Dictadura de Maduro y ocaso de la izquierda

Curiosamente, nada expresa en forma tan profunda las irreconciliables diferencias que dividen hoy a la Nueva Mayoría como sus visiones respecto de la dictadura de Nicolás Maduro, que reprime brutalmente las masivas manifestaciones opositoras. El régimen no se detiene ni ante los muertos ni heridos, y el presidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello, llegó al extremo de revelar en cadena nacional las direcciones de los líderes opositores: “Aquí están, una serie de ciudadanos, marcaditos, dónde viven, dónde se mueven”.

Ante estos métodos, la NM no expresa una repulsa conjunta. Están, por un lado, el Partido Comunista y sus aliados, que justifican al régimen chavista, que cumplió con éxito una misión imposible: destruir la economía del país con las mayores reservas petroleras del mundo. Está, por otra parte, una izquierda que elude el tema o se distancia en forma tibia de los “excesos”, y, por último, están los políticos (entre los que destacan los parlamentarios Jorge Tarud, PPD, y Matías, Patricio e Ignacio Walker, así como la ex ministra Mariana Aylwin, DC), que condenan sin ambages toda dictadura y solidarizan con la oposición venezolana.

 

“Cuando políticos justifican hoy dictaduras en ejercicio, debilitan la cultura y sensibilidad democrática nacional, en especial de los jóvenes.”

Estas contradicciones parecieran una cuita más del oficialismo, pero en verdad implican consecuencias inquietantes para Chile. La primera: las diferencias no se circunscriben en la NM a la defensa universal de los derechos humanos, sino que contagiaron otras áreas cruciales, como la visión de la libertad, la democracia representativa, el manejo de la economía, la búsqueda de consensos o de la polarización política, o los asuntos exteriores, y tienen un efecto pernicioso sobre la cultura democrática. Cuando políticos justifican hoy dictaduras en ejercicio, debilitan la cultura y sensibilidad democrática nacional, en especial de los jóvenes.

La segunda consecuencia resulta más comprometedora para el país: En el caso hipotético de triunfar la NM en las próximas elecciones, ¿hacia dónde nos conduciría con tantas contradicciones en su interior? ¿Cómo afectaría la estabilidad del país en un clima en que la ciudadanía desconfía de la clase política? ¿Cómo se articularían esas visiones de izquierda entre sí y con las que laten en la DC? ¿Y qué concesiones estaría dispuesta a ofrecer la NM, con vistas a una segunda vuelta, al Frente Amplio? ¿Y quién tendría el liderazgo necesario para dirigir a un conglomerado semejante?

Se dice que la política exterior no define las elecciones presidenciales en casi ningún país. Y es cierto. Pero como hoy los políticos no pueden ignorar el álgido panorama latinoamericano, tampoco pueden disimular ante él sus convicciones profundas. Quien respalda hoy a Maduro, a Raúl Castro o a Daniel Ortega, o piensa que la reciente elección en Ecuador pasa el test de blancura, no está expresando solo simpatías por gobernantes regionales (o asiáticos, en el caso de quienes admiran a Kim Jong-un), sino también su convicción de que esos regímenes representan un modelo nada descartable para Chile y una forma justa de tratar a los opositores.

Conducir entre 2018 y 2022 a una NM escindida, que necesitaría al menos ser tolerada por el Frente Amplio, exigiría del presidenciable de izquierda, Alejandro Guillier, un rumbo que aún no exhibe. Quedó demostrado en su reciente entrevista a “El País”. Ahí calificó a la vieja guardia de la Concertación de “personajes que han copado la política chilena por 40 o 50 años”, y a Ricardo Lagos, de pertenecer a una época ida, y atribuyó su caída en popularidad al “fuego amigo” y al “castigo” ciudadano por la débil gestión de Michelle Bachelet. Como si no bastase, cargó contra los gobiernos izquierdistas de la región: “no tuvieron un proyecto de desarrollo sustentable… sino que aprovecharon los buenos precios del superciclo de las commodities y hubo más gasto público, pero sin transformar las estructuras sociales. Por lo tanto, quedaron endeudados, con altos compromisos, sin tener cómo financiarlos. Eso sí que tiene atisbos de populismo”.

Al examinar sus declaraciones sobre la DC (a la que acusó de presionar con ir a primera vuelta para mejor negociar sus intereses); sus ataques a los remanentes de la Concertación; su crítica al impacto de la gestión de Bachelet sobre su campaña, y su veredicto sobre los gobiernos de izquierda en la región, uno se pregunta a quién apela Guillier y con qué fuerzas pretende llegar a La Moneda y gobernar. También se dispara a los pies cuando dice estar tan lejos del gobierno de Donald Trump como del de Maduro, en una asociación que, para un aspirante a la Presidencia, revela miopía para diferenciar las circunstancias que atraviesan ambos países.

La NM debe hablar con una sola voz cuando se trata de defender la libertad y la democracia representativa, y cuando hay que condenar dictaduras o regímenes autoritarios. La Presidenta no puede seguir eludiendo a valientes líderes opositoras de Cuba y Venezuela cuando vienen a Chile a solicitar apoyo para defender los derechos humanos y construir sociedades democráticas. Erróneamente, la izquierda cree que haberse opuesto hace 28 años a una dictadura, le otorga carta blanca para justificar hoy a dictaduras de izquierda. Si parte de la izquierda criolla se hunde abrazada a regímenes represivos, le llevará decenios construir una identidad democrática.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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