de fuerza policial y una intención casi deliberada de causar daño, sino la muerte. George Floyd murió por asfixia tras haber sufrido una especie de estrangulamiento con la rodilla presionada sobre su cuello por varios minutos, asfixiándolo. En el caso de Francisco Martínez en Panguipulli, él murió tras recibir unos disparos de la policía, solo después de que el malabarista había emprendido contra el carabinero con dos machetes en sus manos.

De hecho, hace algunas semanas, la Corte de Valdivia rebajó las medidas cautelares impuestas al carabinero imputado. La Corte estimó que los disparos del funcionario estaban amparados por el derecho de toda persona a defenderse en forma proporcional ante una agresión ilegítima. La Corte de Apelaciones declaró que “a la luz de las evidencias disponibles, se puede afirmar que el imputado actuó al amparo de la hipótesis de la legítima defensa”. Hay entonces diferencias abismales en cuanto a los hechos y a la reacción de la policía en ambas situaciones, pues en Estados Unidos hay un claro caso de abuso policial, mientras que en Chile pareciera haber un caso de legítima defensa que se ha visto cuestionado por el pobre y errático actuar de los funcionarios al hacer un simple control preventivo de identidad —práctica que también está siendo cuestionada por ineficiente y discriminatoria.

La segunda diferencia clave entre ambos casos hace referencia a las reacciones de la élite política ante las muertes de ambos ciudadanos. En Estados Unidos, líderes políticos de todos los sectores, tanto liberales y gente de izquierda Demócrata, como conservadores Republicanos, salieron en grupo a rechazar tajantemente la conducta policial y al mismo tiempo a condenar, sin matiz alguno ni letra chica, el uso de la violencia por parte de los manifestantes para responder ante las injusticias. Sintomático de un país unido para repudiar toda forma de violencia como mecanismo político o de expresión de descontento, fue el caso de la alcaldesa afroamericana de izquierda de la ciudad de Atlanta, quien después de la muerte de Floyd, condenó la violencia como método de cambio al declarar: “No destruyan. Si quieren cambiar Estados Unidos, deben registrase y votar”. La misma alcaldesa de izquierda luego declaró a NBC que “la solución a nuestros problemas no es la destrucción de nuestras ciudades”.

Por el otro lado, en Chile tenemos líderes políticos, como la diputada Catalina Pérez, militante de Revolución Democrática y parte del Frente Amplio, quien, ante la muerte del malabarista en Panguipulli declaró: “¿cómo quieren que no quememos todo?” Dando así por sentado tanto la culpabilidad del policía en cuestión —sin necesidad entonces del debido proceso y la justicia para dilucidar estas materias— y justificando o legitimando el uso de la violencia como mecanismo para responder ante las injusticias. Posteriormente, la misma Catalina Pérez no mostró ningún atisbo de duda ante sus declaraciones que justificaban la violencia y declaró: “yo de lo que me arrepiento es de haberle dado material a la extrema derecha y a la derecha para que desvíen el foco de lo que a mí me parece más importante”.

Así las cosas, hay una diferencia abismal en como el mundo político de todos los colores respondió ante los hechos de violencia: condenándolos tajantemente en los Estados Unidos y validándolos o justificándolos, según conveniencia y preferencia política, como ocurrió en Chile. Este es el gran problema y virus que tiene Chile desde octubre del 2019: hemos sido incapaces de manejar sin matices el uso de la violencia y la hemos tolerado, de forma utilitarista, en cuanto pareciera estar al servicio de algunos ideales. De esta forma, llevamos casi dos años instrumentalizando la violencia cuando esta le acomoda a algunos, o cuando pareciera favorecer a algún bando ideológico. En síntesis, la enfermedad que nos carcome es el rostro cínico de la violencia, su justificación ad hoc, su contextualización cuando “nos conviene” y, finalmente, la contemplación y hasta la exaltación de la misma violencia. Sin embargo, y lamentablemente, si algo nos enseña nuestra historia es que jugar a la justificación de la violencia por conveniencia es juguetear con una caja de pandora que termina por devorarnos.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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