Publicado el 06.12.2021

Debate de Cartas: Liberales en Chile.

El pasado 1 de diciembre se inició un interesante debate en El Mercurio a través de su sección de opinión, sobre los Liberales en Chile. El debate lo comenzó Pablo Aguayo, Doctor en Ética y Democracia, con su carta titulada “Liberales en Chile”, la que luego fue contestada por nuestro Director Ejecutivo, Fernando Claro.

Revisa este interesante intercambio de argumentos sobre el tema:

Pablo Aguayo: Liberales en Chile

Publicada en El Mercurio, 01.12.2021

Señor Director:

Sin lugar a dudas, John Rawls y Ronald Dworkin son los autores liberales más importantes de los últimos cien años. El primero señaló expresamente que sus principios de justicia eran realizables al interior de una socialdemocracia, e incluso bajo la conducción de un partido como el Laborista en Reino Unido. A su vez, Dworkin fue un férreo crítico de las políticas de Reagan y estableció que el liberalismo tiene una profunda responsabilidad en la reducción de las desigualdades sociales por medio de programas de bienestar que distribuyen la riqueza. Ambos se opusieron tanto a las políticas económicas como a las doctrinas valorativas que establecen solo una sola forma de vida buena, propias de la ‘New Right’.

Dicho esto, no deja de ser paradójico el posicionamiento en Chile de quienes se denominan liberales. Quizás son en realidad libertarios y seguidores de la doctrina de Hayek. Sobre esto último cabe recordar que, frente al ofrecimiento de ayuda, la propia baronesa Thatcher en febrero de 1982 le respondió por carta que ‘en Reino Unido con nuestras democráticas instituciones … algunas de las medidas adoptadas en Chile son un tanto inaceptables’.

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Fernando Claro: Liberales en Chile.

Publicado en El Mercurio, 02.12.2021

Señor Director:

Pablo Aguayo, quien firma como doctor en Ética y Democracia, dice en su diario que los liberales en Chile no son tales porque defenderían ‘doctrinas que establecen una sola forma de vida buena’. Esto se debería, continúa, a que quizás no siguen a intelectuales como Rawls o Dworkin, sino que a Hayek. Sin embargo, cualquier persona que haya leído al menos unos pocos textos de Hayek —para no decir sus obras fundamentales— podría darse cuenta de que su trabajo se basa justamente en todo lo contrario: proponer un gobierno que permita de la mejor manera posible y en paz la libre convivencia de las diferentes concepciones de vida buena.

Aguayo, después, se salta una frase cuando cita la famosa carta de Thatcher a Hayek, lo que puede llevar a confusión a los lectores. Dijo Aguayo que Thatcher respondió al austríaco: ‘en el Reino Unido, con nuestras democráticas instituciones… algunas de las medidas adoptadas en Chile son un tanto inaceptables’. En los puntos suspensivos faltó algo así como: ‘que implican la necesidad de un alto grado de consenso’.

Es decir, ella le decía que debido a que estaba en un país democrático, debía llegar a unos importantes consensos que estimaba no lograría obtener. Quizás qué medidas liberales a la chilena tenía ella en mente, a lo mejor eliminar protecciones a la cebada y el trigo o abolir la mismísima Monarquía. Bueno, todo esto se hacía obviamente de manera muy diferente en Chile, donde solo bastaba la venia del dictador, como ocurriría en cualquier dictadura y sobre cualquier materia, sean estas musulmanas, católicas o comunistas.

Para cerrar esta segunda confusión que se deja entrever de manera sutil acá, y especialmente curiosa también para quien firme como doctor en Ética y Democracia, dejaré la cita del segundo y último libro fundamental de Hayek, ‘Derecho, Legislación y Libertad’, donde dice que la democracia es el ‘ideal por el cual merece aún la pena luchar a fondo, dado que constituye la única protección contra la tiranía’.

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Pablo Aguayo: Liberales en Chile.

