De Los pingüinos a Los malcriados

Los hechos ocurridos al interior del Instituto Nacional han cruzado los límites tolerados por la sociedad desde la Revolución pingüina de 2006. Los estudiantes ya no se manifiestan con las clásicas tomas y paros (que hoy despiertan cada vez menos simpatías en la población), ahora mandan la capucha, el overol y las molotov en el emblemático edificio de Arturo Prat 33 y pocos ven con claridad cuál será el futuro del colegio más antiguo de Chile con un alcalde “superado” y un rector “desahuciado”. Si bien, en estos últimos días hay más paz que jaleo, parece ser más un respiro de los delincuentes que el resultado de una política proveniente de la rectoría del colegio y de la Municipalidad de Santiago.
A buena hora llega a nuestras librerías la traducción de un estudio que entrega muchas luces para comprender la crisis del Instituto Nacional, editado recientemente por la Fundación para el Progreso. Se trata del libro “Malcriando a los jóvenes estadounidenses” de Greg Lukianoff y Jonathan Haidt. En él, los autores sostienen que la sobreprotección de los padres ha creado una generación de jóvenes frágiles con poca tolerancia al riesgo; tendientes a sobreponer los sentimientos a la razón e incapaces de encontrar matices ante posiciones políticas contrarias. En definitiva, un asolador cóctel que explica la irracionalidad en el actuar de estos grupos radicales que hoy mandan en el “primer foco de luz de la nación”.

“Porque el problema nunca ha sido la violencia, el problema sigue siendo la impunidad.”

Lukianoff y Haidt advierten que el uso de la palabra “malcriado” se emplea, principalmente, para señalar a los verdaderos responsables de esta situación: la culpa no reside en los jóvenes malcriados sino en los adultos malcriadores y en las prácticas institucionales que con «buenas intenciones y malas ideas están preparando a una generación para el fracaso», como reza el subtítulo del libro.

¿Cómo pasamos de la Revolución de los pingüinos a la Revolución de los malcriados? La respuesta fácil apunta a la baja en la calidad de los alumnos, gracias a ella se encuentran exentos de reproche los verdaderos responsables: padres, profesores y autoridades. Pero lo cierto es que siempre han existido jóvenes con el deseo de calzarse un overol y calcinar a quien se oponga a su revolución. La gran diferencia es que antes existían adultos dispuestos a poner límites a los delirios juveniles: docentes y directivos capaces de establecer que a la escuela se va a estudiar y apoderados responsables de lo que hacían los jóvenes fuera del colegio.

Tampoco cabe idealizar a la generación de la Revolución Pingüina, porque el germen del desastre actual se incubó en aplausos a adolescentes que poco y nada sabían de política y educación y que tanto daño causó en el rendimiento académico de sus compañeros.

La única solución a este entuerto pasa por una fórmula que tan artificiosa y falsa suena en la boca de quienes se niegan a condenar sin ambages las patéticas escenas que se viven en el Instituto Nacional: es preciso fortalecer a la comunidad, pero toda comunidad precisa que cada uno haga lo suyo: que los alumnos estudien, que los profesores enseñen y que los directivos administren, cosa que siempre se les olvida a quienes pregonan el mantra de “empoderar a la comunidad”.

Solo la comunidad institutana podrá salvar a su colegio y ya es hora de que los miembros de la misma sean capaces de garantizar un ambiente escolar decente. Para ello, las conclusiones del libro de Haidt y Lukianoff son de especial utilidad para superar esta crisis. Es necesario que existan consecuencias para quienes interrumpen las clases (es decir, demostrar con hechos que la violencia no es un camino conveniente para los jóvenes); urge que la razón vuelva al sitial que toda institución educativa merece colocándose por sobre los sentimientos, por último, es imperativo que, de una vez por todas, la tolerancia a las ideas distintas sea la regla y no la excepción en el Instituto Nacional. Todas estas medidas contribuyen a evitar la radicalización de los estudiantes por medio de evitar las causas de esta: la indisciplina, la impulsividad y la intolerancia.

Insisto, lo fácil es culpar a los actuales alumnos del Instituto Nacional, pero no son peores que las generaciones anteriores que ahora realizan grandes aportes al país. Actualmente, estudian en el emblemático liceo el futuro Sergio Urzúa, el venidero Guido Garay y el reemplazo (¡al fin!) de Ricardo Lagos y posiblemente no podrán surgir por culpa de padres, profesores y autoridades “malcriadores” incapaces de permitir que el porvenir de la clase media chilena estudie en paz. Porque el problema nunca ha sido la violencia, el problema sigue siendo la impunidad.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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