Del tribalismo a una sociedad abierta

En “La sociedad abierta y sus enemigos”, el filósofo Karl Popper dice que la falta de distinción entre lo que se consideran como leyes naturales y normas sociales es una característica de las sociedades tribales y cerradas. Ahí, los tabúes rigen cada aspecto de la vida de sus miembros y estos no tienen espacio para cuestionarlos u oponerse a estos. Popper denominó a aquello monismo mágico. Lo contrario sería el dualismo crítico, cuyo desarrollo en la Grecia clásica inicia un largo camino -aún no terminado- desde el tribalismo de las sociedades cerradas, hacia el humanitarismo de las sociedades abiertas.

Según Popper, las sociedades cerradas serían aquellas caracterizadas por una “actitud imbuida de magia o irracionalidad hacia las costumbres de la vida social, y la correspondiente rigidez de estas costumbres”. El filósofo planteaba que en las sociedades cerradas la vida “transcurre dentro de un círculo encantado de tabúes inmutables, de normas y costumbres que se reputan tan inevitables como la salida del sol”. En las sociedades abiertas en cambio, los individuos tienen la libertad de tomar decisiones personales, de pensar por sí mismos respecto a una serie de asuntos y normas, sin necesariamente someterse a todos los tabúes que la comunidad y sus líderes imponen. Eso permite la innovación, el pensamiento científico, el cambio y la libertad.

En el debate en torno al matrimonio igualitario, es decir, entre personas del mismo sexo, podemos ver varios aspectos donde se aprecia claramente la tensión entre el monismo mágico y el dualismo del que hablaba Popper, en dos aspectos esenciales: (1) en cuanto al carácter -natural o artificial- de las normas y su legitimidad en base a aquello; (2) en cuanto al nivel de tolerancia que existe o debe existir en una sociedad en cuanto al derecho de los individuos a expresar conductas y opiniones libremente.

“Como sociedad tenemos un desafío, pero sobre todo como individuos. Debemos elegir entre el tribalismo, que desprecia al individuo, o una sociedad abierta donde todos, sin distinción, pueden caminar hacia la mayor libertad personal posible”

Si uno analiza los diversos argumentos que se esgrimen en torno a la discusión, esta parece mantenerse, increíblemente, dentro del monismo mágico. Vemos que se apela a un naturalismo biológico, pero también a una especie de naturalismo de tipo psicológico o espiritual. La apelación a la procreación o a sentimientos, son ejemplos claros de este tipo de reclamaciones para justificar normas.

Popper planteaba que “la naturaleza no nos suministra ningún modelo, sino que se compone de una suma de hechos y uniformidades carentes de cualidades morales o inmorales”. Algo similar planteaba otro austríaco, el jurista Hans Kelsen, al decir que no podemos derivar cuestiones normativas de relaciones causales. Tampoco las emociones deberían ser un elemento para justificar reglas y normas en una sociedad. Popper planteaba entonces, apelando a un criterio racional y coincidiendo con Kelsen, que “somos nosotros quienes imponemos nuestros patrones a la naturaleza y quienes introducimos, de este modo, la moral en el mundo natural”.

Contrario a lo que plantea Popper, en la discusión respecto al matrimonio igualitario parece predominar lo que Platón llamaba misología. Es decir, el desprecio a los argumentos. Así, los discursos tanto a favor o en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, parecen ampararse, en ciertas ocasiones, en un tribalismo solapado. El más claro ejemplo de aquello sería la rápida distinción que se hace entre buenos y malos, entre morales e inmorales. En otras palabras, los interlocutores se están oponiendo -de manera consciente o inconsciente- a la posibilidad de la reflexión racional acerca de estos asuntos normativos. Esto nos lleva al segundo problema relacionado con la tolerancia que requiere una sociedad democrática y abierta.

Como la discusión es vista como el choque entre bandos irreconciliables moralmente definidos, no es raro que surjan atisbos de intolerancia, no sólo de parte de quienes se les presume menos tolerantes, sino de quienes se presumen paladines de la tolerancia y la diversidad. Entonces, no hay pretensión de convencimiento sino de imposición mediante la apelación a sentimientos o pasiones.

Las sociedades cerradas, al pretender la unanimidad moral de sus miembros, inevitablemente terminan apelando a cuestiones emocionales, pisoteando toda clase de derechos individuales y aplastando cualquier atisbo de tolerancia, pues expresar opiniones y tomar decisiones personales, que es una muestra clara de individualismo y libertad, se considera un “impío acto de injusticia” contra el alma o los sentimientos generalizados de la comunidad o la tribu. El problema es que la apelación emocional, incluso a sentimientos humanitarios o elevados, puede terminar en sentimientos como el odio. Algo muy característico de sociedades totalitarias en las cuales Popper veía la continuidad de las sociedades cerradas.

La historia muestra que mucho se ha asesinado en nombre de dios, la libertad, la igualdad o la justicia. También a punta de emociones y sentimientos se llega al fanatismo religioso, ideológico o al racismo, donde algunos asumen que los disidentes, los distintos, son enemigos de la comunidad moral que se considera valiosa o que se quiere construir.

Como sociedad tenemos un desafío, pero sobre todo como individuos. Debemos elegir entre el tribalismo, que desprecia al individuo, o una sociedad abierta donde todos, sin distinción, pueden caminar hacia la mayor libertad personal posible.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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