Dilma y el fin del poder

En 2013, el prestigioso intelectual y analista venezolano Moisés Naím, hace ya muchos años afincado en los Estados Unidos, escribió El Fin del Poder. En la portada se lee: “Empresas que se hunden, militares derrotados, papas que renuncian y gobiernos impotentes: cómo el poder ya no es lo que era”. El libro, elogiado por Mark Zuckeberg, Bill Clinton y Zbigniew Brzezinski, por no listar el largo etcétera de personas, revistas y diarios que lo han referido como lectura altamente recomendable, tiene una tesis simple y lapidaria: el poder se está degradando. No quiere decir esto –explica Naím– que esté desapareciendo o que haya desaparecido, o que no existan todavía personas u organizaciones muy poderosas. Significa que es cada vez menos seguro. “En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder”.

Las razones que expone Naím no podría enumerarlas y explicarlas en estas líneas, pero, en pocas palabras, las personas u organizaciones que hoy ocupan alguna posición importante tienen menos poder que sus predecesores, o al menos son desafiadas con mucha más facilidad. Hay más rivales y limitaciones, el acceso a la información es infinitamente mayor, el activismo ciudadano ha crecido y el escrutinio público es muy superior al de años atrás. Además, las circunstancias económicas, políticas y sociales pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Así, los errores se pagan a un precio más alto y más inmediato que antes.

“En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder”.

La destitución de Dilma Rousseff me ha conectado hoy con el libro, que he estado leyendo y compartiendo con mis alumnos de la universidad. Y me hace sospechar que es el tipo de eventos al que quizás debamos acostumbrarnos en los años y décadas por venir. Hagamos un repaso veloz del último tiempo, con apenas un puñado de ejemplos:

El chavismo, después de la muerte de su fundador, sufrió un golpe electoral inédito en las elecciones parlamentarias venezolanas de 2015, más allá de que aún Maduro cuente con recursos y métodos para sostenerse y mantener aplastada a la oposición, eso sí, mientras duerme con un ojo abierto.

El peronismo kirchnerista, luego de años, fue derrotado en las elecciones presidenciales del año pasado. Y Mauricio Macri tiene el inmenso desafío de componer el entuerto heredado, con los ajustes que ello implique y los riesgos asociados para su popularidad.

Evo Morales falló en su intento de cambiar la constitución y acaban de matar a golpes a un viceministro de su gobierno.

El escenario político estadounidense está siendo remecido violentamente por Trump, que hasta hace poco no estimulaba demasiadas apuestas en su favor. Que lo diga el Partido Republicano, donde no todos están contentos con la situación.

En España, el camino de Rajoy para gobernar ha sido excepcionalmente largo, agotador y tortuoso. En este instante salta un aviso en mi smartphone con un titular de la prensa española: “El Congreso rechaza investir a Rajoy en la primera votación”. Entre las agrupaciones citadas como clave en la cuestión aparecen Podemos y Ciudadanos, que, de la noche a la mañana, pasaron de no existir a ser decisivas.

En Chile, las cosas para la presidenta Michelle Bachelet no van precisamente viento en popa. La otrora popular mandataria, candidata y luego presidenta reelecta ha visto caer su popularidad dramáticamente, incluso marcando registro histórico en lo que respecta al periodo post Pinochet. Algo similar experimentó el ex presidente Piñera durante su administración, pero quizás no tan peligrosamente. Hoy ya se habla de la muerte de la coalición gobernante –la Nueva Mayoría– y los opositores más duros hacen cuenta regresiva. La lista de políticos mejor evaluados según algunos estudios de opinión, con varios nombres nuevos, es un buen ejemplo de lo que estamos hablando.

La desgracia de Rousseff puede, entonces, leerse como un evento más en la historia política, mañana anecdótico, o como un síntoma de algo más bien sistémico. Me inclino por lo segundo. Es el mundo que nos toca vivir.

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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