De Toronto a Panguipulli

Después de los bochornosos incidentes en que se vio envuelta la selección chilena de nuestra generación dorada con la policía de Canadá en Toronto, el año 2007, que esto venía mal aspectado. Cuando los ídolos eran todavía adolescentes se trenzaron a golpes e insultos contra la policía (secundados por algunos hinchas), lo que generó un incidente diplomático de proporciones. La imagen más elocuente fue la de un hincha disfrazado de Condorito yéndose detenido. En países civilizados a la policía se la respeta siempre y las quejas en su contra se presentan ante un juez. La gente, además, en la duda, se abandera con la policía y no con los civiles. Allá se entiende que la convivencia pacífica depende de que todos respeten las reglas y a la autoridad y que las diferencias las zanjen los jueces conforme a un debido proceso legal. El sistema no es perfecto, desde luego, pero es mejor que cualquier otra alternativa, incluyendo la justicia popular, la desobediencia civil, las funas y los linchamientos.

Sin embargo, existe una parte de esta generación que no entiende que cuando lo detiene un carabinero en un control de tránsito, por ejemplo, tiene que parar y no tirarle el auto encima, que debe tratar con respeto a ese policía y obedecer sus instrucciones porque para eso están.

Confundir irreverencia con desobediencia y personalidad con arrogancia es una receta para la violencia. No es posible vivir en sociedad si no se respetan las reglas; si el cambio de las que no nos gustan no se conduce pacíficamente y si no admitimos que a veces podemos estar equivocados.

No me gusta el control de identidad porque fomenta la desidia policial y vulnera el derecho a la intimidad. Tiene sus costos no tenerlo, desde luego, pero en esto estoy con los anglosajones, que no tienen identificaciones personales porque, como dicen ellos, ‘peleamos dos guerras mundiales para no tener que circular con papeles personales’. Pero vivo en Chile y acá hace mucho tiempo que el Congreso aprobó que todos tendremos carné y el deber de identificarnos ante la autoridad y mientras exista esa norma la respeto.

En Panguipulli, un joven -hijo de esa generación arrogante- se dedicaba al malabarismo callejero con machetes marca ‘Truper’ (que es una fábrica de machetes y no de artículos de utilería) para después -machete en mano- acercarse a los transeúntes a pedirles plata, en algo que estaba a medio camino entre un ‘cogoteo’ y una propina. Dado que las contribuciones eran de dudosa voluntariedad y que en un pueblo chico con problemas de tránsito en verano sus malabares obstruían el flujo vehicular, varios vecinos pidieron la intervención policial.

La policía llegó y le pidió su carné -desde prudente distancia, dado que tenía un par de machetes en la mano y sabía usarlos-. El joven se negó a obedecer y se permitió insultar a la policía. Un carabinero cumplió con su deber, desenfundó su arma, le ordenó soltar los machetes, disparó un par de veces como advertencia y después debió enfrentar la agresión del machetero y se defendió con el lamentable resultado conocido. No se trata de un caso de DD.HH.; tampoco tipifica la lucha de clases (el carabinero no es precisamente un oligarca) ni menos es una agresión al ‘arte’ (como matar a un doctor no es un atentado contra la ciencia), es un incidente policial trágico y evitable, que tiene un responsable: el joven atacante. Y que una diputada del partido Revolución Democrática (se debiera desconfiar de la sensatez de un partido cuyo nombre es un oxímoron) no entienda la naturaleza del incidente y llame a quemar todo, nos habla de su inmadurez e incivilidad, que son las causas de los incidentes de Panguipulli y Plaza Italia.

Esta tragedia no obliga a refundar Carabineros, pero sí a mejorar sus procedimientos y capacidad de reacción. No es posible que quemen un pueblo y no llegue nadie a salvarlo. Tampoco estamos en presencia de un acto heroico que deba celebrarse. El policía simplemente cumplió con su deber, para esto está. La policía tiene el monopolio de la fuerza para hacer cumplir las leyes y para que los demás no tengamos que circular armados para defendernos de los macheteros.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
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