Descentralización inteligente

Mucho se ha debatido sobre el problema de centralización en Chile. La razón es que preocupa la forma en la cual Santiago concentra no solo el poder político, sino además la economía, la administración, y el capital humano preparado. Muchos se mudan a la capital en busca de acceso a la economía que dicha ciudad ofrece. Luego, pese a estar en Valparaíso, el Congreso, intentando reflejar la población proporcional del país, está fuertemente compuesto por los intereses de la Región Metropolitana y toma un rol más delegativo que de real poder. Una nueva constitución será una oportunidad para resolver este descontento. Sin embargo, en un escenario poco auspicioso, la cantidad de constituyentes capitalinos podría solo perpetuar la concentración, y además resulta difícil cambiar la cultura de un país por medio del papel. Los esfuerzos de descentralización deben ser inteligentes, serios y realistas.

¿Cuál es la raíz de todos esos problemas? ¿La menor competitividad de las regiones, o la forma en que el sistema político en Chile permite esa concentración? Lo cierto es que hay muchas formas de centralización y razones por las que en Chile, la Región Metropolitana ha crecido tanto en relación a las otras zonas del país. Algunas tienen que ver con la estructura del gobierno y la toma de decisiones, otras con la demografía (mucha gente viviendo en la misma zona). Cuando las dos anteriores se juntan, la educación y la economía suelen sumarse, ya que la riqueza se produce en el intercambio, y a los servicios se les hace atractivo situarse en los mercados donde hay más gente. Además, los polos urbanos acaban atrayendo al capital humano preparado, que migra en busca de esos servicios.

“La popularización del teletrabajo (permanente para algunas plazas) llega en un momento crítico, porque será una manera de permitirles a profesionales altamente capacitados seguir trabajando en empresas basadas en el centro, pero vivir o emprender en cualquier punto del país” 

Por todo lo anterior es difícil proyectar si un cambio a la Constitución puede hacerle frente a una tendencia que tiene mucho de cultural y orgánico. Cambiar las cosas en el papel, solo por cumplir con expectativas, pero sin cambiar cosas de manera inteligente, probablemente será más una declaración de principios “políticamente correctos” y no la entrega de facultades reales a las regiones. En ese sentido, inventar más cargos locales electos, traspasar más recursos a las municipalidades o dar mayores responsabilidades locales está lejos de ser suficiente. Mientras, poner edificios de gobierno fuera de Santiago o incluso, sesionar en Concepción, es un ejemplo de cambio estético.

Esto, sumando que Santiago concentrará gran parte de la representación en la Convención Constituyente, ya que los representantes serán proporcionales a la población y no a la geografía, por lo que no habrá grandes incentivos para discutir formas de regionalismo. De hecho, si se avanza en la discusión de un sistema unicameral, el Senado, que hoy proporciona representantes por geografía y no distribución demográfica, desaparecerá y el centro quedará con aún más poder en la toma de decisiones. Esto, sin siquiera mencionar el llamado turismo electoral, que considera a políticos capitalinos buscando cupos en regiones.

La descentralización es de esas cosas que solo pueden lograrse en el largo plazo, y que requieren de una suma de factores (y de voluntades), pero además de cambios que sean inteligentes y sostenibles. Otorgar mayor autonomía a las regiones, sin que se haya construido la capacidad de administración de esas facultades, puede acabar con graves problemas de administración, e incluso incentivar corrupción y el amiguísimo. Por eso, es necesario que los cambios contemplen un alto estándar, y además cosas como fiscalización, la capacidad de entregar incentivos tributarios para atraer capital humano, inversiones o infraestructura o incluso, la autonomía para tomar decisiones independientes de la capital, cuando sea necesario para zonas específicas.

A todo ello debiera sumarse un cambio cultural, aún más lento, en el que vivir en región no sea sinónimo de retraso o conformismo, sino de innovación y creatividad. La descentralización o descompresión del poder es una responsabilidad que el país ha atrasado, pero que sigue siendo más necesaria que nunca. En ese sentido, la popularización del teletrabajo (permanente para algunas plazas) llega en un momento crítico, porque será una manera de permitirles a profesionales altamente capacitados seguir trabajando en empresas basadas en el centro, pero vivir o emprender en cualquier punto del país. Con esto, se producirá una transferencia de la riqueza orgánica y cultural, que puede ser el inicio de una descentralización que vaya más allá del papel.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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