Delirio, cultura y verdad

Es casi evidente que estamos ante una época algo delirante: llegan al poder por vía democrática partidos políticos de comprobada trayectoria antidemocrática en América Latina. Quienes dicen defender la “justicia social” apoyan políticas que no hacen otra cosa que aumentar la pobreza (“El populismo ama tanto a los pobres que los multiplica” dijo alguna Mariano Grondona). Para colmo, en la era de los “empáticos y solidarios” la funa se ha vuelto ley. Su aversión visceral por los datos, el conocimiento y la realidad es casi sospechosa puesto que se hacen de ella para asentarse en el poder, pero la olvidan cuanto antes si deja de convenirles. 

Ante todo, se elevan quienes defienden la quema del patrimonio cultural, la destrucción de la infraestructura pública e incluso de propiedades privadas. Es que su sufrimiento lo vale, el suyo es superior y, por eso, se explica que arrasen con todo en nombre de “una causa”. Luego, vienen los dirigentes y las elites “intelectuales” quienes acuñan nombres y conceptos, y ni siquiera eso basta, tergiversan los que ya existen para modificar y oscurecer la realidad a su antojo. Así, aquellos que destruyen una estación de metro, queman un camión o arruinan un negocio se denominan “presos políticos”, mártires de su revolución.

Así se defiende la tiranía en nombre de la tolerancia y el despotismo en nombre de una mayoría. Es que ya no importan las incoherencias y tampoco la evidencia, ni hablar de la lógica y mucho menos de la cultura. Es que ellos no tienen ningún error. Ellos son los evolucionados, progresistas, son quienes aceptan a todos y gozan de “apertura de mente”. Son ellos quienes sí logran ver la realidad tal y como es, pues están exentos de cualquier sesgo o error en sus diagnósticos (Anson, 2018). 

A estas alturas, ni siquiera importa que el imperio de la ignorancia se expanda. Como bien dijo Ortega y Gasset en La rebelión de las masas el problema “no es que el vulgar crea que es sobresaliente, sino que el vulgar proclame e imponga el derecho de la vulgaridad, o la vulgaridad como un derecho”. Así, el problema está en que el conocimiento no se basa en que surgen nuevas ideas, que sean constructivas y que aporten al progreso. El problema es que se generan desde la necesidad de acomodar la realidad a los antojos de quienes se incomodan con la verdad. Ortega diría que estas “no son auténticamente ideas, ni su posesión es cultura (…) es un jaque a la realidad”. Es que la cultura, como herramienta clave del progreso, necesita de normas, aquellas reglas que le permiten crear y aportar a la civilización, permitiéndole avanzar.

Y el núcleo se encuentra en que nadie cree en los valores que dicen defender. Y así como se postulaba al inicio del presente, todos dicen perseguir muchas ideas, pero son incapaces de reconocer qué es eso por lo que luchan y menos saben de sus consecuencias. Así, Ortega continúa: “de puro mostrarse abiertos mundo y vida al hombre mediocre, se le ha cerrado a éste el alma”. Puesto que se protegen con un caparazón de muchas luchas que no son propias, pero se adhieren a ellas porque se necesita de la falsa sensación de hacer lo correcto. Cuando en realidad lo correcto sería responder a este vacío con más sentido, libertad y responsabilidad individual.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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