Publicado en El Mercurio, 03.12.2021

Señor Director:

Mientras leía la carta de ayer del director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, recordaba la columna que Orlando Letelier publicó en The Nation el 28 de agosto de 1976 en la que criticaba a Friedman por aconsejar a Pinochet la imposición del ‘Programa de recuperación económica’. Lamentablemente, tanto su posición política como el ejercicio de su ‘libertad’ de expresión le costaron la vida.

Meses después del asesinato de Letelier, en mayo de 1977, Hayek recibió la invitación para visitar Chile. Él tenía plena conciencia de los abusos a los DD.HH. que la dictadura de Pinochet estaba cometiendo en nuestro país, y lo sabía tanto por la carta enviada por su doctorando Ralph Raico (que se encuentra en la Hayek Collection, box 14, folder 20) como por los informes de Amnesty International que Raico remite en su carta. Pese a ello, Hayek se reunió con Pinochet, y este medio el 18 de noviembre de 1977 destacó en primera plana que ‘había conversado con el mandatario sobre el tema de la democracia limitada’ y que había señalado que ‘la democracia ilimitada no puede funcionar’, tal como lo había expuesto en su ensayo ‘Los límites de la democracia’.

Dicho lo anterior, me resulta al menos paradójica la cita que Fernando Claro expone en su carta según la cual Hayek buscaría ‘proponer un gobierno que permita de la mejor manera posible y en paz la libre convivencia de las diferentes concepciones de vida buena’ y que para él ‘la democracia es el ideal por el cual merece aún la pena luchar a fondo, dado que constituye la única protección contra la tiranía’. Es bastante iluso pensar que bajo la dictadura de Pinochet se promovieron y protegieron las más diversas formas de vida y la visita de Hayek claramente refleja la primacía que él le otorgaba a la libertad económica por sobre la libertad política. Cada uno puede juzgar si tal primacía es moralmente aceptable o no.

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Fernando Claro: Liberales en Chile.

Publicado en El Mercurio, 04.12.2021

Señor Director:

Pablo Aguayo responde a mi carta criticando a Hayek por defender la idea de una democracia limitada. Hayek efectivamente trabajó y defendió esta idea en muchos de sus trabajos, pero no la inventó él, sino que se estudia desde los clásicos y es defendida por cualquier teórico que promueva las democracias liberales. Nace, además, como solución a un problema muy simple: las democracias se pueden degenerar endógenamente y hacernos perder nuestros derechos básicos, un riesgo comprobado tanto teórica como empíricamente.

Esta idea además es atingente a nuestros tiempos convulsos, ya que disminuir ese riesgo es uno de los principales roles de una Constitución. Las constituciones limitan la democracia consagrando, por ejemplo, el derecho a emigrar de un país o el derecho a la libre expresión, de manera que se haga casi imposible que simples mayorías puedan negárnoslos. Si a Aguayo le parece mala esa concepción de democracia, que lo explicite, pero no debería asignarle a Hayek esa idea y menos insinuarla como malévola. Eso confunde a los lectores. Aguayo luego da un gran salto al pasar del apoyo de Hayek a una democracia limitada hacia el apoyo de este a una dictadura, lo que no resiste el más mínimo análisis analítico.

Es muy prosaica la obsesión de pintar a Hayek, Friedman y varios otros pensadores —’no de izquierda’—, que tienen abultadas y sofisticadas obras donde defienden la democracia, como promotores de dictaduras. Por lo general se escudan en anécdotas simples y accidentales —como las que cita Aguayo en su carta; me imagino sacadas del estudio de Leonidas Montes y Bruce Caldwell sobre las visitas de Hayek a Chile, que, de todas maneras, invito a leer con detención, ya que refuta todas esas insinuaciones—, y teorías conspirativas fabricadas con tergiversaciones de ideas, lenguaje y miles de frases descontextualizadas, como la que el mismo Aguayo hizo en su carta anterior al citar a Margaret Thatcher saltándose olímpicamente una frase que cambiaba el sentido de la oración, y que me tomé el tiempo de clarificar.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
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