Donde hubo fuego

Una reflexión que quizás ha faltado desde octubre de 2019 tiene relación con el rol de los partidos políticos. Más allá de lo valorable del hecho de que las fuerzas políticas establezcan acuerdos, desde el pacto del 15 de noviembre del año pasado, los partidos parecen haber tomado un rol que parece colocarlos más allá del bien y el mal. Así, desde la oposición, por un lado, han intentado mostrar que todo el problema desde octubre compete exclusivamente al gobierno o al modelo (olvidando que muchos de ellos gobernaron por 25 años); y desde el oficialismo, por otro lado, todo respondería a los afanes de la oposición por impedirles gobernar y un afán de la izquierda dura por seguir proyectos fallidos como el socialismo del siglo XXI. Cualquiera sea el caso, parece que olvidan que en 2016, por ejemplo, durante las elecciones municipales prácticamente un 70% de los electores se abstuvo de votar. Mismo fenómeno, pero en menor proporción, se produjo durante la elecciones presidenciales tanto de Michelle Bachelet como Sebastián Piñera.

Todas esas señales de desafección, que además se sumaban a un notorio aumento en las expectativas de los votantes, producido en parte por la demagogia de ciertos grupos políticos, claramente no han sido consideradas por los dirigentes partidarios, más allá de declaraciones de buena crianza. Un 72% de los encuestados en la CEP de diciembre de 2019 no se identificaba con ningún sector político. En febrero de 2020, según el propio SERVEL, se produjo el número de desafiliaciones partidarias de todo 2019. Los motivos deben ser muy variados en ese sentido. Lo claro es que los partidos viven una crisis profunda y parecen creer que la responsabilidad es de los ciudadanos. En ese sentido, la promesa de nuevos partidos tampoco entusiasma a la gente, menos si caen en las mismas prácticas mañosas que prometen superar (ahí está el caso del Frente Amplio con la Nueva Mayoría). De ser así, los proyectos de James Hamilton o Fernando Atria habrían tenido más éxito, pero ni siquiera les alcanzó para constituirse.

Los dirigentes partidarios parecen no considerar su propio rol en la desconfianza crónica en las instituciones políticas, estatales y gubernamentales (SENAME, Carabineros, FF.AA., Gendarmería) ni la clara crisis de confianza en las élites (Colusiones, financiamiento irregular de campañas), de las cuales los partidos son parte. No es raro que según la Estudio Nacional de Transparencia 2019 arrojara que un 80% de los encuestados cree que los organismos públicos son poco transparentes. Entidades que, además, en ciertos casos se conforman de pequeños feudos de jefes partidarios. Entonces ¿cuánto han reflexionado los dirigentes políticos, de derecha e izquierda, respecto a su rol en relación con la crisis de representación, de confianza y de probidad? ¿Cuánto han reflexionado respecto a su importante rol en una democracia y el modo de impulsarlo en sociedades cambiantes como la presente?

Parece que todos los partidos, más allá de su apoyo o no a cambiar la constitución, asumieron que el plebiscito resolverá de alguna u otra forma todo el embrollo antes descrito, como si a partir del día 26 de octubre, sea cual sea la opción triunfante, habrá una especie de Reset y ellos volverán en gloria y majestad a articular la política democrática chilena. Pero donde hubo fuego, cenizas quedan dice el refrán. Entonces ¿podrá una nueva carta fundamental resolver el potencial desfonde institucional donde los partidos también se incluyen? ¿No es acaso eso caer en una ilusión?

Como diría John Lennon, You say you’ll change the constitution, Well, you know, We all want to change your head.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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